El flanco más débil de Javier Milei
Lo entiendan o no los libertarios, el destino de su proyecto dependerá de su capacidad para persuadir a la mayoría de que no hay ninguna alternativa realista a la economía de mercado. Y no despreciar aliados.

Para desazón de Javier Milei y Luis Caputo, reestructurar la economía argentina para que sea más competitiva les está resultando cada vez más difícil. Si bien han logrado estimular el crecimiento macroeconómico que ha llevado el producto bruto interno a un nivel récord, la población en su conjunto aún no se siente beneficiada por el éxito notable así supuesto. Que éste sea el caso no debería sorprenderlos. Si bien les ha sido relativamente fácil estimular la inversión en sectores como los del campo, la minería y las finanzas que no requieren mucha mano de obra, no han podido hacer lo mismo en aquellos que brindan empleos en abundancia pero que, por desgracia, se han acostumbrado a depender de las barreras proteccionistas que el gobierno libertario está resuelto a derribar.
Milei, pues, se ve frente a un dilema nada sencillo. Tiene que prestar atención a la lógica política sin por eso despreciar la lógica económica, como hacían tantos gobernantes anteriores. Para sobrevivir en el poder, necesita contar con el apoyo de por lo menos el cuarenta por ciento del electorado, pero correrá el riesgo de perderlo si persiste por mucho tiempo más la sensación de que a la mayoría no le será dado recuperar pronto el nivel de vida del que disfrutaba en el pasado reciente. Sin embargo, no sólo Milei sino también todos los economistas respetados, sin excluir a muchos de preferencias izquierdistas, saben que el viejo modelo proteccionista no es viable en el mundo actual y que intentar conservarlo tendría resultados nefastos para el país y, desde luego, para casi todos sus habitantes.
He aquí una razón por la cual Milei no puede continuar dándose el lujo de fabricarse enemigos innecesarios. Por fortuna, en el país hay muchos que entienden muy bien que, a menos que la economía nacional se modernice con rapidez, millones caerán irremediablemente en el agujero negro de la pobreza extrema pero, por sus propios motivos, Milei parece decidido a convertir a aliados ideológicos en enemigos personales. Como es natural, los hartos de ser blancos de la grosera invectiva presidencial están mostrándose reacios a pasar por alto cualquier error, por mínimo que fuera, que cometen integrantes del gobierno.
No sólo Milei sino también sus partidarios más fanatizados han logrado convencerse de que el periodismo tradicional, sea gráfico o televisivo, es una antigualla sin importancia en la edad de los medios sociales. Se equivocan. Si bien es innegable que la revolución tecnológica ha obligado a las empresas periodísticas de todos los países a adaptarse a circunstancias que les son mucho menos favorables que las que imperaban antes, distan de haber perdido su capacidad para dominar la conversación pública. Por ser Milei una persona cuyo ascenso político rapidísimo se debió en gran medida a su éxito como un panelista televisivo de opiniones tajantes, debería entender que le valdría la pena tratar con cortesía incluso a aquellos periodistas que no vacilan en criticarlo con virulencia.
Lo entiendan o no los libertarios, el destino de su proyecto dependerá de su capacidad para persuadir a la mayoría de que no hay ninguna alternativa realista a la economía de mercado. Ya han aprovechado tanto las ventajas políticas que les supuso la caída abrupta de la tasa de inflación que el tema ha dejado de figurar entre las preocupaciones principales de la gente. Asimismo, el dinamismo adquirido por el agro, el sector energético y la minería no se ha hecho sentir plenamente fuera de las zonas productivas. Todo esto significa que, hasta nuevo aviso, el gobierno mileísta tendrá que dar prioridad a la llamada batalla cultural, es decir, propagandística, que está librando contra quienes quisieran restaurar el modelo corporativo que se desintegraba cuando los kirchneristas estaban en el poder.
Así las cosas, le convendría procurar reconciliarse con empresarios como Paolo Rocca, periodistas de medios conservadores o centristas y otros que, sin militar en agrupaciones opositoras o estar dispuestos a reivindicar esquemas anticapitalistas, encabezan la lista negra mileísta al lado de políticos de ideas radicalmente distintas. Puede que a Milei, su hermana Karina y sus acompañantes más entusiastas les complazca creerse miembros fundadores de una secta puritana minoritaria destinada a desplazar a todos los demás movimientos políticos del país, pero para que la Argentina finalmente deje atrás el prolongado periodo de decadencia que la llevó a su situación actual, tendrían que conformarse con liderar un movimiento mucho más amplio que forzosamente incluiría a facciones cuyos integrantes no estarían dispuestos a festejar todas las ocurrencias truculentas del libertario en jefe.

Para desazón de Javier Milei y Luis Caputo, reestructurar la economía argentina para que sea más competitiva les está resultando cada vez más difícil. Si bien han logrado estimular el crecimiento macroeconómico que ha llevado el producto bruto interno a un nivel récord, la población en su conjunto aún no se siente beneficiada por el éxito notable así supuesto. Que éste sea el caso no debería sorprenderlos. Si bien les ha sido relativamente fácil estimular la inversión en sectores como los del campo, la minería y las finanzas que no requieren mucha mano de obra, no han podido hacer lo mismo en aquellos que brindan empleos en abundancia pero que, por desgracia, se han acostumbrado a depender de las barreras proteccionistas que el gobierno libertario está resuelto a derribar.
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