Patagonia Vieja

Lo conocí en un viejo hotel de Comandante Luis Piedra Buena, a orillas del río Santa Cruz. Estaba almorzando allí con mis padres cuando entró a la sala del pequeño comedor.

Cabello muy blanco, bigotes amplios -tipo «manubrio de bicicleta»- , saco de «tweed» inglés, pañuelo al cuello, bombachas, botas de cuero «acordeonadas» y en el cinto una faja tehuelche, tejida de varios colores. Debía tener más de 70 años, pues había nacido en 1881 y mis recuerdos datan de la década del cincuenta. Sus ojos celestes, vivaces y sonrientes, contradecían las arrugas en la piel de su cara.

Papá se levantó a saludarlo y lo invitó a nuestra mesa. Saludó respetuosamente a mamá con un beso en la mejilla y se sentó frente a mí. No recuerdo la conversación, pero habrá versado sobre el precio de la lana, si durante este invierno hubo más nieve que en otros, el avance del puma o de los zorros colorados, la sequía del verano o la cantidad de corderos que nacieron esa primavera, como conversaban todos en esa época, se hayan visto el día anterior o un año atrás.

Era Andreas «Andrew» Madsen y yo lo conocía de mentas. En su juventud fue gran amigo de mi abuelo y lo recordaba como protagonista de innumerables anécdotas, historias y leyendas de la vieja Patagonia; la Patagonia de los primeros colonizadores, de los inviernos tapados de nieve, de la huelga del año 21, del viento y la soledad, de los arreos interminables, de las fiestas y de la amistad, de los Ford T en caminos dificultosos y del trabajo duro y el sufrimiento.

Había nacido sobre la costa dinamarquesa del mar del Norte, en una familia de granjeros. Casi niño abandonó su hogar para aprender el oficio de marino. En 1900 llegó a Buenos Aires en un vapor carguero y aburrido de la vida abordo, decidió bajar a tierra. Buscó refugio entre las familias dinamarquesas de La Boca, entre otros con los Petersen del «Café Skandinaven».

Fue justamente la comunidad dinamarquesa la que le consiguió trabajo rápidamente. Ludovico Von Platen era un topógrafo dinamarqués que se preparaba para salir al frente de una expedición que llevaría víveres, instrumental y herramientas para la Comisión Mixta de Límites entre la Argentina y Chile y para el jefe del grupo argentino, el doctor Francisco P. Moreno. Salieron en barco en noviembre de 1901 para Puerto Madryn y de allí en tren hasta Trelew.

En carros de la colonia galesa llegaron luego hasta el oeste del territorio de Santa Cruz. Andreas fue contratado como marinero y constructor de embarcaciones y como tal actuó en el río Chico y en los lagos Buenos Aires, Viedma, San Martín y Argentino.

Vuelto a la capital y luego de varios meses como timonel del «Chubut», barco que hacía regularmente el viaje entre Buenos Aires y Punta Arenas, en 1903 fue contratado nuevamente por la Comisión Mixta y volvió a la Patagonia para trabajar en la zona del lago Argentino y del Viedma. Fue allí donde decidió iniciar su vida como poblador patagónico. Amante de esa especial libertad que sólo otorga la soledad, luego de varios intentos finalmente consolida su propiedad en lo que llamó la Estancia Cerro Fitz Roy, en una de las zonas cordilleranas más inaccesibles para la época.

En 1914 volvió a Dinamarca, pero sólo para casarse con una compañera de sus juegos infantiles. Su joven esposa, Epifania «Fanny» Thomsen, vuelve con él al pie del Fitz Roy y se integra al grupo de mujeres valerosas y sufridas sin las cuales los pioneros patagónicos no hubieran cumplido, en absoluto, su destino. Con Fanny tuvo cuatro hijos -Peter, Fitz Roy, Ricardo y Ana- y según sus propias palabras, «…una larguísima luna de miel».

Fue ovejero, domador, comerciante, carrero y poblador en una de las áreas más agrestes y bellas de la cordillera santacruceña, a la vista del bravo y majestuoso Fitz Roy, a orillas del río De las Vueltas y a pocas leguas de la Laguna del Desierto. Llegar a casa en épocas del Madsen joven no era posible por tierra y sólo se hacía cruzando el lago Viedma en bote.

La edificación del casco de la estancia fue construido por él, obteniendo tablones, a fuerza de hacha y serrucho, de los bosques naturales que lo rodeaban. Su vieja casa hoy es un museo histórico del reciente pueblo de El Chaltén.

Fue el primer -y probablemente único- explorador solitario de los ríos Leona y Santa Cruz; aquél desagua al lago Viedma en el Argentino y éste lleva luego todas las aguas al mar. Para ello bajó desde el primer lago hasta Puerto Santa Cruz en un bote a remos, tratando de verificar la navegabilidad de ambos cursos.

Aunque de escasa educación escolar, apuró las largas noches del invierno patagónico con lecturas en inglés y en dinamarqués. Shakespeare, Dickens, Ibsen, Stanley, Defoe, entre otros, le habrán ayudado a soportar el frío y el viento que agredía su pequeña cabaña, «adentro» en el Viedma.

De tanto leer quiso también escribir, llenando varios cuadernos con sus recuerdos, descripciones y anécdotas, con un estilo quizás algo desprovisto de sutilezas, pero con la tremenda fuerza de quien vivió lo que cuenta y ama lo que describe.

Escribía en inglés -idioma que le era más fácil- y contó con la colaboración en la traducción al castellano de Teodoro Caillet Bois. A la muerte de éste lo reemplazó con otro amigo, el Dr. Carlos A. Bertomeu.

En la década del 80, la Editorial Galerna decidió publicar a varios autores sureños, entusiasmada por los libros sobre la Patagonia, luego de la gran investigación de Osvaldo Bayer referida a la huelga y a los fusilamientos de obreros rurales en Santa Cruz en 1921. Es así como la Argentina conoce a don Asencio Abeijón y a Andreas Madsen. De este último se publican dos libros: «La Patagonia Vieja» y «Cazando Pumas en la Patagonia».

Pedro Dobrée

pdobree@neunet.com.ar


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