Golpes de calor: ¿otra señal del cambio climático?




Horacio Trapassi *


Si escuchamos con atención a nuestros adultos y adultas mayores, encontraremos indicios de lo que compartimos en este espacio. “Inviernos, eran los de antes”; “antes se diferenciaban mejor las estaciones”; “en los veranos de mi infancia, a la noche refrescaba”. Y así, podríamos seguir citando valiosas evidencias empíricas de lo que hoy conocemos a ciencia cierta.

Cuando escuchamos sobre el cambio climático, puede que lo veamos ajeno a nuestra responsabilidad o quizás pensemos que sólo es “culpa” de grandes industrias que emiten gases de efecto invernadero (GEI) o de potencias mundiales que deberían fiscalizar mejor su producción. Lo cierto es que, desde la revolución industrial, el calentamiento global ha ido en aumento por el “efecto invernadero”, ocasionado por gases desprendidos de nuestras industrias energética, agropecuaria (fuente de nuestra alimentación), procesos industriales y uso de productos y residuos.

Si reflexionamos sobre esto último, seguramente comencemos a encontrar evidencias en nuestra cotidianeidad, reconociendo que -al final de cuentas- ninguna persona está exenta de generar una huella ambiental a lo largo de su vida.

Dentro de las consecuencias del efecto invernadero, el aumento de las temperaturas es el más reconocido -y experimentado- en todo el planeta.

Tal como funciona en un “invernadero de cultivo”, la temperatura del sol ingresa a nuestra atmósfera, pero los GEI generados por la actividad humana, como si formaran un gran cobertor global, no dejan que se pierda la temperatura. Así es como -sea donde sea que se generen esos GEI- ecosistemas y humanidad estamos bajo el mismo “cobertor”, existiendo la posibilidad de que experimentemos olas de calor y golpes de calor.

Una “ola de calor” es un período excesivamente cálido (en comparación con las temperaturas habituales de un lugar) sostenido durante 3 días.

Un “golpe de calor” es una afección ocasionada por la exposición a altas temperaturas ambientales, pudiendo haber mareos, dolor de cabeza, aumento de temperatura corporal, desmayo, deshidratación y agravamiento de enfermedades previas, entre otras. Son especialmente susceptibles las personas en la infancia y adultas mayores, así como quienes tengan enfermedades previas, o tomen medicaciones que puedan modificar su efecto y/o metabolismo a causa del calor y la deshidratación.

Por todo esto es que, desde el Ministerio de Salud del Neuquén, recomendamos prestar atención a las alertas que emita el sistema meteorológico, beber abundante agua segura, aunque no percibamos sed (¡la sed es un síntoma tardío!), no exponerse al sol directo entre las 10 y las 17 horas, usar ropa clara y evitar ejercicios en horas de máximo calor, sólo por mencionar algunos consejos.

Finalmente, y volviendo a las palabras iniciales, el cambio climático nos desafía no sólo a aprender nuevos conceptos meteorológicos y sanitarios, si no también -y más importante aún- a reflexionar sobre nuestro actuar cotidiano, revalorizando los saberes ancestrales integrados a la ciencia actual.

No tendremos salud, si los animales y el ambiente que nos rodean no la tienen.

¿Qué puedo hacer para reducir mi huella ambiental? ¿Qué personas de mi entorno serán más vulnerables frente al cambio climático y cómo puedo cuidarlas? No le restemos poder a las pequeñas acciones cotidianas que -de manera colectiva- pueden marcar la diferencia.

* Médico Clínico y Toxicólogo Jefe de Salud Ambiental Subsecretaría de Salud. Ministerio de Salud del Neuquén


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