Parecidas y diferentes
Mirando al sur
Uno de los frecuentes desequilibrios de Cristina Fernández de Kirchner hizo que Amado Boudou, primer vicepresidente procesado en ejercicio, representara a la Argentina en la segunda jura de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil, hace poco menos de un año y medio. Que Boudou haya sido el representante argentino en el arranque del más importante gobierno del vecindario malogrado por la corrupción adquiere ahora un valor simbólico rico en paradojas.
Acababa de conocerse a través de Wikileaks el dato de que el Departamento de Estado de EE. UU. había inquirido a su embajada en Buenos Aires por el estado mental y la salud de la señora Kirchner. Pero lo que justificó la cancelación del viaje a Brasil fue un desequilibrio en el sentido literal. Cristina se había vuelto a caer. Tenía fracturado un tobillo.
No hay que confundir ese traspié con el que nueve meses antes la hizo llegar tarde, con una bota ortopédica, a ver al papa, y luego aparecer en silla de ruedas por cadena nacional para hablar mal del fiscal Alberto Nisman. Este fue otro traspié. Sólo ilustró –o justificó– su ausencia en la segunda jura de Dilma, aunque a la primera tampoco había ido. El 1° de enero de 2011 faltó porque estaba de luto. Hoy se sabe que a Cristina Kirchner nunca le gustaron las transferencias de mando, con excepción de las dos en las que su marido y su hija le calzaron la banda presidencial.
La invitación a la segunda jura de Dilma, el 1 de enero de 2015, le significó al gobierno kirchnerista un dilema del tipo de los que enfrenta un campeón de ajedrez. Si Cristina Kirchner iba, el multiprocesado Boudou se quedaba formalmente a cargo del gobierno. Y si ella no iba, un vicepresidente a quien la presidenta ya no le dirigía la palabra (no confundir con Julio Cobos, con quien ella también cortó el diálogo pero en el primer mandato) iba a representar al país en una ceremonia internacional del más alto nivel. En definitiva hizo que Boudou fuera quien escuchara cómo Dilma Rousseff les prometía a los brasileños luchar a muerte contra la corrupción.
El escándalo de Petrobras ya tenía 39 procesados, afectaba al PT y prometía un creciente involucramiento de varios aliados del gobierno. La economista reelecta, hija de un búlgaro, ahijada política de Lula, consagró buena parte de su discurso de entronización a la transparencia y dijo entender que el pueblo brasileño quería “que el brazo fuerte de la Justicia alcance a todos de forma igualitaria”. Precisamente fue lo que sucedió.
Contra lo que ahora nos desliza el kirchnerismo, la suerte de las presidentas brasileña y argentina mal pudo estar infectada por un mismo virus desestabilizador inoculado quién sabe por qué imperialismo. Primero porque se trata de suertes distintas. La señora Rousseff va camino a no completar su segundo mandato desplazada por un juicio político, mientras que la señora Kirchner terminó de gobernar hace varios meses, ya no hay forma de derrocarla.
Hay cosas en común, desde luego, entre Dilma y Cristina, pero las más obvias, como el género, acá no tienen ninguna importancia. Las credenciales revolucionarias de la juventud integrarían la lista de rasgos compartidos si no fuera por cómo contrastan: la experiencia guerrillera de Dilma, una prisionera torturada, se parece muy poco a la militancia inmobiliaria de Cristina. Grita por entrometerse el factor ideológico. ¿Las persiguen por progresistas? ¿Quieren acallarlas porque sacaron a sus países de la pobreza, sentaron bases de desarrollo sustentable, consolidaron democracias robustas que envidia el Primer Mundo?
Sería un error sentenciar que los procesos populistas latinoamericanos se desinflan porque una mano negra los tumba en forma sincronizada para reponer un neoliberalismo despechado. En todo caso habría que prestarle atención a la extinción del ciclo económico favorable. Así como el Frente para la Victoria perdió en la Argentina, el Partido Socialista Unido de Venezuela hizo en diciembre una muy mala elección. Eso determinó que el chavismo cediera por primera vez el control del Congreso, mientras a Evo Morales los votos de los bolivianos le abreviaban la perpetuidad. A nadie se le ocurriría decir que cuando “el pueblo” vota de ese modo, o sea contra las ideas correctas, es porque a “la gente” (quienes votan así no merecen llamarse pueblo) los medios hegemónicos le lavaron la cabeza. Bueno, a nadie se le ocurriría expresar eso con excepción de Cristina Kirchner. Tampoco esquiva lo estrambótico Dilma al explicarse como víctima de un golpe. Decir que un juicio político que prospera es un golpe de Estado recuerda a un automovilista alcoholizado que acusa por torturas al policía que le incauta el auto.
Ni siquiera las corrupciones desenmascaradas en Brasil y Argentina parecen de igual factura. La corrupción brasileña, asumida, es estructural, sistémica, involucra a partidos y a empresarios del establishment. La argentina, a la que Cristina Kirchner jamás mencionó, es familiar, no tiene nada que ver con los partidos (poco gravitantes en una Argentina dominada por las individualidades) y los empresarios involucrados no son industriales de trayectoria sino engranajes de un sistema recaudatorio.
Huelga decir que en Brasil no hay peronismo. En vez de un movimiento hegemónico que se trasmuta ideológicamente según la década, los brasileños tienen una fragmentación partidaria que exige gobernar mediante coaliciones. Eso los obliga a una negociación interpartidaria constante, en todo caso más parecida a lo que ahora tiene que hacer Macri todos los días que al verticalismo kirchnerista de clásica factura peronista. Por una acumulación de adversidades –encabezadas por la debacle económica y los escándalos de corrupción– el PMDB se apartó del PT y el Congreso se puso a configurar una coalición nueva vía impeachment, solución poco ortodoxa pero constitucional.
La culpa no es del juicio político, instrumento que lamentablemente nunca se pudo aplicar en la Argentina pese a estar vigente desde el siglo XIX (por ejemplo, si el peronismo no lo hubiera bloqueado habría servido para desalojar a Isabel Perón y frenar el último golpe).
En eso Dilma y Cristina sí se parecen: se enojan con las reglas y no con las fallas de las democracias cuya calidad ellas más que nadie debieron elevar.
* @PMendelevich
Contra lo que nos dice el kirchnerismo, la suerte de las dos presidentas mal pudo estar infectada por un mismo virus desestabilizador inoculado quién sabe por qué imperialismo.
Huelga decir que en Brasil no hay peronismo. Los brasileños tienen una fragmentación partidaria que exige gobernar mediante coaliciones. Lo que los obliga a negociar.
Datos
- Contra lo que nos dice el kirchnerismo, la suerte de las dos presidentas mal pudo estar infectada por un mismo virus desestabilizador inoculado quién sabe por qué imperialismo.
- Huelga decir que en Brasil no hay peronismo. Los brasileños tienen una fragmentación partidaria que exige gobernar mediante coaliciones. Lo que los obliga a negociar.