¿Por qué a veces se vuelve peor de las vacaciones?

La idealización del tiempo de ocio puede ser causa de neurosis y depresiones. Este fenómeno se repite en turistas que van de grandes ciudades al interior y viceversa.



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La mayoría de las veces, quienes salen de vacaciones no vuelven tan

Rutas atestadas de automovilistas, turistas ansiosos por llegar al lugar soñado donde se supone sus vidas serán trastocadas y hasta trailers cargados de cuatriciclos o lanchas, objetos que reemplazan a la ilusión de dicha porque usarlos se supone dará felicidad. Esta imagen se repite cada verano, las expectativas al comenzar las vacaciones son muy altas y eso no ha cambiado a lo largo de los años. Lo que sí varió es el tiempo de disfrute al amparo del modelo económico que provocó que mucha gente sólo goce de una o dos semanas para realizar muchas actividades que, por otra parte, se venden como una mercancía más. En este contexto es fácil sentirse frustrado, deprimido y hasta neurótico: basta con el mal clima o con quedarse sin dinero para realizar todas las excursiones que se pretendían.

El fenómeno se repite tanto con los turistas que van desde las grandes ciudades al interior y viceversa: lo que opera es la idealización del tiempo de ocio y de los sitios que se visitan. No obstante, siempre es posible tomarse el tiempo de relax para descubrir aquello que causa placer: una actividad, un lugar, algo que lleve a reeditar la posibilidad de elegir, de ser espontáneos y de recobrar la individualidad.

Para el psicoanalista César Hazaki, el modelo de vacaciones “pack” rompe con la vieja idea de lo que podía ser el ocio. “No se puede ver dentro de uno qué es lo que se quiere, de qué se tiene ganas. Aquellos que durante las vacaciones siguen el modelo de hacer muchas cosas en poco tiempo, replican el mismo modelo con el cual trabajan a lo largo del año y continúan con el consumo”, sostuvo.

“Es esta celeridad la que también está vinculada a la producción de accidentes”, expresó el psicoanalista.

 

La zanahoria

 

El tiempo de vacaciones siempre encierra una ilusión de felicidad, de que va a ser distinto porque van a pasar cosas distintas. Es como si se reeditara el viaje iniciático de los adolescentes.

“Si por ejemplo las personas tienen una semana de vacaciones y se van a una playa y hay mal tiempo, lo que se produce en los turistas es una gran neurosis. Los concesionarios de balnearios terminan absolutamente presionados de tanto escuchar en boca de los turistas la famosa pregunta: '¿Cuándo cambiará el tiempo?'. Hay ciertas situaciones más que relajar estresan porque esa ilusión de que pa

saría algo distinto no ocurrió y se tenía muy poco tiempo para lograrlo”, señaló Hazaki.

Hay gente que por sus propias características somatiza la frustración. También están los que boicotean la posibilidad de disfrute, como aquellos que aun sabiendo que el sol hace mal, quedan insolados o con la piel lesionada. A su vez, puede aparecer la depresión cuando el sueño no se cumplió: “Las personas pueden deprimirse cuando las expectativas no se alcanzaron, es cierto, pero ya estaban deprimidas antes, porque están esperando más favores de la magia que de otra cosa. Darle a las vacaciones una función salvadora es todo un problema”, enfatizó Hazaki.

 

Las expectativas

 

Las personas que viven en más contacto con la naturaleza tienen una manera distinta de relacionarse con ella. Captar la belleza que los lugares ofrecen es más difícil en medio del ajetreo que trasladarse de una punta del país a la otra implica. Desde esta perspectiva, es común para el hombre de la metrópoli idealizar, casi de manera romántica, la vida en el Interior, como si el hombre de campo no padeciera angustias, aunque sean de otra índole.

En la misma línea, Hazaki considera que “el turista, desde la ilusión, idealiza la vida de los otros; no se ve la parte fea de cada lugar, la cotidianeidad con sus pequeñas y grandes miserias”.

Por otra parte, la gente que vive en pequeñas villas y que esperan al turismo porque viven de eso también tiene expectativas muy altas: si los turistas irán o no, si vendrán con dinero, si la temporada será buena y si habrá bueno o mal tiempo.

Luego, para aquellos que no están vinculados al turismo y viven en un lugar clave la sensación será de invasión, de que los turistas vienen a romper todo, situación que genera malestar. No obstante, hay un reconocimiento de la necesidad de que gente de otros lugares venga para asegurar la supervivencia el resto del tiempo.

A su vez, cuando alguien del interior viene a las ciudades por lo general se fascina, sobre todo aquella gente que está menos acostumbrada a los estímulos. Con la idealización seguramente aparecerá luego la desilusión si no es lo que se esperaba.

“Aquí puede operar esta cuestión de minusvalía, de tener miedo a sentirse estafado por ser del Interior señala el psicoanalista, que es además escritor y co-editor de la revista Topía. Son situaciones de tensión inevitable, siempre hay estrés”.


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