Opinión: La revolución del 20 de diciembre

Por Torcuato S. Di Tella (*)



El 19 y el 20 de diciembre van a quedar en la memoria colectiva como la jornada que derribó a todo un régimen.

En la realidad, esos días marcan una etapa de un proceso que no puede menos que desarrollarse en el tiempo, como el 14 de julio en la Revolución Francesa, que es significativo no sólo por lo que pasó antes, sino también por lo que vino después.

¿Pero contra quién fue la protesta?

Aparentemente, contra el gobierno de De la Rúa. Pero sus raíces son anteriores. El episodio previo, que es el que determinó su caída, fueron las elecciones de octubre, ya que la Cámara de Diputados quedó en manos de la oposición, e incluso los representantes del propio partido del presidente estaban en contra de su política. Es en ese momento, y no el 20 de diciembre, cuando el gobierno quedó huérfano de opinión. Si se hubiera aplicado la Constitución lo que correspondía hacer era designar a un Jefe de Gabinete (justicialista) con verdaderos poderes. Habría habido un cambio de gobierno ante una elección popular, aunque la elección no hubiera sido de un Ejecutivo, sino de una Cámara, que a su vez designa un Ejecutivo. O sea, un sistema parcialmente parlamentario.

Si eso no se hizo fue en parte por falta de acostumbramiento al nuevo ordenamiento constitucional. Sin embargo la razón profunda es que el peronismo no estaba preparado para agarrar la papa caliente que se le ofrecía, hasta que se vio obligado a hacerlo. Pero hay que ir más atrás todavía, porque otro voto bronca previo fue la elección presidencial de 1999. Y él a su vez se alimentaba por el malestar causado por la política económica, basada en la creencia de que el mercado es un Dios al que hay que sacrificar todo, para que al final nos recompense.

Al final lo que hubo fue miseria, desocupación, y retroceso productivo. Si todo eso hubiera sido temporario, un trayecto en el desierto para al final llegar a la Tierra de Promisión, todavía hubiera sido aceptable. No así si al final se ve que lleva al suicidio colectivo. Es contra esto, obviamente, que se dio el 20 de diciembre, y no contra episodios puntuales, como el corralito.

Esa medida financiera, y sus correspondientes cacerolazos, no fueron lo que volteó a De la Rúa, ni mucho menos a Rodríguez Saá. Ningún gobierno puede caer porque se junten treinta mil personas en la plaza a protestar. Ni tampoco cae porque haya muertos en una represión. Yrigoyen no cayó ante la Semana Trágica, ni Perón por los sucesos de Ezeiza, ni tampoco, en Venezuela, Carlos Andrés Pérez por el Caracazo de 1989.

Más grave que los cacerolazos fueron los saqueos, que produjeron muchas más víctimas, y afectaron a más gente, tanto a quienes sufrieron los efectos, como a quienes pensaron con razón que ellos podían ser los próximos a caer. No está claro quién estimuló o permitió esos saqueos. Pero sin la situación de hambre y miseria que existe en amplias zonas del país, empezando por el conurbano bonaerense, ellos no habrían ocurrido, o hubieran sido mucho más fáciles de controlar.

Lo que hay que observar ahora es cómo siguen los fenómenos de protesta en las calles. Lo que hay que observar es cómo la “revolución del 20 de diciembre” se expresa en la organización de nuevas fuerzas políticas, o en la renovación de las existentes. Eso está ocurriendo, pero de manera demasiado disgregada. A menudo, sobre todo pero no sólo en la izquierda, el dogmatismo o el personalismo impiden crear convergencias capaces de aunar suficientes voluntades. Superar esa maldición es la asignatura pendiente que tenemos los argentinos.

(*) Sociólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires,

autor de Historia de los partidos políticos en América Latina.


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