Pasado y futuro

El proyecto de presupuesto 2004, que probablemente resultará aprobado en la próxima sesión del Concejo, planteó en forma impensada el principio de solución para uno de los problemas estructurales más ominosos de la administración municipal.

Al describir la previsión de egresos, el Ejecutivo puntualizó su voluntad de avanzar con la incorporación a la planta de empleados municipales de 257 nuevos agentes, ofreciendo esa oportunidad a los contratados y beneficiarios de «planes» que hoy cumplen tareas ordinarias en casi todas las áreas del municipio.

Ese aumento de la planta no aparecía en el proyecto original (el 039/93) que los concejales analizaron durante los primeros meses de este año, pero fue incorporado en la «reformulación» que el Ejecutivo envió en marzo pasado.

Lo que nadie discute es que la «planta permanente» del municipio quedó retrasada, ya que no alcanza al 0,6% de la población de la ciudad, cuando se considera el 1% como proporción ideal.

El bloqueo de nuevos ingresos impuesto en los últimos años debido al descalabro de las cuentas municipales fomentó la multiplicación de los empleados informales, que se incorporaron sin criterio alguno de selección y terminaron realizando el trabajo de las categorías más bajas del escalafón.

Inicialmente los concejales de la oposición se pronunciaron en contra de ampliar la planta. «El obstáculo no es político sino legal, porque la ordenanza de Emergencia Económica prohíbe nuevas incorporaciones», sostuvo Diego Breide (Encuentro). El MARA, por su parte, opinó que «la incorporación directa de estos agentes sólo significará echar un manto de olvido sobre una actuación administrativa que, por lo menos, tendría que estar en tela de juicio».

Pero en los últimos días el Ejecutivo se mostró dispuesto a convocar a concurso en todos los casos y también de presentar (a más tardar mañana) un detalle de los cargos necesarios de la planta, área por área.

Esa concesión habría suavizado las diferencias y aumentó las chances de que el presupuesto salga con un consenso amplio y no con la mayoría estricta de la que disponen los radicales.

Pero desde otro ángulo, la discusión no hizo más que poner en evidencia el despropósito del trabajo en negro constituido en pieza funcional de la propia administración pública.

Al margen de la salida que se encuentre para el problema del empleo informal consolidado por años (el propio SOYEM admite que son situaciones «de muy difícil resolución»), lo que sale una vez más a la luz son las herencias indeseables que resultan de la combinación fatal entre la emergencia económica permanente y la discrecionalidad política más impune.

Mientras sigue postergado el estudio y aprobación del nuevo Estatuto del trabajador municipal, que incluirá una reforma en el régimen de ingreso y promoción del personal, los concejales se vieron ante el inesperado trance de tener que lidiar con este nudo, que les fue impuesto por la saludable obligación de discutir y aprobar el presupuesto anual. Un ejercicio que se había perdido en los últimos siete años a causa del desmanejo contable y administrativo en el que cayó el municipio.

Poner en blanco sobre negro la situación laboral de cada persona que cumple funciones para la comuna no sólo tendría que ser garantía definitiva de trabajar con un salario digno y la protección social y previsional que establece la ley.

También debería ser un paso adelante en el archivo definitivo de prácticas tan desintegradoras como el favor político, el dedo autoritario y el premio al puntero, que la crisis transformó en práctica habitual.

Desde el bloque de Encuentro hicieron notar que -a pesar de la regularización de personal que se plantea- la partida «programa de empleo» del nuevo presupuesto apenas se redujo de 1.200.000 a 917.000 pesos y que la diferencia «se redistribuye en la propia partida de erogaciones corrientes». De modo que quedaría la puerta abierta para que vuelvan a proliferar los subsidios y el empleo «trucho».

El presidente del Concejo, Marcelo Cascón (UCR), juró que «el espíritu es que ese ciclo no se repita». Sería bueno entonces que, dados los antecedentes, esa puerta quede cerrada con un candado más confiable.

 

Daniel Marzal


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