¿Nos queda la palabra?

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

“Si he perdido la vida, el tiempo, todo/ lo que tiré, como un anillo, al agua,/ si he perdido la voz en la maleza, /me queda la palabra. // Si he sufrido la sed, el hambre, todo/ lo que era mío y resultó ser nada,/ si he segado las sombras en silencio,/ me queda la palabra…” Las circunstancias en las que este poema nació tienen como telón de fondo dos guerras, la mundial y la civil española, no es de extrañar que esta voz que habla en el poema solo mantenga su fe en la palabra como único elemento que permanece. El poema del español Blas de Otero y manifiesta como todo poeta su confianza en la palabra sobre todas las cosas. Esa confianza en el lenguaje nos viene desde los albores del mundo. Y ese lenguaje está encarnado en el mito, en él signo y objeto eran lo mismo. También está en los textos sagrados de todas las civilizaciones, en las ceremonias religiosas, en las palabras mágicas tipo “abracadabra”. Borges alguna vez resumió esta idea en este cuarteto: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’”. Hablar era re-crear el objeto mencionado. Al paso de los siglos los hombres advirtieron que entre los nombres y las cosas se abría un verdadero océano. Entonces ya la confianza en la palabra se comienza a resquebrajar y hay que apuntalar esa creencia que se torna lentamente en desconfianza con otros hechos. Ahí está el ademán jurídico, la necesidad de refrendarlo todo, por ejemplo. La literatura es un territorio en el que la palabra tiene aún los destellos de la antigua magia. Y entre los géneros (en el supuesto caso de que existan) nadie duda que la palabra poética es, quizás, el último rincón en el que anidan juntos las palabras y los significados. Toda gran poesía tiende a convertir a la palabra en prodigio. De allí la seguridad de Blas de Otero, que a pesar de moverse en la intemperie de ese mundo carcomido por las guerras, lleva el sello de las palabras como un profeta dispuesto a erigir oasis en el desierto. Pero el mundo cotidiano no es un mundo en el que abunden poetas, y sí mercaderes de las palabras que las venden, empeñan, prestan, disfrazan y vacían. A veces da la impresión que las palabras se han tornado como las cuencas de una calavera. De tanto malgastarlas han quedado con el purito sonido, agujero negro, cáscara sin nuez. “Cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es incierto”, dice y con razón Octavio Paz. Esta cita puede bien aplicarse hoy al auge de las redes sociales, que tienen—como toda herramienta tecnológica—enormes virtudes; pero que explotan también ese significado vacante del que hemos dotado a muchas palabras. Piénsese por ejemplo en el término “amigo/a”, que en estas redes sociales tiene un significado muy difuso y diferente del que podemos pensar para nuestros/as amigos/as de toda la vida. Y uno se sorprende que aparezcan 56 amigos o en algunos casos más de un centenar en algunos de los perfiles, “amigos” a los que apenas si se ha visto o no se ha visto nunca. Ejemplos abundan con estos términos que a fuerza de su uso interesado se han bastardeado y estamos hasta la coronilla de los días de la madre, de los enamorados, del padre, del abuelo, del niño, etc. Todo periodo de crisis coincide inevitablemente con un despojamiento y una desconfianza en el lenguaje.

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