Palimpsestos: Talleres

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

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Es inevitable entre quienes compartimos el gusto por la escritura pensar alguna vez en concurrir a un taller literario o de escritura para aprender un poco más del oficio y así llegar a ser escritores. La experiencia me demuestra que en el fondo asistimos a esos talleres para que nos digan que lo que escribimos es extraordinario, que esta idea es una genialidad y que ese final es tan impactante como el cross a la mandíbula de Arlt.
Porque nuestro propósito explícito y nuestra vanidad embozada circulan por avenidas contrarias y pronto llega el choque. Nos cuesta tolerar que en la disección de nuestro texto encuentren tantas zonas erróneas que le atribuimos a quien lo hace una ceguera estilística y escaso talento literario. Lo más usual es que no volvamos más y le tiremos con guirnaldas de plomo a quien coordinaba ese dichoso taller. En muchos casos y luego de interminables cambios de integrantes se logra que un taller funcione armónicamente y se mantenga por años. Son pocos pero muy gratificantes cuando esto se da.
Debo confesar mi fracaso como coordinador de talleres de escritura. Uno de ellos terminó a las trompadas cuando un tallerista no resistió mis críticas a su escrito y resumió su sentir con un inicial ¡“andate a la mierda”! y mi contestación fue del mismo tenor, a partir de ahí el vocabulario se incrementó y volaron papeles, lapiceras y piñas ante la azorada mirada de la concurrencia. Creo que lo más valioso de un taller literario tiene que ver con las lecturas sugeridas, con aquellas indicaciones para que veamos cómo construye un personaje Dickens, o el estilo indirecto libre en Rulfo o Faulkner, los diálogos en Hemingway, las descripciones en Balzac, las repeticiones en Saer y tantos autores más. Ahí está su clave, las lecturas que incorporamos; después es un largo camino entre nosotros y la página en blanco. Recuerdo una anécdota de José Donoso, el autor de “Coronación”, que echaba sin miramientos a todo aspirante a su taller de escritura si no había leído a Dostoievski. Todo escritor es ante todo un gran lector, y es a partir de sus lecturas que se configura como escritor. Un taller literario puede pulir algunas cosas que ya se traen en la mochila; enseñar a escribir: lo dudo.

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