Opinión: La revolución de dos soñadores



“El Amateur” es como la Revolución Mejicana: una obra de personalidades. Y de la voluntad de esas personalidades.

No está alentada por ninguna ingeniería de ideas grandilocuentes. Tampoco está seducida por impulsos metafísicos. Porque como aquellos personajes que dieron forma a la Revolución Mejicana, Lopecito y “Pájaro” siguen y siguen sin tener muy en claro lo que quieren, pero en estado bien cristalino lo que no quieren.

Por supuesto que “El Amateur” es – si se puede lograr esto en teatro -, una obra ajena a la política. Vista desde esta perspectiva, la comparación es ociosa. En consecuencia no se trata aquí de establecer una afinidad ideológica.

Pero lo que conmueve de “El Amateur” es lo mismo que conmueve de aquella Revolución: la voluntad puesta en carrera. La convicción en el hombre como hacedor más allá de la adversidad.

El hombre que templado en angustias y despojos, continúa con la voluntad del carbonero porque entiende que no todo es socavón.

En ese seguir y seguir “Pájaro” se convierte en una especie de Pancho Villa o Emiliano Zapata sin revólver y sin alboroto. Sin tierra que reclamar.

Pero como aquellos, la carrera de “Pájaro” es instantánea, un embate desorganizado pero apasionante por no dejarse vencer.

En esa convicción está lo fecundo de “El Amateur”: el transmitirnos la certidumbre de que con poco suele conseguirse mucho.

Y así, paso a paso, Lopecito y “Pájaro” , sin que sean sus propósitos, pelean contra las ideas consagradas. Porque con su accionar impugnan no sólo a la resignación.

Impugnan ese tipo de convicciones que al decir de Bertrand Russell, “pasan por ser fundamentales, pero implican barreras para los logros humanos”.

Ser light, por caso.

Carlos Torrengo


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