OPINION: Ciegos, sordos y mudos ante la muerte

Redacción

Por Redacción

¿Y si realmente el gobierno decidiera intervenir a la Asociación de Fútbol Argentino ante la impotencia evidente de los clubes para enfrentar a sus barras bravas?

La AFA sufrirá mañana una marcha de hinchas indignados con el rebrote de violencia del último fin de semana y los reclamos de intervención, se afirma, cobrarán mayor fuerza.

Pero no tendrán eco, más allá de la disputa de estas horas entre el gobierno que afirma que la muerte de Emanuel Álvarez, el hincha de Vélez de 21 años, fue producto de un hecho aislado y ajeno al fútbol, mientras que los clubes reclaman entonces al Estado mayor seguridad.

El discurso de un Estado impotente y una sociedad que reclama seguridad podría ser un reflejo de lo que ocurre hace años en el país. Pero la comparación cae por sí sola cuando se advierte que sólo un día después del asesinato del pibe Emanuel los hinchas de Boca se trenzaron a golpes a metros de la Bombonera por una disputa interna del botín.

Pedro Pompilio, presidente de Boca, reclamó más seguridad al Estado, pero no supo qué responder cuando se le preguntó por qué su club no hizo nada cuando un año atrás esas dos mismas facciones se habían enfrentado a balazos dentro de las propias instalaciones del club.

Que el Estado no sabe qué hacer con la violencia es algo cierto. Tan cierto como que tampoco los clubes siguen sin resolver qué hacer con ese monstruo llamado barras bravas que crearon y alimentaron y ahora no saben cómo sacárselo de encima.

El fútbol ha dado sobradas muestras de impotencia para resolver el problema. Derechos de admisión, prohibición de hinchas visitantes, entradas magnéticas, penas más duras, todas aspirinas para ocultar la decisión de fondo de cortar el vínculo con las barras.

Está comprobado, en rigor, que el fútbol no suele investigarse ni mucho menos sancionarse a sí mismo. ¿Hace falta entonces la intervención en la AFA para imponer una política unificada y severa en la lucha contra la violencia?

Podrá sonar agradable para muchos poner fin a los casi treinta años de gestión de Julio Grondona. Pero es impracticable. La FIFA, en cuyas oficinas de Zurich estaba Grondona cuando aquí estallaba la violencia, no permite tamaña injerencia estatal, por mucha razón que asista a los críticos más acérrimos de la AFA.

La FIFA de Joseph Blatter expulsó ayer de las competencias internacionales a la Federación de Albania, invocando que se produjo una injerencia estatal en el fútbol de ese país.

Albania es una Federación pequeña en el mapa del fútbol. Pero Blatter formuló una advertencia similar a España si el gobierno de ese país insiste en obligar a la Federación a adelantar su proceso electoral, como lo impone una norma ministerial. ¿Alguien duda acaso que la FIFA protegería aún con mayor énfasis a Grondona, su vicepresidente senior?

El fútbol, excepto Vélez-San Lorenzo, por la furiosa reacción de los fanáticos de Liniers, se terminó jugando igual que siempre. Con trampas dentro y fuera de las canchas, insultos, peleas y exasperación. Para peor, Boca y River no ganaron y ni siquiera hicieron goles. No hubo forma de tapar la vergüenza.


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