Por un turf limpio

Las carreras hípicas y sus protagonistas, los caballos entrenados desde potrillos para tal fin, merecen otra cosa.



ANÁLISIS

El instinto competitivo no puede permitirse el sistemático y agresivo acto de intoxicar a los caballos con el fin de ganar carreras a cualquier precio (como también ocurre con los galgos).

La llave y la responsabilidad para reencausar la insensatez hacia una sana competencia, libre de drogas, la tienen los clubes. También los Estados provinciales y municipales, legislando y fiscalizando. Los controles antidoping deberían ser obligatorios por lo menos en los mayores hipódromos y los que más recursos se permiten. Los clubes -con la ayuda de veterinarios de probada profesionalidad- deberían plantearse el empeño de vigilar que no se suministren a los ejemplares ni penetren a las pistas drogas o dudosas medicinas terapéuticas (nótese que se exhiben con toda impunidad en las carreras), y buscar evitar accidentes y muertes de caballos y jinetes (recordemos cómo murió Sebastián Cares en el hipódromo de Neuquén, en 2009).

De lo contrario, serían corresponsables de un acto inmoral para la actividad y cruel hacia el animal que dicen amar.

En definitiva, se trata de crear condiciones honestas para dirigentes, entrenadores, propietarios y apostadores, a fin de construir una reputación positiva para la industria del turf, que nutre a miles de personas.


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