“La literatura no tiene por qué tener la dinámica de las redes sociales”

Los cuentos de Jorge Abel Muñoz, premiados en el 2016 por el Fondo Nacional de las Artes, fueron reunidos y publicados en el volumen titulado “Nada contra qué chocar”.

28 ene 2018 - 00:00

El trabajo como rutina asfixiante, la infancia como espacio de refugio ante la mirada cruel de los adultos, la paternidad como mandato y las adicciones, entre la tensión de superarse y evadirse, son algunos de los ejes de “Nada contra qué chocar”, el primer libro de cuentos de Jorge Abel Muñoz (Buenos Aires, 1978).

Premiado por el Fondo Nacional de las Artes en 2016, los relatos de Muñoz fueron publicados recientemente por Ediciones La Parte Maldita y recuperan las voces de niños que buscan gustarle a una compañera de colegio o salvarse de padres violentos, jóvenes que intentan esquivar su rutina y adultos que se enfrentan a oficios que los convierten en autómatas desahuciados.

Muñoz es redactor creativo y docente en la Escuela de Creativos Publicitarios, está escribiendo su primera novela y en esta entrevista se reivindica como “un bicho de taller”.

“El taller es lo mismo que hacer análisis, exigen el mismo tipo de compromiso y de constancia porque en los dos casos necesitás esa escucha entre pasiva y activa de uno mismo”, reflexiona y asevera que en las dos situaciones “lo más fácil del mundo es enojarse y desaparecer”, pero que él volvió.

P- ¿Los cuentos de este libro son los que ganaron el Premio del Fondo Nacional de las Artes?

R- Sí, salvo “Salomón” que es un cuento anterior que quise agregar porque había quedado huérfano de libro. Son cuentos que trabajé durante ocho años y sabía que algo iba a pasar al presentarlos en el concurso.

P- Sí, “Salomón” es un cuento que parece estar en otro registro...

R- Era de un libro de cuentos que ganó una mención en 2011. Es el único cuento en el que siento que hay algo explícitamente dramático, ya que en todos los demás hay cierta risa, aunque el lector se pregunte si alguien puede reírse de esas situaciones. “Salomón” no tiene trucos, es drama. A medida que fui avanzando con los cuentos, con la escritura, me di cuenta de que ocurren accidentes del lenguaje y pienso cómo el lenguaje te expande una parte emotiva que no está presente en el personaje ni en lo que dice sino en cómo está dicho.

“La literatura no tiene por qué tener la dinámica de las redes sociales”

P- ¿Cómo fue el proceso de edición y publicación?

R- La propuesta de publicarlo fue en octubre de 2016 y la publicación en septiembre de 2017. Creo que hay mucha ansiedad por publicar y hay que tener cierta paciencia para hacerlo. Cada uno tiene sus tiempos y su búsqueda estética y personal. Algunos intentamos que sea algo más carnal, más artesanal, más elaborado. La literatura no tiene por qué tener la misma dinámica de Facebook, Twitter o Instragram. No es “tengo un libro publicado, entonces soy escritor”. Es un laburo, un compromiso.

P- En los agradecimientos del libro aparecen muchos escritores con los que contás que hiciste taller: Liliana Heker, Guillermo Saccomanno, Juan Forn.

R- Sí, soy un bicho de taller, que es lo mismo que hacer análisis, exigen el mismo tipo de compromiso y de constancia porque en los dos casos necesitás esa escucha entre pasiva y activa de uno mismo.

P- El título es una frase del primer cuento en el que se juega la lucha de una persona con su propia adicción, y el desdoblamiento de ese personaje en su lucha por ver qué hacer.

R- Es algo que trabajé mucho porque tengo cierta tendencia al monólogo. Cierto abuso de la primera persona me parece un rasgo que llamaría “literatura selfie”, que supone una intención de que la gente te diga “esto te pasó a vos, ¿no?”. En este caso intenté trabajar otra cosa, ya que el protagonista tiene este encontronazo consigo mismo y necesita un copiloto que lo ayude y le diga por dónde ir. El copiloto sería esa voz que le dice “venite, vamos para la ciudad donde está lo que nos mata pero nos gusta”. Tiene que ver con que uno no puede huir de sí mismo y a este personaje le pasa algo así, ya que medita, come verdura, se va para estar lejos de todo donde no haya nada, pero es muy fácil cuando no hay nada contra qué chocar.

P- En “Profeta” aparece el tema de la paternidad como deseo impuesto, como mandato, un tema no demasiado abordado en la literatura.

R- Ese cuento tenía que ver con una inquietud de otra etapa de mi vida. Me pone muy contento haber podido hacer algo con mi estado de ese momento, el de querer o no ser padre, qué me gustaría y qué no. También está su monólogo, en el que no se salva nadie.

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P- Hay algo que comparten varios de los cuentos y es la mirada de los niños.

R- Como “Osobuco y yo”, donde está Manocaca (porque estropea todo lo que toca), que surgió por un trabajo de perspectiva en el taller. Ese nene se llamaba Manocruel y me dijeron que había algo que no terminaba de cerrar en ese sobrenombre, que piense otro nombre y pensé que puede sonar cómico pero es muy sórdido porque es una madre que se lo dice a su hijo. Es una perspectiva robada a Abelardo Castillo por “Conejo”, que es un cuento al que vuelvo una y otra vez. Cuando alguien me dice que quiere escribir con la perspectiva de un nene, le digo que lea ese cuento.

P- El desarrollo de un oficio también pareciera ser el eje de varios cuentos. ¿Qué te interesa especialmente de esa perspectiva?

R- El trabajo diseña tu perspectiva, ese punto de vista puede ser tan variado como la cantidad de profesiones. Me ayuda mucho saber qué hace cada personaje para vivir. Pienso que hay algo que nos va diagramando cierto punto de vista, para ver de qué vive uno, cuál es su rol dentro de este sistema. Yo por ejemplo ahora trabajo en publicidad, pero durante muchos años trabajé en un supermercado y me iba pagando la facultad de publicidad.

P- ¿Qué te aportó el trabajo en publicidad a la hora de escribir ficción?

R- No tenerle miedo a la página en blanco. En un primer momento me decían que en mis relatos eran de mecha corta. Me gustó esa metáfora y la asocié con la idea de que mis cuentos tuvieran siempre el sonido de la mecha de fondo.

“Soy un bicho de taller, que es lo mismo que hacer análisis. Exigen el mismo tipo de compromiso porque en los dos casos necesitás esa escucha entre pasiva y activa de uno mismo”.
“Cierto abuso de la primera persona me parece un rasgo que llamaría ‘literatura selfie’, que supone una intención de que la gente te diga ‘esto te pasó a vos, ¿no?’”.
Jorge Abel Muñoz, acerca de su literatura.
Buenos Aires

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