“Petones” y “Justicieros”, una historia de terror sin solución



Hace unas horas le balearon la casa donde vive con su madre, dos hermanos menores y su hija de 6 años. Lo que para cualquier mortal sería el fin del mundo, apenas es un hecho más para esta muchacha de 23 años que muestra con naturalidad dónde rebotaron las balas. Sabe que esa misma noche seguramente se repetirán los piedrazos al techo, los tiros contra los postigos, los alaridos que quiebran la noche. Mira a su hermano de 13 años con ojos muertos y dice: “ya repetí miles de veces que en cualquier momento me lo van a asesinar”. Valeria Villalobos pasa sus días encerrada entre cuatro paredes, con chapas en los vidrios agujereados por las balas y un calor sofocante. Cuando sale tiene que estar dispuesta a todo. Cursa segundo año de la secundaria, no trabaja y si está afuera, reclama en los pasillos de tribunales judiciales. Es que parte de su familia está tras las rejas y también su novio Renzo Facundo Díaz, el Petón, sindicado como el líder de la banda que asesinó en febrero de 2011 a Alejandro Verdugo (19 años). Ese crimen determinó el principio del fin en el barrio Anai Mapu. La sed de venganza corre peligrosamente por las calles y el olor a pólvora se percibe en el aire. Como en todo, hay dos versiones. Valeria jura que quedó en medio de la guerra entre “petones” y “justicieros” porque defendió a su hermano y a su novio después del asesinato de Verdugo. En el otro bando la apuntan incluso como la que ahora da las órdenes. Ella sonríe con desgano. Su madre lava la ropa en el patio, casi ausente. “De este lado no quedó casi nadie. La justicia se encargó de meterlos presos a todos. Sólo hay chicos de 13, 14, 15 años. Ellos, los del otro bando, son casi todos mayores, cada vez son más, y tienen muchas armas”. Las confesiones hielan la sangre. Sobre todo por la naturalidad con las que salen de su boca. –¿Cómo se inició el conflicto? –El problema ya estaba de antes, pero empezó cuando murió Verdugo. Mi hermano José se juntaba acá en la esquina y cuando matan a Verdugo, todos esos chicos pasaron a ser asesinos para la familia de ese muchacho, pero el que mató fue uno solo. Desde ese momento quedamos en la nada, como los peores. Y ellos iniciaron esto. No se va a terminar porque van a matar a uno de nosotros y uno de nosotros va a matar a otro de ellos… Si la justicia no hace algo, esto no se va a terminar. Yo a ellos nunca los molesté, pero me tengo que bancar que me caguen a tiros, que me hayan quemado mi casa. Tenemos que estar encerrados todo el día porque pasan a los tiros… Entonces hay que salir y defenderse. Hace dos semanas le dieron un tiro a mi hermano de 13 años y nadie hizo nada. –La droga hace su parte… –Sí, pero acá no sólo es la droga, también la venta de armas. Los transas son todos del barrio. Acá hay algo grande porque no puede ser que esté todo tan así. Ellos juntan gente, siempre hay alguien metido. –¿Y la policía? –No aparece. Los llamás y no vienen. Estoy metida en conflicto sin nada que ver porque no maté a nadie, no robo, no vendo faso, no he caído presa… Valeria culpa a la justicia porque “protege a los `justicieros´” y dice que la municipalidad está ausente. Llegó cuando tenía cinco años al barrio, recuerda que históricamente fue una zona de conflictos, pero “nunca como ahora”. -Y en las fiestas tenés miedo que sea peor. -Siempre es peor, van a tomar, drogarse, va a correr pastillas y vamos a tener que defendernos. Es difícil desentrañar la verdad en el Mapu. Valeria dice que es una víctima y acusa hacia el bando de los “justicieros”. Daniel Verdugo, el padre del muchacho asesinado, descarta estar al mando de ese grupo que quiere vengar a fuego y sangre esa muerte. “Los que generan los desmanes son los asesinos de mi hijo. Yo dejo actuar a la justicia. Dicen que yo mando a hacer justicia, y no es así”, explica. Hace ya unos meses que el Estado le asignó una cómoda casa cerca del centro de la ciudad, para proteger a su familia, pero muchos en el barrio aseguran que “nunca se termina de ir”. Verdugo culpa de todos los males del barrio a los “pibes que viven en la 17 de Julio”, la calle de Valeria, y pide “más policías para el barrio”. Según dice, a su hijo lo tenían amenazado los “petones” antes de que un disparo lo dejara sin vida. Las acusaciones se cruzan y la verdad se escurre. Pero la gravedad de la situación se hace carne desde las palabras. “Dicen que hay una nueva banda, la tercera, en el Mapu. Pero en realidad, en el Mapu hay muchas bandas. A nosotros no nos dejan en paz, ni siquiera yéndonos del barrio. Nos fuimos el 18 de septiembre y al otro día nos dejaron la casa como un colador. Sé que hay muchos que quieren venganza, pero yo no los mando”. Los dos conocen el Mapu hace casi 20 años. Tienen versiones encontradas y una vida de violencia en sus espaldas. A Verdugo le mataron un hijo, Valeria Villalobos teme que algún familiar termine bajo tierra. La realidad es dura e innegable y la tregua es hoy una utopía, sobre todo porque el barrio es zona liberada, “tierra de nadie”, como muchos vecinos lo describen con tristeza y temor. Está claro que es imperiosa una intervención estatal, urgente y en todos los niveles.


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