Los muertos por los que nadie reclama

Hay crímenes que generan respuestas sociales y otros que no. ¿Por qué ocurre? Tristes historias que explican el fenómeno.

25 ene 2015 - 00:00

Al Gitano Sánchez jamás lo reclamó nadie. Ni vivo ni cuando la sombra de la muerte le arrebató sus días a tiros. Era un delincuente, vivía en la marginalidad y ni siquiera su familia le abría las puertas. Tenía apenas 26 años y un prontuario digno de diseccionar en esos programa policiales que tanto le gusta a la tevé actual. No tuvo deudos el Gitano, tampoco quien lo llore y menos marchas por el centro de Cipolletti implorando justicia.

La historia y el final del Gitano es parecida a la de tantos muchachos que caen en las fauces del destino. Cipolletti tiene una larga lista de asesinatos, los conocidos y los que sólo ocupan espacio en los archivos de la Justicia.

El primer Triple Crimen sacudió los sentidos del país por la brutalidad y el misterio, porque eran tres chicas de clase media, con la vida por delante, fulminadas sin más. Las marchas por ellas, por la denominada "Masacre del laboratorio", la bioquímica Ana Zerdán, Diana del Frari y la joven Otoño Uriarte generaron una simbiosis profunda en la sociedad. Cipolletti tiene los muertos que sufrió, por los que imploró, por lo que lloró y se hizo fuerte, y también los que jamás reclamó.

Como ocurre en tantas ciudades (no es una característica sólo de Cipolletti, que quede claro), el silencio y el olvido se volvieron carne cuando la muerte sacudió ahí donde la marginalidad gobierna. No hubo marchas por los asesinatos en el barrio Anai Mapu, tampoco duelos por los crímenes que ocurrieron en las tomas, en los sectores marginales o por los enfrentamientos donde el asfalto no llega y los niños corren descalzos, sobre sus callos.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué en esta región (Cipolletti, Neuquén y ciudades cercanas) se cometen los asesinatos más atroces. Hay especialistas que apuntan a la densidad poblacional del Valle como un factor clave, pero no existen estudios sociológicos al respecto. Ocurren, pasan, se disipan en la historia de los descalzados.

Tumbas sin gloria

En el sentido de identificación parece estar la llave. Cualquier padre de familia sintió propio, en la piel, el desgarro de Ulises González al enterarse que sus hijas habían sido brutalmente asesinadas. Pero es difícil imaginar siquiera que alguien se haya compadecido por el final casi cantado de Damián Sánchez, el Gitano del barrio Del Trabajo que en Tribunales era archiconocido con apenas 26 años, y que en la madrugada del 19 de agosto del 2014 fue acribillado a balazos. Si la mafia existe en esta zona, al Gitano le echó encima las garras con cuatro tiros por la espalda, en una pieza en el fondo del patio de la casa de su abuela. Tenía una restricción para ingresar allí (estaba peleado con su familia) pero lo hacía por las noches.

"Como Sánchez era conocido en el ámbito delictivo y tenía muchos enemigos, es difícil descubrir quién o quiénes lo mataron", dijo un suboficial vinculado al caso. Nadie lo reclamó, el Estado provincial ofreció una recompensa por información para esclarecer el crimen, pero el que le quitó la vida sabe a esta altura que goza de impunidad absoluta. La Policía no investiga el caso. No hay sabuesos tras los autores. La causa irá a la hoguera judicial, al fuego donde tantos esperaban que fuera a parar ese muchacho que posiblemente haya tenido pocas opciones.

La descarnada explicación que hace del fenómeno el psicólogo forense del Poder Judicial Sergio Blanes Cáceres obliga al menos a una reflexión. Se basa principalmente en las teorías sociales de Max Weber.

"Es difícil que el ciudadano común se identifique con el excluido. Cuando matan a uno de estos excluidos, no lo sentimos nuestro par, nuestro igual. Es un sistema de exclusión y marginalidad que se va profundizando a lo largo del tiempo. Se empiezan a ir desplazando, no consiguen trabajo, se marginan, no pueden insertarse, no tienen antecedentes laborales, no aportan. No pueden, y muchas veces no quieren ni intentan, entrar al sistema. Delinquen, los matan, nadie los reclama", explicó el profesional.

-Pero a la vez la sociedad los necesita.

