¿No recuerdan su historia? 

Por Susana Mazza Ramos (Especial para "Río Negro")

El Parlamento egipcio aprobó por mayoría absoluta la polémica «ley del estatuto personal», que otorga a las mujeres mayor libertad frente al marido.

Es obvio que las autoridades egipcias, a pesar de esta ley, proseguirán discriminando al sexo femenino, olvidando su propia y antiquísima historia, en la que durante varios períodos su pueblo estuvo gobernado por mujeres.

Cuando nos referimos a Egipto, generalmente mencionamos el Nilo, las pirámides, la esfinge, los faraones, el papiro, jeroglíficos, tumbas o templos, pero pocas veces recordamos a las mujeres egipcias que ostentaron el poder o utilizaron su influencia política, salvo a la famosa Cleopatra, aunque en este caso debido a su belleza, sus afeites o al romance de trágico final que tuvo con Marco Antonio.

Sin embargo, la maravillosa historia de Egipto cuenta con mujeres de características tales que imprimieron -directa e indirectamente- un rumbo diferente a la sociedad egipcia, siendo algunas de ellas, poderosas mujeres de Estado.

La princesa Nitocris fue el último soberano de la VI dinastía y del Antiguo Imperio, de la cual gracias a Herodoto, sabemos que «era la mujer más noble y bella de su época»; que para su desgracia debió administrar el Antiguo Imperio en época de fuerte crisis y que finalmente se suicidó, tras haberse vengado de las personas que habían asesinado a su hermano.

Aahotep, madre de Ahmosis, primer faraón de la dinastía XVIII -cuya momia está en el museo de El Cairo- dominó una rebelión contra su hijo en la ciudad de Tebas y restableció la unidad en las filas del ejército, devolviéndole la confianza a los combatientes, antes de que Ahmosis los llevara a la batalla contra los hicsos.

La reina-faraón Hatshepsut gobernó durante más de dos décadas (1940-1468 a.C.), convirtiendo a Egipto en un país fuerte, rico, poderoso y feliz.

Habiendo heredado el carácter enérgico de su padre -el faraón Tutmés I- Hatshepsut demostró poseer capacidades administrativas excepcionales, logrando que las Dos Tierras (Alto y Bajo Egipto) vivieran en paz, inaugurando un período en que la gestión económica y la actividad arquitectónica eran privilegiadas por sobre otras áreas de gobierno.

Su obra maestra en construcción es el templo de Dayr el-Bahari -en el Valle de los Reyes-, el cual en palabras del prestigioso egiptólogo Christian Jacq, posee «una arquitectura aérea y a la vez enraizada en la eternidad, cuya fuerza celeste está subrayada por la verticalidad del acantilado contra el que está adosado el santuario».

¿En qué estriba su originalidad? En dos características únicas: en primer lugar, es el único templo egipcio que tiene una calzada que sube en suave pendiente hacia él, compuesta de terrazas superpuestas, a las que se accede por una alameda de sicómoros, palmeras, tamariscos y árboles de incienso.

En segundo lugar que, aun cuando el arquitecto que dirigió la obra fue Senenmut, los planos fueron hechos por una mujer: el farón Hatshepsut.

Esposa del faraón Amenofis III, la reina Tiyi fue una mujer de gran personalidad, que influyó fuertemente en la marcha de los asuntos de Estado, desempeñando un papel fundamental en la formación del pensamiento de su hijo -el futuro faraón Akenatón-, inspirándolo en sus opciones de política extranjera.

La reina Nefertiti -cuyo nombre significa: «la-bella-ha-venido»- esposa inseparable de Amenofis IV, al cual la unía un profundo y apasionado amor, compartía las decisiones políticas y religiosas del faraón, siendo la gran sacerdotisa de un santuario donde se celebraba la puesta del Sol.

Probablemente, rememorar a las mujeres que protagonizaron épocas de esplendor en la historia de su brillante pueblo, las ayude a generar las necesarias reacciones en defensa de su igualdad de derechos. 


El Parlamento egipcio aprobó por mayoría absoluta la polémica "ley del estatuto personal", que otorga a las mujeres mayor libertad frente al marido.

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