Política y palabras 

Por Jorge Horacio Gentile (*)

El costado lúdico de la política tiene su máxima expresión en las campañas electorales, y las palabras que son el arma de los políticos, no se usan sólo para decir la verdad, sino para persuadir. Este juego, que en la democracia es incruento y sienta en la misma mesa cubierta del paño verde también a los ciudadanos, es la raíz de la eterna desconfianza hacia los políticos.

Las palabras, que son el nombre de las cosas, encontraron en los cuentos de Gulliver un proyecto de su abolición, que tuvo por inconveniente que para expresarse los interlocutores tenían que cargar en sus espaldas y las de sus criados las pesadas cosas, motivo de las conversaciones. Pero la intención de los sabios de Lagado fue buena porque pretendían evitar que términos oscuros alteren el buen entender.

Luego de un año electoral es fácil recordar alguno de los juegos que los políticos usaron en su lenguaje:

1) El del escenario mediático: las palabras son piezas que se juegan en el tablero mediático, principalmente la televisión, que sustituye a la tribuna e intenta hacerlo con el debate parlamentario y crear una realidad distinta a la que refleja. Hemos visto a los candidatos someterse al ridículo en programas de mucho rating para llegar a la gente y eludir el «zapping».

2) El de las encuestas: las mediciones favorables se usarán en los discursos, donde se ocultarán o desdeñarán las perjudiciales.

3) El de la promesa oportuna: de los sondeos se elabora una propuesta, que la gente desea y espera, como la rebaja de impuestos en Córdoba.

4) El del espiral del silencio: juega con el miedo de la gente a contrariar la opinión mayoritaria, al aislamiento, a «tirar el voto»; y genera polarización, el voto al mal menor y hace que muchos teman decir por quién votaron.

5) El de la selección de temas: para incorporarlos o no al debate electoral, como fue la insistencia de Carlos Ruckauf con el aborto frente a la reticencia de Fernández Meijide.

6) El de las palabras mágicas: que resumen respuestas a problemas, se repiten como latiguillos, se legitiman por la aceptación, como el «Somos más» de Fernando de la Rúa.

7) El de los espacios políticos: que etiquetan y segmentan políticas o subculturas, como izquierda o derecha en Chile, o, en Uruguay, con: el Frente Amplio -ganador en primera vuelta con Tabaré Vázquez-, Colorados y Blancos -que dieron el triunfo de Jorge Batlle en el ballottage-.

8) El de los principios antagónicos: que tensa dramáticamente las diferencias entre «ellos» y «nosotros» y afirma la comunión e identidad de éstos, como la opción planteada entre» «continuidad» y «cambio» por Joaquín Lavín en Chile.

9) El de la creación del adversario: junto a la campaña positiva está la de denostar al oponente, como lo fue el «menemismo», a partir del discurso de «Chacho» Alvarez, o el régimen político de la Constitución de 1961, para Chávez en Venezuela.

10) El de los protagonistas: en la era de la televisión el mensajero se impone al mensaje, el contexto de sus argumentos, su crediblidad y carisma son sus armas principales. Esto se vio en los dipares resultados electorales nacionales, provinciales y municipales argentinos, donde los candidatos pesaron más que los partidos.

Estas argucias y otras, que Javier del Rey Morató desarrolla en «Los juegos de los políticos» (Tecnos 1997), son las que los ciudadanos deben conocer para defenderse de las manipulaciones y mejorar su participación democrática.

(*) Es profesor de Derecho Constitucional de las universidades Nacional y Católica de Córdoba y fue diputado de la Nación. 


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