OPINIÓN: Zapatillas gastadas



Sobre el ritual de un concierto de rock siempre merodea la idea de la muerte. Las bandas lo saben y hasta cierto punto lo explotan. El peligro tiene un costado muy seductor que encuentra buena recepción entre los más jóvenes.

Omar Chabán es un entendido en operaciones riesgosas y su sociedad con Callejeros le significó enfrentarse con la peor de sus pesadillas hecha cuerpo. Finalmente, el gran animador del under porteño, desbarrancó por la ladera de ese precipicio que siempre lo tentó. Chabán está muy lejos de ser un “rollinga”: Viste bien, habla con erudición y lee preferentemente a Proust. Por su parte, Callejeros, nació en Mataderos, haciéndose de abajo. Bien abajo. Porque aunque las letras y la ideología callejera reivindica un modo de entender el mundo -uno en el que la dignidad y la libertad están vinculadas al hecho de ser conscientes de la hipocresía de muchos- el grupo pretendía alcanzar el mismo Olimpo que cualquier otra banda de estos tiempos: el estrellato. Para cuando estaban por lograrlo sucedió Cromañón.

Que hayan decidido trabajar asociados a Chabán no fue casual. Hacía tiempo ya que el creador de Cemento buscaba un escenario nuevo para, justamente, una nueva escena social que empujaba a la masividad su propia música. Callejeros representaba y representa a miles de jóvenes en todo el país que viven por fuera del sistema, el mismo que los margina y los estigmatiza. Una flamante generación, hija de la suma de la cultura “fierita”, el desempleo, la falta de expectativas y el “Fato tropical”, descubrió en Callejeros una voz autorizada. Apenas una década atrás el fenómeno hubiera resultado imposible. Pero sucedió. Callejeros se hizo fuerte lejos de Belgrano, Nuñez o Barrio Norte. Con su público se apropiaron de una parte de la escena nocturna y lo hicieron en un espacio geográfico alternativo, Plaza Once, donde no abundan el rock ni el pop sino la pachanga y los mendigos. Cromañón fue la respuesta práctica, vislumbrada por Chabán, a la ascendente cultura que pedía a gritos su templo de la música.

Las condiciones en que se implementó dicho escenario hacía alarde de improvisación, probablemente emulando a lugares similares pero dedicados a la movida tropical. Lo cierto es que Chabán acostumbraba jugar con los límites y lo que ocurrió aquel 30 de diciembre de 2004 pudo suceder en menor escala en otros escenarios auspiciados por él. Además, sería hipócrita por parte del resto de la comunidad roquera nacional negar que alguna vez han estado tocando en lugares atestados y sin puertas de escape a la vista.

Es difícil distanciar a Callejeros de la tragedia. En tanto miembros activos de la organización no tuvieron mala suerte. Había, tal como se demuestra en las entrevistas a sus propios miembros, conciencia de un grado de peligrosidad.

Una generación humilde en búsqueda de una voz que los represente, la indiferencia de un sistema (el mismo al que no le importó autorizar un recital que debió pensarse mucho mejor), el afán de lucro y el deseo de gloria, fueron el material explosivo que detonó el drama.

Las zapatillas de los chicos que asistieron esa noche quedaron apiladas en desorden. Zapatillas gastadas de patear la calle, símbolo de un tiempo y de una clase social que aun no encuentra miradas ni respuestas.

 

CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar


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