“Osvaldo Soriano y la Escuela Nacional de Educación Técnica ENET Nº 1 de Neuquén”

Por Redacción

Una vez más quiero acercarle a su enorme caudal de lectores particularidades de nuestra historia regional. Como todos saben, Osvaldo Soriano fue un afamado escritor argentino que vivió en este bendito Valle. Pero no sé si todos conocen que uno de sus compañeros de la antigua Escuela ENET Nº 1 lo recuerda en textos literarios de su autoría, una escritura que da cuenta de anécdotas ocurridas durante su etapa de estudiantes. Los textos en cuestión pertenecen a Carlos Chesñevar, a la sazón doctor en Agrimensura; neuquino, hijo de padre nacido en Eslovenia, antiguo Imperio Austrohúngaro, asentados en el siglo XX en esta capital. Chesñevar inmortaliza ciertas anécdotas acontecidas durante el transcurso de la secundaria en la vieja Escuela Industrial. Uno de ellos se intitula “El padre de Soriano”, poema dedicado al progenitor de Osvaldo. Dice así entre sus recuerdos: “Vuelvo a mi sueño de la siesta, a los mecanismos que me fascinaron ya en la infancia (tan lejana y tan cercana), y que me indujeron después a ingresar en la Escuela Industrial. La misma que aparece en los relatos de Soriano, con los mismos profesores, con ese director que expulsó al Gordo Soriano cuando estábamos en tercer año. Antes de terminar la escuela primaria, había tenido muy claro que mi futuro estaba en la Escuela Industrial, principalmente en sus talleres más que en las aulas. Pero justamente aquel año, cuando nos tocaba ingresar, la cantidad de inscriptos superó ampliamente la capacidad de recepción de la escuela. La situación se resolvió con un sorteo y quedé afuera, como tantos. El razonable objetivo en un hogar obrero de esos tiempos era el de “aprender un oficio”. La decisión ya estaba tomada, pero en esos días vinieron a casa dos personas para hablar con papá. Estaban embarcados en una campaña para conseguir que en la Escuela Industrial se creara otra división de primer año, y buscaban el apoyo de otros padres como ellos, con sus hijos excluidos por el sorteo. Venían en una camioneta que seguramente tenía alguna leyenda, porque sé que era de Obras Sanitarias. La conducía un señor gordito y canoso, muy conversador, a quien imaginé un funcionario importante sin que nadie me hubiera dicho que lo fuera. Pero ya no tuve dudas sobre su rango cuando supimos que las gestiones habían prosperado, y allá fuimos entonces, a integrar el batallón de flamantes aspirantes al título de técnico. Ese señor era el papá de Soriano”. Otro de los relatos de Carlos se intitula “El fuego de Soriano”: “Corría el año 1958 y cursábamos por entonces el tercer año en la Escuela Industrial de Neuquén –llamada después ENET Nº 1–, que ocupaba un edificio viejo y deteriorado de la calle Láinez, entre Sarmiento y Alcorta. Recuerdo muy bien que yo venía desde el patio, tal vez por haber ido hasta los baños, y que estaba justo en el portón del taller cuando escuché esa especie de explosión apagada que se produce al entrar en combustión un charco de nafta. Es una especie de soplido fuerte pero mezclado con un estampido suave, repentino y muy breve porque de inmediato, casi en el mismo instante, cesa el sonido y todo se transforma en llamaradas. Algo raro había pasado allá en el fondo del enorme galpón, a la izquierda, donde terminaba la hilera de los tornos. De inmediato gritos de pánico y la figura del Negro corriendo desesperado hacia la salida, con el overol encendido a la altura de las rodillas. Venía hacia mí como si se tratase de un loco que busca en vano escapar de su propia sombra, porque el fuego iba con él y aumentaba a cada paso, avivado por la corriente de aire que el pobre Negro alimentaba con su carrera. Éste, corría hacia afuera como un autómata, instintivamente, y hubiera terminado envuelto en fuego de no haberse cruzado en su camino el maestro de la sección Automotores con un extinguidor que apuntó sin titubeos al cuerpo del Negro. Los maestros de taller se dedicaron a revisar el lugar donde se originó el fuego y enseguida el docente, el mismo que había salvado al Negro del fuego, encontró el testimonio. Entre el índice y el pulgar se erguía, tan diminuto como implacable, el palito de un fósforo apagado. La indignación, comprensible y justificada, era más que evidente. Tartamudeando ordenó que los tres lo acompañaran a la Dirección. No tardaron mucho en volver, y por la expresión grave que todos traían sospechamos que la situación venía muy dura. Los tres compañeros fueron hasta los armarios a recoger sus cosas y se retiraron. Nos dijeron después que ya no volverían, porque el director los había expulsado de la escuela. Ni su habilidad futbolera lo salvó al gordo Soriano, que integraba el equipo de la escuela, y eso que el director era un fanático de aquel deporte. Pienso en aquellos que lamentaron ver abortada la gestación de un técnico industrial en cada compañero expulsado. Sin embargo, el Gordo ganó merecida fama como autor de varias novelas que se publicaron aquí y en el extranjero, con éxitos resonantes”. Historias de un personaje importante que vivió en esta sociedad neuquina a las que imprimió notas de color, literatura y amor por el terruño, y cuyo paso por la región se ve reflejado en anécdotas juveniles difíciles de olvidar. Beatriz Carolina Chávez DNI 6.251.256 Neuquén

Beatriz Carolina Chávez DNI 6.251.256 Neuquén


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