Paco Ibáñez: una historia de lucha y pasión por la poesía

Paco Ibañez, un referente de los ‘70.

Paco Ibáñez viene a la Argentina. En un país donde se escamoteó buena parte de nuestra historia reciente muchos, especialmente los jóvenes, se preguntan quién es Paco Ibáñez. Para otros, los que formamos parte de la generación del ‘70, su nombre está indisolublemente ligado a nuestra historia militante y a nuestra historia personal. Hacia finales de los sesenta, muchos de nosotros comenzamos a escuchar sus discos, que llegaron quién sabe cómo a nuestro país, cuando la asfixiante dictadura de Juan Carlos Onganía había prohibido la actividad política, las expresiones culturales, el pelo largo, la minifalda y el pensamiento mismo. Justamente cuando, desde el otro lado del Atlántico, los estudiantes franceses coreaban las míticas consignas de mayo del 68, aquel “prohibido prohibir” que alimentaba nuestros sueños y la idea de que otro mundo era posible. Por enésima vez, los militares se habían adueñado del poder y de la palabra democracia, a la que decían defender cada vez que interrumpían un gobierno elegido en las urnas, aunque debilitado en su origen por la proscripción del peronismo. Esta vez, el radical Arturo Illia fue la víctima de las mesiánicas aspiraciones del general, que las luchas obrero-estudiantiles de Córdoba, Rosario y otros centros urbanos harían retroceder en 1970. En esa atmósfera de imparable rebeldía en la Argentina de fines de los sesenta apareció la voz de Paco Ibáñez. No era -ni es- un cantautor. Identificado con los grandes maestros españoles, sacó la poesía a la calle y los jóvenes -obreros, estudiantes, músicos y cantantes-, la multiplicaron a ambos lados del Atlántico. Paco Ibáñez nos mostró el misterioso poder de la palabra y anticipó nuestro derrotero -también la derrota- en el relato de Miguel Hernández, Rafael Alberti, José Agustín Goystisolo, Antonio Machado, Gabriel Celaya. Se remontó a varios siglos atrás en los versos del Arcipreste de Hita (siglo XIV) y de Quevedo (siglo XVI) para dar cuenta de que la injusticia venía de lejos. En un mundo no globalizado, aquí y en Europa coreábamos sus canciones con la convicción que nos daba nuestra creciente percepción de la injusticia y el clamor por recuperar la libertad. Paco Ibáñez nos ofreció generosamente la poesía, concebida como “un arma cargada de futuro”. Recurrió a Quevedo para mostrar la hipocresía ante la pobreza, que “siendo tan cristiana tiene la cara de hereje”. Nos trajo al Arcipreste de Hita, que cinco siglos antes había advertido que con dinero “comprarás paraísos, ganarás la salvación, donde hay mucho dinero, hay mucha bendición”. Cuando emprendimos el inquietante tránsito hacia la adultez y nos alejamos de la casa paterna, hicimos nuestras las conmovedoras palabras de Goystisolo para su hija Julia, asumiendo que debíamos irnos porque “la vida ya te empuja”, pero seguros de la promesa de que tendríamos amigos y amor. Los encontramos, ciertamente y fueron un anclaje en medio de las tormentas y las urgencias que nos tocó vivir. A través de Paco supimos que la “poesía para el pobre” era tan “necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto”. Y los aceituneros altivos de Jaén nos abrieron los ojos sobre quiénes eran los verdaderos dueños de los olivares y de la tierra. Descubrimos que la poesía “no es un lujo cultural”, ni “un fruto perfecto”, sino “lo más necesario, lo que no tiene nombre, son gritos en el cielo y en la tierra son actos”. En los dolorosos momentos del exilio, comprendimos la desolación contenida en el Nocturno albertiano tras la derrota de la república española: “…qué dolor de papeles ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua…”. Pero los discos de Paco nos trajeron, otra vez, el consuelo de la palabra en la poesía de Blas de Otero: “si abrí los ojos para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra”. Eso y mucho más representó -y representa- Paco Ibáñez, un trovador de exquisita sensibilidad que supo popularizar los versos más logrados y perdurables de la lengua española. Un fenómeno que movió multitudes y revolucionó la canción, elevando la calidad poética de las letras. Después de varias décadas y sumergidos en un mundo que ni siquiera hubiéramos podido imaginar, aún encontramos resonancias para identificarnos en aquellas coplas que cantó -y canta- Paco: “No extrañéis dulces amigos que esté mi frente arrugada, yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”.

Diana Kallmann


Paco Ibañez, un referente de los ‘70.

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