Otras lágrimas y otro dolor

Por Susana Mazza Ramos



Durante el funeral de los marinos estadounidenses víctimas del atentado contra el acorazado “Cole” en el puerto de Adén, en Yemen, el presidente de los Estados Unidos expresó: “Han causado nuestras lágrimas y nuestro dolor, pero no tendrán un puerto de refugio”. (“Río Negro”, 19/10/00, pág. 3).

Comprendiendo la angustia que invade a familiares amigos de los fallecidos -trágica réplica diaria de los cientos de miles de deudos que sufren en todo el mundo la pérdida de seres que aman- tal vez pueda reflexionarse serenamente sobre otras lágrimas y otros dolores que pesan sobre la humanidad.

Sobre las lágrimas y el dolor que se vierten y sufren por otros crueles “atentados”, como son las guerras con objetivos económicos; los “fundamentalismos” (religioso y financiero); el atropello “salvador” al territorio de países soberanos; la complicidad y el apoyo a gobernantes de regímenes totalitarios; la asfixiante presión de organismos financieros internacionales sobre países semidestruidos; la hambruna creciente; las enfermedades provocadas para experimentación; la semiesclavitud laboral a que son sometidos los inmigrantes y otra serie de “atentados” de larguísima enumeración.

O sobre las lágrimas y el dolor que sufren diariamente los entre 7 y 8 millones de niños brasileños que viven en las calles “mendigando, robando o inhalando pegamento para olvidar durante unos breves momentos gloriosos quiénes son y dónde están”. (1)

O tal vez hacer memoria de las lágrimas y el dolor que produjo en el mundo la casi olvidada matanza de la aldea vietnamita de My-Lay en marzo de 1968, en la que más de cien mujeres, niños y ancianos desarmados fueron brutalmente violados, torturados y asesinados por soldados estadounidenses y cuyo principal responsable recibió una condena de tres años de arresto domiciliario cumplido parcialmente, disfrutando actualmente del status de respetado comerciante joyero en Georgia.

O recordar las lágrimas y el dolor producidos por la invasión indonesia a Timor Oriental, la cual en pocas semanas costó la vida de 60.000 personas no combatientes, invasión cuyo motivo fundamental fueron las ricas reservas de petróleo y gas natural que se encuentran en la Falla de Timor, avalada sin chistar por los demócratas del mundo “occidental y cristiano”.

Por qué no recordar las lágrimas y el dolor causados a los niños tailandeses que fueron liberados de una fábrica donde trabajaban en condiciones de esclavitud, atados y golpeados cuando el agotamiento les impedía trabajar en turnos de 18 horas; o a los 20.000 niños mexicanos que anualmente son enviados ilegalmente a su vecino del norte, para suministrar órganos vitales para el tráfico ilegal, para su explotación sexual o para pruebas experimentales; o a los más de 70 millones de niños latinoamericanos que sobreviven gracias al trabajo doméstico, el robo, la venta de drogas o la prostitución, según informes de UNICEF.

También hay lágrimas vertidas y dolor irreparable en los millones de harapientos, lacerados y hambrientos refugiados que sobreviven gracias al esfuerzo sobrehumano de la ACNUR y de los miles de voluntarios que brindan su trabajo y afecto a quienes son “descastados socia-les”, parias sin hogar, simplemente por habitar en tierras holladas por las huestes de los modernos Ati-las.

Qué decir de las lágrimas que vierten y el dolor que sufren los padres que ven morir a sus hijos por no poder alimentarlos, víctimas de la desnutrición, de enfermedades que suponíamos desaparecidas, de la falta de agua potable, de un techo digno, de la mínima protección que toda persona merece, simplemente por serlo.

Es imposible calificar las lágrimas o el dolor: todos son crueles y desgarrantes. Pero sí puede calificarse a quienes las produjeron, a quienes permitieron impasiblemente las causas que las originaron, a quienes hipócrita y maniqueístamente, solamente reconocen las lágrimas y el dolor sufridos por los “buenos” (ellos), e ignoran las de los “malos” (los otros, por supuesto).

(1) Rocha, Jan, corresponsal de “The Guardian” de Londres en Río de Janeiro, cit. por Chomsky, Noam en “Año 501”, pág. 232.


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