Deudas de la democracia

Con la aparición de los desequilibrios presupuestarios, distintas fueron las alternativas que optaron los gobernadores para corregir estos desvíos.



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Crudo. Según Unicef hay 4 millones de niños pobres en Argentina.

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Contraste. Crecimiento económico y pobreza en la misma foto.(Foto: dyn )

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Desde que la ciencia económica se configuró como tal hay una premisa básica que guía los modelos y teorías: “Los recursos son escasos y la necesidades ilimitadas”. Traducido en castellano es lo mismo que decir: “No alcanza para que todos estén satisfechos al mismo tiempo”. Tomando como referencia esta partida, no es difícil imaginar que dentro del sistema económico habrá siempre alguien que no podrá satisfacer sus necesidades.

Para intentar compensar este desvío, aparece el concepto de “meritocracia”, atractivo desde el punto de vista del marketing. La idea de que quienes se esfuerzan pueden llegar alto y alcanzar un nivel mayor de bienestar, parece útil no sólo para motivar a las personas a dar lo máximo de su potencial, sino que incluso luce justa: quien más tiene es porque más se esforzó.

La contradicción surge cuando se equipara la meritocracia con la citada definición base de la ciencia económica. La realidad es que para una gran porción de gente el esfuerzo no es garantía de progreso, por la sencilla razón de que los recursos no alcanzan para todos.

¿Alcanza con la democracia?

“Con la democracia se cura, se come y se educa”, expresaba un fervoroso Raúl Alfonsín a las vísperas de ser elegido el primer presidente tras la noche más oscura del país. Luego de tres décadas y media, la frase aún resuena. Pero al observar el derrotero de la economía nacional en dicho lapso cabría preguntarse: ¿alcanza con la democracia?

Es evidente que la pobreza no es sólo un problema argento. Y más claro aún es que una solución estructural a la misma está más allá de los esloganes que pueda elegir el gobierno de turno.

Tan cierto como que ya nadie discute al capitalismo como el sistema que rige la economía global y que la mayoría de los países busca con distinta suerte, encontrar mecanismos que lleven a la inclusión y permitan que la brecha de acceso a una vida digna se acorte lo más posible. Distintos ejemplos de países cercanos en la región demuestran que reducir la incidencia del flagelo de la pobreza no es algo imposible.

En Argentina en cambio, si se mira en retrospectiva resulta que las instituciones políticas en democracia no han sido capaces de generar las condiciones para que una tercera parte de la población alcance condiciones de vida dignas. El contraste es todavía más crudo cuando se advierte que a fines de 1981 la pobreza afectaba apenas al 5% de la población. Es decir que desde aquella fecha la cantidad de habitantes pobres se multiplicó por seis.

La lluvia de cifras sobre desigualdad y la pobreza es incesante. Apenas unas semanas atrás, se conocieron las cifras oficiales indicando que uno de cada tres ciudadanos no cubre sus necesidades económicas básicas.

Si se analizan las estadísticas de pobreza, indigencia y desocupación de las últimas cuatro décadas, se observa claramente que todos los indicadores empeoraron drásticamente.

En los primeros meses de 1974, con el modelo económico de José Ber Gelbard aplicándose en el país, la desocupación y la pobreza se ubicaban por debajo al 5%. Hoy esos mismos indicadores se ubican respectivamente en 12% y 32%. La deuda de la democracia con los que menos tienen es enorme. Ningún gobierno electo desde 1983 pudo mejorar la media de estos indicadores respecto de su antecesor.

Paradójicamente, los datos de pobreza y desempleo del final de la dictadura resultaban favorables. En 1980 ya se había producido una recomposición de la mayoría de los indicadores sociales aunque comenzaba a emerger un deterioro estructural sobre la economía producto de una progresiva desindustrialización.

Raúl Alfonsín asumió la presidencia del país en diciembre de 1983. En ese entonces la desocupación alcanzaba al 3,9% de la población económicamente activa, la tasa más baja de los últimos 30 años. La pobreza se ubicaba cercana al 5%.

En el período democrático 1983-1988 comenzaron las manifestaciones de subocupación, de informalidad laboral y se registró una caída muy fuerte de la productividad. Alfonsín dejó el gobierno en julio de 1989, en medio de una crisis de hiperinflación. Por esos días, la desocupación alcanzó el 8,1% y la pobreza formalizó su primer golpe: 47,3%.

Ya con Carlos Menem en la Presidencia, la Argentina llegó por primera vez a los dos dígitos en su tasa de desocupación. El pico se alcanzó en mayo de 1995, cuando la tasa de desempleo se ubicó en el 18,4%. La pobreza en tanto, promedió el 24,6% durante la década de los 90.

La llegada de Fernando de la Rúa no aporto mucho: la tendencia se profundizó y dejó el gobierno en diciembre del 2001 con una tasa de desocupación del 18% y pobreza en el 54%.

En los años siguientes, luego de llegar al 21,5%, el desempleo comenzó a bajar. Lo mismo ocurrió con la pobreza aunque se estabilizó en un piso promedio del 30% tomando los datos estadísticos de la UCA, ya que en el 2006 el gobierno tomó la decisión de intervenir la estadística del Indec.

Trabajo y pobreza

Desde el desembarco del nuevo gobierno en diciembre pasado se escucha con insistencia que el incremento de la inversión es lo que generará nuevos puestos de trabajo, y que esto impactará favorablemente en los complejos índices de pobreza.

Las frías estadísticas reflejan sin embargo que esta relación (suba de empleo, baja de pobreza) no siempre se cumple.

Revisando una vez más en la historia reciente de nuestro país se verifica que hacia fines de la década del 80 la pobreza explotó con una desocupación menor a un dígito. El caso inverso se observa a mediados de los 90. (Ver infograma adjunto)

La precarización laboral y los bajos salarios son razones suficientes que explican estos cambios de tendencia. Desde los 80, la política comenzó a asumir que la pobreza, además de ser creciente, comenzaba a alcanzar a parte de los asalariados. Hacia fines de 1989 mucha era la gente que estaba con trabajo, pero el nivel de los haberes era paupérrimo en relación a su poder de compra, lo que resultó en que muchos de estos asalariados tuvieran ingresos ubicados por debajo de los niveles de pobreza.

Algo parecido ocurrió durante la última década, con una desocupación relativamente baja pero niveles de pobreza muy altos.

Sabido es que el trabajo es el mejor medio para dignificar a las personas y lograr que las mismas alcancen la satisfacción plena de sus necesidades. Al mismo tiempo es condición necesaria que el trabajo sea de calidad y registrado, garantizando el acceso a la matriz de contención social que incluye salud, educación y seguridad laboral. En este punto radica el problema social estructural del país: en la actualidad 1 de cada 3 trabajadores en Argentina tiene un empleo no registrado (en negro) y percibe salarios que se hallan muy por debajo de los
$ 12.800 que, según el nuevo Indec, necesita una familia tipo para no ser considerada pobre.

Datos

Pulso Económico

Páginas 2 y 3

Datos

32,2%
El porcentaje de personas en condición de pobreza, según los datos dados a conocer en septiembre por el nuevo Indec.
5%
era la tasa de pobreza a fines de 1981, en vísperas del amanecer democrático.
$ 12.801,56
Lo que necesita al mes una familia tipo (padre, madre y tres hijos) para no ser considerada en situación de pobreza.

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