Otro horizonte



–Hay una simbiosis que me retroalimenta. Pero también la guitarra –que me acompañó siempre, aunque no supiera qué estaba pasando, cuál era la magia que había atrás– me ayudó a pensar en otros niveles, en otras esferas. Hay que aprender que uno no es nada de todo este circo. Yo les agradezco a la música y a los músicos porque me metieron en este asunto medio místico o filosófico. Allá por los 70 y pico había algunos locos que hablaban cosas raras (risas). Y pude abrir los ojos, me hice adepto a esos principios, porque no son míos. Por ejemplo, ¿qué tal si somos algo mucho más esencial que un nombre, una raza, una religión, un equipo de fútbol, peronista, radical, argentino, blablablá? Sólo somos energía universal que se puede pensar a sí misma durante un instante y no importa nada de lo demás. –Entonces, siguiendo tu línea de pensamiento, el músico sería detector, vehículo, emisor… –Me va gustando… y sí, claro. Cuando Spinetta puso ese disco con extras, ¿te acordás? Salió “Invisible” y no le alcanzaba un long play para la cantidad de temas que tenía. Ahí estaba “La llave del mandala” y yo ya había escuchado en el documental de Woodstock que vimos quinientas veces a un loco en cuero con lanas rubias trenzadas explicando algo sobre la kundalini, el yoga, la respiración. Y luego apareció George Harrison con Ravi Shankar y el gurú Maharishi y Mark Knopfler, Sai Baba… Maharishi tuvo acá un montón de adeptos argentinos: David Lebón, Black Amaya… Antes John Coltrane había ido a la India y regresó trayendo una historia nueva que quedó referenciada en su obra. Comenzaron los enlaces con la mística hindú, lo que lleva a nuevos pensamientos y nuevas músicas de afinaciones abiertas, de pedales que sostenían melodías durante horas. Filosóficamente también influyó y el rock, en sus raíces, lo tiene. Yo soy un guitarro-dependiente, pero estoy aprendiendo que soy otra cosa, a estar conectado durante algunos instantes, aunque sea una vez al día, cada tanto, como se pueda. Sí, era verdad que somos todos hermanos, una enorme e inmensa hermandad. Y tenemos que cuidarnos unos a otros, los que ven mejor a los que ven peor o no pueden ver. Estar relacionado de ese modo hace achicar el pánico, bajar un poco del caballo, revisar la cuestión del ego. El horizonte es otro y hay que seguir buscando aunque duela porque la vida terrena, acá, te pega el cachetazo…


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