Por la luz que me alumbra: Hombre en la lencería



Cuando hablamos de un regalo, éste puede superar las fronteras de un obsequio y tomar un valor superior si vibra en la frecuencia del agasajado. Para muchos hombres es un acto de dulzura y sensibilidad que nuestra mujer se haya dado cuenta y nos regale esa mecha de widia de 40 cm para atravesar paredes (con esa mecha en un taladro con percutor, mango lateral, quién no se sintió un héroe galáctico y justiciero).

Las mujeres, mucho más sensibles que nosotros, se conmueven con pequeños gestos, pequeños quilates, pequeñas gemas. Aunque más frecuentemente con el esfuerzo que nos demande el regalo. Y si hablamos de esfuerzo y desafíos, en el afán de hacer un regalo, no hay como el que se nos propone al entrar en una lencería. Claro, están los cobardes que le dicen a la cuñada y estamos los valientes de pelo en pecho que un día decidimos irrumpir en el mundo de la bonetería.

La estrategia más básica es tratar de vislumbrar a la vendedora desde la calle, deseando que sea una inocente abuelita. Al cabo de un rato nos damos cuenta de que estamos frente a una vidriera llena de corpiños, portaligas y bombachas con decenas de personas deambulando a nuestro alrededor y que pueden pensar que somos un voyeur de cuarta o peor de todo un usuario reprimido. Por una cuestión matemática, es preferible que piensen eso sólo las tres o cuatro personas dentro del local. Entremos.

La mejor estrategia es conducirse con normalidad como si fuera nuestra costumbre comprarle portaligas de diferentes colores a cada una de nuestras amantes. Miramos con displicencia los posters colgados de las paredes, tratando de contener un escaneo muy evidente que nos remonte a nuestra adolescencia y los almanaques en las paredes de los talleres mecánicos. No tendremos tiempo ocioso, es una fija que a un hombre en una lencería siempre lo atienden primero.

En el “…buenos días” arrastrado de la joven vendedora hay rastros de curiosidad y en su sonrisa una amable complicidad como para hacernos sentir cómodos en ese territorio del que son absolutas dominadoras. Nos gustaría ser más mundanos y responder. Gracias, pero atienda a la señora que yo estoy mirando. Sin embargo hacemos rápido nuestro pedido.

– Quisiera un par de medias color mostaza para regalar.

– Las vio en la vidriera…

– No, en las piernas de una señorita y me gustaron… las medias… las piernas también…

La vendedora sonríe con cierto desgano y se queda esperando más datos. Existen medias, medias tres cuartos, soquetes y pantys de invierno, verano, con costura, reflejo, neutras, las de moda, las clásicas.

El tiempo pasa, el mostrador se llena y nuestra decisión naufraga. Dijimos: ¡ésas!, tratando de parecer convincentes; pagamos y salimos al galope. Por supuesto, lo que compramos nada que ver con aquella imagen que teníamos impregnada en la retina. Lo bueno es que seguramente va a ser reconocido este esfuerzo y sobre todo que fuimos bien hombrecitos como para durar 14 minutos, 20 décimas en una lencería.

Horacio Licera

hlicera@rionegro.com.ar


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