Pedrería

Cuando llegué, la mágica luna pendía, llena, esplendorosa, separando el oleaje lechoso de la amarillenta fila de lámparas. En medio, una franja de absoluta oscuridad, una franja sobre la que yo estaba parada, defendiendo el precario fuego del cigarrillo azotado por el viento. Y cuando levantaba la vista desde esa minúscula atalaya, se operaba el milagro: a medida que la buscaba a ella, a la luna, las toscas piedras se convertían en diamantes. Un camino plateado, titilante, que volvía a ser oscuro cuando miraba mis pies. Alta sobre el mar que se mecía desmayado, indolente, ella producía la divisoria de dos mundos y creaba en medio una ilusión, sólo para los ojos que la buscaban.

Fueron a buscar la alegría desaforada de la adrenalina, luz y sonido, vibración de los cuerpos convertidos en uno solo. Devino en tragedia, en fuego y humo, «el desastre no natural más grande». Diamantes y guijarros, claroscuro. Uno de ellos -campeón de judo- tenía por delante todo el brillo del triunfo, pero ahora abandonó y deambula en algún pedregal gris.

El era tan cortés, tan atento, tan celoso, ¿no era un orgullo? ¿No son los celos el enceguecedor cortejo del amor? Hasta que las paredes de la convivencia estallaron en preguntas inquisidoras, cuya respuesta era vana porque ya estaba condenada de antemano. Y los golpes, y los arrepentimientos, los regalos, los besos, las joyas de los primeros tiempos. Franja negra, tapiz de luna.

Ella era tan romántica, tan dependiente de él, que halagaba su hombría: nada de feminismo moderno. Una mujercita como debe ser. Lo esperaba ansiosa, lo llamaba veinte veces al celular, qué hacés, cuándo venís, me querés mucho? Deslumbrante, los ojos dos joyas apasionadas. Entonces, ¿quién es esta criatura que lo espera en la casa con una copa en la mano, el rictus duro, la mirada opaca, la ironía feroz, obsesionada, desconfiada? A veces, vuelve a ser ella, la de antes, pero en verdad, quién es qué; todo ha resultado un espejismo.

Pasión en el mensaje, pasión en las cosas, tan alto compromiso con la gente, con la agrupación agrandada por su mística, borrando el escepticismo, reinventando la posibilidad de la utopía. Cada faceta parecía complementar la otra, creando nuevas, un camino de luz donde otra vez se podía creer. Hasta que, contra toda encuesta, contra la dura y gris realidad, ganaron. Mejor dicho, ganó. Porque entonces, el contacto se fue haciendo más difícil. «Flaca, delante de la gente decime senador… el tuteo queda mal, no sé, no genera respeto». Pedir audiencia para hablar mientras miraba el reloj y sonaba el celular que antes apagaba cuando conversaban. Y ese pendejo que le maneja la agenda, ¿quién lo conoce? Si nunca apareció en la campaña. Ah… el sobrino. Claro. La sombra dura del clásico doble mensaje, de las promesas incumplidas, empezó a dominar el brillante camino que parecía tan sólido, tan real. Luz de luna. Piedras y diamantes.

La velocidad que te hace sentir tan poderosa. El golpe terrible y la oscuridad. La dieta milagrosa que reduce diez quilos en días. La balanza que dice que no. Juegos de espejos. Ilusiones.

Pero sólo erguida sobre las oscuras, concretas piedras, pude percibir el sendero tapizado de joyas.

 

María Emilia Salto

bebasalto@hotmail.com


Cuando llegué, la mágica luna pendía, llena, esplendorosa, separando el oleaje lechoso de la amarillenta fila de lámparas. En medio, una franja de absoluta oscuridad, una franja sobre la que yo estaba parada, defendiendo el precario fuego del cigarrillo azotado por el viento. Y cuando levantaba la vista desde esa minúscula atalaya, se operaba el milagro: a medida que la buscaba a ella, a la luna, las toscas piedras se convertían en diamantes. Un camino plateado, titilante, que volvía a ser oscuro cuando miraba mis pies. Alta sobre el mar que se mecía desmayado, indolente, ella producía la divisoria de dos mundos y creaba en medio una ilusión, sólo para los ojos que la buscaban.

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