-Estos excluidos no forman parte del sistema social, que les niega su inclusión social plena pero intenta aplicarle sus normas. Están afuera, pero son parte necesaria de la sociedad porque gracias a que ellos existen, también existen los policías, los jueces, los forenses. Sin ellos, no tendríamos trabajo. Son necesarios para el sistema, pero también que sigan excluidos. Los procesos de identificación son así: te sentís tocado cuando el afectado es alguien a quien considerás un par, a los excluidos no los reclama nadie. Lo mismo ocurre con los vagabundos que mueren en la vía pública: son NN. Ahora, cuando matan a alguien de clase media se arma un revuelo tremendo.

El gobierno también ofreció dinero por datos sobre el caso del joven Johnatan Miguez, que ocurrió el 20 de septiembre del 2012 en la calle Alberdi de las 1.200 Viviendas, y que es misterio puro para el juez de la causa. En la noche que ocurrió el crimen, la víctima, que nació en Cipolletti pero vivía en Chos Malal, salió de la casa de su novia y fue a comprar fiambre a un almacén del barrio. Cuando regresaba le dispararon desde una motocicleta. Murió sin más.

Así empieza una crónica policial que publicó este diario en su edición del 25 de agosto: "La ciudad registró ayer el tercer homicidio en una semana. Esta vez, la víctima, un hombre de 38 años, recibió una puñalada en el pecho en la toma 2 de Febrero y murió desangrado. Ocurrió en la madrugada y las autoridades judiciales, junto a la Policía y a los peritos, trabajaron bajo la lluvia para recoger indicios y resolver el caso. Hay varias hipótesis e incluso un sospechoso. El hombre asesinado es Juan Cristian Obregón y de acuerdo a lo que informó la Policía, ayer, alrededor de las 5:15 de la madrugada, una persona que vive en las inmediaciones pidió una ambulancia pero cuando llegaron los médicos se encontraron con el cuerpo sin vida. Presumen que hubo una reunión en una de las precarias casillas de la toma y que, quizás por una discusión, la víctima fue atacada con un cuchillo. El corte le provocó gravísimas lesiones y enseguida la muerte". Obregón, el Gitano Sánchez y Miguez son parte de una extensa lista de muertos que la sociedad nunca reclamará. Los medios de comunicación también tienen su grado de responsabilidad por el simple hecho de ser parte de un sistema muchas veces distorsionado.

Historias olvidadas

"Tantas veces lo habían matado que vine a ver, porque no creía", dijo un muchacho que conocía a Leonardo Crededio y que fue testigo la noche que lo asesinaron, en marzo del 2011. "Era la maldad pura", agregó. Nadie, excepto su madre, reclamó el crimen de Crededio porque estaba prófugo, porque le dispararon después de comprar drogas o porque ocurrió lejos de los sectores de mayor poder adquisitivo. Sin embargo, la Justicia actuó con celeridad y tiempo después condenaron a 15 años de prisión a Victorio Solis, el responsable de ese asesinato.

Nadie recordó a Julio "el Conejo" Aguilera, que fue asesinado en una obra en construcción en el barrio Millenium o al hombre de apellido Hejvowicz que fue muerto a balazos ese mismo día, el 19 de julio del 2010.

Fabián Flores, Niemo y Pataluna Gutiérrez, Carlos Bustamante, Diego y Daniel Beroiza, la mujer de éste último, Otto Gutiérrez, Víctor Cides, Sepúlveda, Ariel Arancibia, Víctor Zapata, Marcos Moya, Nitorra, Piraña, Beto Castillo, Franco Hernández, los tres chicos que murieron calcinados en una precaria casa. Nombres, apodos que hoy no tienen rostro, víctimas y victimarios, delincuentes y trabajadores. Crímenes silenciados, pasados al olvido.

Franco Hernández tenía 21 años y fue asesinado en la noche del 12 de junio tras enfrentarse con un chico de 15 años al que descubrió robando en su casa, ubicada en el estigmatizado barrio Anai Mapu. Murió de una puñalada en el corazón. Su partida dejó al desamparo a la joven que amaba y a una pequeña criatura. "Trabajaba en el delivery de una heladería, mantenía a su familia y no merecía morir", lamentó su madre, quebrada por el dolor.

Surgieron pequeñas manifestaciones, que rápidamente se apagaron. La noticia duró un pestañeo, se desintegró como la atención hacia los "excluidos".

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