Oposición al autoritarismo

Buena parte del arco político del país firmó el documento para “cuidar la democracia”.



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El autoritarismo de unos pocos y la tolerancia gubernamental ante el bloqueo de la circulación casi total de “Clarín” y “Olé” y de modo parcial la de “La Nación” dibujaron días atrás en apenas una noche la peor de las imágenes: un país con ciudadanos de primera y otro con ciudadanos de segunda. Pese al boom de consumo, los subsidios y los LCD en cuotas, quizás este hecho haya servido para despabilar a muchos en relación con que la libertad no es un juego de suma cero, que cuando no existe para algunos no existe para nadie y que el Estado, como garante, es el encargado de velar por la aplicación democrática de la Constitución para igualar los derechos de los ciudadanos. Cuando buena parte de los opositores se decidió a firmar el viernes pasado un documento para “cuidar la democracia” no sólo mostró que estaban muy sensibilizados por ese aberrante episodio sino también por las reacciones que tuvo el Ejecutivo durante la semana hacia los otros dos poderes del Estado y por otras cuestiones periféricas que armaron un cuadro que los espantó, como los avances de Hugo Moyano y la aparición del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien se llevó un caricaturesco premio de la Universidad de La Plata. En paralelo, todo este cóctel de temas tan sensibles y de personajes tan controvertidos podría haberle infligido un alto daño a la imagen del gobierno, sobre todo entre el electorado independiente y moderado. Todo este escenario pareció desbordar la paciencia de los diputados que cocinaron el documento, que fue suscripto especialmente por algunos de los candidatos presidenciales de la oposición. Muchos de los firmantes vieron en la presencia del venezolano la posibilidad de que se convalidaran hacia el futuro próximo nuevas formas de autoritarismo, como las que mostró la ministra Garré o las que impulsa Moyano por otras razones menos ideológicas, temores que quienes premiaron a Chávez seguramente creen que son formas burguesas de entender los nuevos valores, los mismos que se están adentrando en la sociedad de forma cada vez menos sutil. “Debemos unir fuerzas diversas en un único eje: no aceptar en silencio la persecución, el uso indiscriminado del poder o la utilización de organismos del Estado utilizados fuera de su finalidad. Los medios de comunicación, las empresas, los trabajadores, las consultoras privadas que miden la inflación o cualquier ciudadano no deben ser penalizados por sus ideas o por el desarrollo de actividades lícitas que el gobierno considera inconvenientes para sus intereses”, se asevera en el documento opositor. Esta suerte de unión por el espanto ya es calificada por el kirchnerismo de una nueva Unión Democrática, un símil de aquella que enfrentó en conjunto a Juan Perón en 1946 para intentar torcer las formas de corporativismo movimientista que surgieron en la Argentina a partir de la necesidad de encarar postergadas reivindicaciones sociales en aquellos años de posguerra. Sin embargo, y hasta ahora, la adscripción a este tipo de “no pasará” parece ser sólo testimonial, aunque algo puede estar gestándose debajo de la superficie. Como anticipo, este periodista escuchó durante la mañana del viernes de la boca de tres políticos de tres fuerzas diferentes el mismo bocadillo: “Cristina va primera, pero quienes votan por la oposición son más que los que votan por el kirchnerismo”. Lo dijeron casi al unísono el titular de la UCR, Ángel Rozas, el ex presidente Eduardo Duhalde y la precandidata de PRO a la Jefatura de Gobierno porteña Gabriela Michetti. ¿Qué significa esta frase opositora en línea con el documento? ¿Es unificación de discurso o simplemente una réplica al estilo del “Cristina ya ganó” que los ensordece, porque casi se lo habían creído y actuaban con pasividad extrema? ¿O se trata de una toma de conciencia bastante primitiva sobre un miedo mayor que la presencia de Chávez vino a destapar en relación con que el triunfalismo kirchnerista está adelantando los tiempos y actúa en consecuencia? El politólogo Sergio Berensztein enmarca el problema de modo descarnado: “Los procesos de transición entre democracias débiles a regímenes de corte autoritario (desde la España de los años 30 en pleno ascenso del fascismo o lo que ocurrió más recientemente en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia o en Nicaragua) tienen como común denominador la inhabilidad o incapacidad de las fuerzas o referentes de oposición de coordinar estrategias para frenar esas formas de autoritarismo. La Argentina está muy cerca de caer en un problema de esas características si predominan las estrategias individuales por sobre la conciencia de lo que está aquí en riesgo”. En tanto, en medio de este campo de batalla y con más pragmatismo que prejuicios ideológicos o partidarios, Moyano sigue jugando un ajedrez casi solitario que le permite construir su polo de poder basado en la extraordinaria capacidad de presión que tiene y que el gobierno le convalida casi a diario. A mitad de semana sorprendió a todos con el anuncio de la paritaria de su gremio, hecho en la Casa Rosada y con la bendición presidencial pese a que aún faltan tres meses para que se ponga en marcha. Como efecto demostración y de control inflacionario, la idea del gobierno a la que fue funcional Moyano fue instalar el 24% en tres cuotas como piso de las negociaciones salariales, aunque los mismos camioneros dicen que consiguieron el 27%. El anuncio sirvió para tranquilizar algo a muchos hombres de negocios y a las pymes y a la vez para alterar el ánimo de algunos otros gremios, sobre todo los de servicios o aquellos donde la masa salarial no pesa tanto en los costos de las empresas, en sectores que pueden atender demandas más cercanas a la inflación real.

hugo e. grimaldi (DyN)

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