El regreso de la duda

Por Edgardo Moreno

La duda se ha instalado en la escena política. La reelección de Javier Milei parecía segura meses atrás, cuando 2027 era un punto lejano. Después del Mundial, el horizonte del año electoral se vino encima. La certeza cedió ante la lógica. Lo que todavía no ocurrió, no es algo seguro. 

Hay una función ineludible de la política: proveer certezas. Toda la dinámica social necesita conocer la brújula de la política, porque es la única capaz de imponer normas. Pero la política no puede proveer certezas antes de definirlas para sí misma. 

En eso están los restos de lo que fueron las grandes coaliciones políticas en Argentina. 

La coalición ganadora del último balotaje está analizando en qué términos admite la reelección del Presidente Milei y hasta dónde puede expandirse con aliados nuevos. 

El espacio de oposición derrotado en el último ballotage, debate una duda diferente: quién lidera y cómo una alternativa de poder a Milei. 

Los políticos dudan porque ignoran hacia dónde rumbea la mayoría social. Y la sociedad, por ahora, esconde sus certezas. Los sondeos de opinión intentan interpretarla, pero nada es seguro hasta que se abren las urnas. 

La economía le entrega a la sociedad algunas certezas, pero también amplía sus dudas. 

Con oscilaciones lógicas, la inflación ha cedido tras el estallido del último gobierno del PJ. Las variables centrales se han ordenado: hay equilibrio fiscal y acumulación de reservas para afrontar los vencimientos de deuda. 

Sin ajuste en el sector público y sin la expansión de actividades como Vaca Muerta, la minería del litio y la agroindustria, no habría pesos para comprar dólares, ni dólares para acumular reservas. 

Pero ese viraje en el rumbo económico implica costos. Desempleo derivado del ajuste estatal, retracción industrial en los rubros que venían subsidiados por la alta inflación, caída del consumo, aumento del endeudamiento de las familias. 

Como sostiene el economista Ricardo Arriazu, los perjudicados del cambio no eligieron estar en esa posición. Y votan. La economía que provee certezas macroeconómicas es la misma que genera las dudas electorales. 

Benjamin Franklin decía que, ante la duda, la peor decisión es la indecisión. Javier Milei actúa de esa manera. Es lo que se infiere de sus intervenciones públicas, ante empresarios que respaldan el rumbo económico pero tienen dudas políticas sobre la reelección. 

El Presidente repite como un mantra el pliego de afirmaciones, acusaciones y agravios que lo llevó al triunfo dos veces: en 2023 y 2025. Son frases sagradas que recita para reflotar en sus seguidores la evocación de esos triunfos y acaso también para calmar su ansiedad. 

En el envión motivacional, Milei es tan enfático que alimenta las dudas. Dice que no tiene contendientes: Milei sólo compite contra Milei. 

Pero también insinúa que prefiere una derrota antes que renunciar a un dogma. Que al Milei pragmático no le escalda perder contra el Milei teórico. 

Y nada espanta más en política que la palabra perder.

Simetrías inesperadas


En el principal espacio opositor hay una simetría en espejo. ¿Por qué los gobernadores del PJ diseñan hasta ahora sus calendarios electorales alejándose de la elección presidencial? 

La respuesta es obvia: porque no avizoran todavía una alternativa opositora unificada, alineada tras una candidatura nacional competitiva. 

El diagnóstico que hacen sobre el efecto político de las reformas económicas de Milei es compartido. 

Aunque no lo digan, coinciden en que el ajuste fiscal era imprescindible para corregir el desborde inflacionario. 

También acuerdan por lo bajo en que la expansión de actividades que generan dólares por exportación es el único camino posible para no caer en un nuevo default de la deuda. 

Y también concurren en la preocupación por los efectos sociales del ajuste y las reformas estructurales. Es lo que privilegian como eje discursivo en la oposición. 

Pero estas certezas conviven con las dudas. El peronismo bonaerense, el de mayor peso demográfico, está jaqueado por una duda: la de Cristina Kirchner, cuyos recelos oscilan entre dos infidelidades seguras. La de Sergio Massa y la de Axel Kicillof. 

La objeción de Cristina es como la de Milei. Ambos pueden transformar la polarización de dos bandos en la fragmentación de tres. Que si llega a existir, también convoca a la fragmentación en cuatro. Cuando menos, dos por lado. 

La discusión sobre la suspensión de las Paso es la discusión de esa encrucijada táctica llevada a lo instrumental. El PJ las defiende por varias razones: necesita una norma que permita definir los nuevos liderazgos internos sin romper la unidad posterior. 

La principal razón es que hoy no puede hacerlo con una interna partidaria. Cristina Kirchner tiene una autoridad residual que le alcanzaría para convocarla, pero muy probablemente sería insuficiente para contener los efectos políticos del resultado. 

Necesita una norma estatal que obligue a la unidad, prohibiendo las candidaturas de los disconformes por la derrota. 

Existe además otra fisura objetiva: hay gobernadores del PJ a los que el nuevo modelo ha favorecido con la expansión de sus economías locales. 

La propuesta bonaerense -regresar sin ninguna revisión al modelo económico anterior- es objetivamente un desincentivo de cara a los distintos electorados locales. 

Milei no quiere las Paso por una razón distinta. Su candidatura no tiene retadores internos. 

Pero un resultado electoral donde los perdedores del modelo se impongan por sobre aquellos que todavía apuestan a sus resultados futuros, implicaría un balotaje anticipado. 

Como aquel que selló el gobierno de Mauricio Macri.


La duda se ha instalado en la escena política. La reelección de Javier Milei parecía segura meses atrás, cuando 2027 era un punto lejano. Después del Mundial, el horizonte del año electoral se vino encima. La certeza cedió ante la lógica. Lo que todavía no ocurrió, no es algo seguro. 

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