Obama y la paz



Si bien sería injusto afirmar que el presidente norteamericano Barack Obama no mereció el premio Nobel de la Paz porque tropas norteamericanas siguen luchando en Afganistán, ya que nadie en sus cabales pensaría que su retirada precipitada ayudaría a pacificar aquel país turbulento, puede suponerse que los políticos noruegos que optaron por otorgarle el galardón creen firmemente que el intervencionismo estadounidense está en la raíz de casi todos los conflictos que agitan el mundo y que por lo tanto sería mejor que los líderes de la superpotencia dejaran de entrometerse en los asuntos ajenos. Aunque durante la campaña electoral Obama pareció compartir dicha opinión -se manifestó a favor de los operativos en Afganistán porque en aquel entonces parecieron destinados a concluir pronto de manera exitosa-, la cambió al asumir el puesto de comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del planeta. Por comprometido que esté Obama con la paz y por mucho que quisiera que su gestión se viera caracterizada por relaciones fraternales entre Estados Unidos y todos los demás países del mundo, no puede sino entender que si brinda la impresión de ser un mandatario vacilante el resultado más probable no sería la paz universal sino el inicio de una etapa todavía más conflictiva que la que coincidió con los ocho años de la presidencia de George W. Bush. Aun cuando la violencia que se desataría no fuera protagonizada por soldados norteamericanos, pocos dudarían de que en última instancia se trató de la consecuencia previsible de la decisión del líder de la superpotencia de apostar a que su carisma personal fuera suficiente para persuadir a los enemigos de cuanto representa Estados Unidos de metamorfosearse en progresistas pacíficos.

Mal que le pese a Obama, de concretarse el repliegue generalizado que siguen reclamando quienes achacan al belicismo norteamericano lo que está sucediendo en el “gran Medio Oriente”, las consecuencias serían catastróficas no sólo en Afganistán e Irak sino también en Pakistán, un país dueño de un arsenal nuclear cuyo gobierno es blanco de una ofensiva islamista feroz. Hace apenas dos semanas, los militares paquistaníes aseguraron que habían logrado acorralar a los talibanes en las zonas tribales fronterizas con Afganistán, pero entonces los islamistas consiguieron ocupar el cuartel militar más importante del país, en la ciudad de Rawalpindi, a pocos kilómetros de la capital, Islamabad, donde mantuvieron a 42 militares como rehenes durante 22 horas. Asimismo, casi todos los días se producen atentados con decenas de muertes, por lo común civiles.

Obama, pues, se encuentra ante una serie de dilemas sumamente complicados. Si bien quiere mostrarse merecedor del premio noruego, sabe que en el mundo que efectivamente existe la paz suele depender de la derrota definitiva de uno de los bandos en pugna. Puesto que no puede resignarse a la derrota de su propio país o de sus aliados, tiene que elegir entre dos alternativas: una consiste en enviar más tropas a Afganistán y más recursos económicos al gobierno paquistaní; otra en procurar estabilizar la situación mientras busca una “salida” que le permita sustraerse de la zona sin que nadie lo atribuya a su debilidad. Por un lado, los militares norteamericanos insisten en que para mantener a raya a los talibanes en Afganistán será necesario aumentar por decenas de miles la cantidad de soldados; por el otro, muchos demócratas, conscientes de que la opinión pública ya se ha cansado de oír hablar de un conflicto en un país musulmán exótico y corrupto, preferirían salir lo antes posible con la esperanza de que el resto del mundo los aplaudiera por su sensibilidad humanitaria y culpara a los afganos si los extremistas consiguieran tomar nuevamente el poder. Huelga decir que en el caso de que los norteamericanos abandonaran a su suerte a sus aliados afganos, los islamistas celebrarían lo que para ellos sería el segundo gran triunfo contra una superpotencia infiel y redoblarían sus esfuerzos por apoderarse de las armas nucleares de Pakistán, mientras que los clérigos iraníes apurarían su propio programa nuclear, pero parecería que en los círculos gobernantes de Estados Unidos el temor a otra debacle equiparable con la de Vietnam es tan intenso que están pensando seriamente en la opción así supuesta.


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