Premio de Nación para una maestra solidaria de Viedma

El proyecto vinculó a chicos marginales para concretar el objetivo de construir una panificadora comunitaria en una escuela del barrio Zatti. La docente recibirá la distinción de manos de Menem.



VIEDMA .- El gobierno nacional otorgó una mención especial a la docente viedmense Ethel Di Leo, en el concurso Paulo Freire “El maestro del año”.

El proyecto denominado “Del fracaso al éxito”, que posibilitó montar una panificadora comunitaria en la escuela primaria Nº 200 del barrio Artémides Zatti fue el que cosechó los elogios de Nación. El objetivo es fabricar pan para la comunidad educativa y los barrios carenciados de la zona.

Pero la iniciativa tuvo otro origen. Di Leo, actual vicedirectora del secundario Nº 8 de Viedma, explicó que la propuesta tuvo la intención de solucionar la situación de violencia, indisciplina, falta de interés y la repitencia de un grupo de 16 alumnos.

Cuando comenzó la experiencia, lo único que tenían en común era que provenían de sectores marginales y habían repetido una, dos y hasta tres veces un curso.

El concurso premia ideas y proyectos innovadores que impliquen logros pedagógicos y de educación no formal.

La docente viajará en los próximos días a Buenos Aires a recibir de manos del presidente Menem la distinción que le fuera otorgada.

La idea de la panificadora solidaria nació hace dos años. Hoy sus iniciadores se desprendieron del proyecto que se desarrolla actualmente en el taller de cocina de la escuela 200.

La iniciativa se concretó a través del Programa de Fortalecimiento del Desarrollo Juvenil de la secretaría de Desarrollo Social de la Nación que otorga hasta 5.000 pesos para proyectos de estas características.

La docente recordó que cuando se hizo cargo del curso -eran sus alumnos de historia de primer año- “los chicos no tenían proyecto de vida ni buena estima, tenían hambre y concurrían a la escuela porque los padres percibían el salario familiar y la ayuda escolar”.

Sin embargo, destacó que “tenían como valor una gran actitud solidaria frente a las penurias de sus pares”. Precisamente ésta cualidad fue la que la sirvió para elaborar un proyecto que les sirviera para pensar en un futuro y elevar su autoestima.

Las tareas que desarrollaron los jóvenes implicó la búsqueda e identificación de los problemas sociales en distintos sectores de la ciudad.

Luego, la atención se centró en ubicar posibles soluciones para alguna de las problemáticas surgidas.

Finalmente se decidieron por la panificadora en el IPPV en virtud de la situación de hambre y desnutrición que encontraron en esa barriada. Además algunos de los chicos eran ex-alumnos de la escuela 200. Esa institución ya contaba con taller de cocina, lo que reforzó la idea de persistencia en el tiempo.

Para concretar la iniciativa -convertida en prioridad para todos ellos- debieron superar distintas barreras: intolerancia entre ellos, desconfianza en las autoridades, problemas de aprendizaje y hasta de redacción.

Una vez aprobado el proyecto, llegaron los fondos necesarios para equipar la escuela con la amasadora, fermentadora y el horno. El costo total fue de 4.800 pesos.

La capacitación inicial corrió por cuenta del maestro panadero de la cárcel de Viedma. Luego los alumnos de primer año capacitaron a los de primaria en la elaboración de pan y otras confituras. Hoy 15 niñas de entre 8 y 12 años participan del taller y elaboran la panificación que venden a precios muy bajos y permiten autoabastecerse y proveer a los hogares carenciados del barrio.

Además llevan el pan a casa.

Contención y oportunidades para los chicos

La escuela 200 del barrio IPPV además del proyecto de la panificadora comunitaria ofrece otros talleres de iniciación laboral. A ellos concurren semanalmente 130 chicos de ese y otros centros educativos.

La directora del establecimiento, Ramona Acuña y la vice, Mónica Entraigas, explicaron que el espíritu de los cursos “es sacar a los chicos del barrio y de la calle, y que tengan la oportunidad de estar ocupados en algo productivo”.

Acuña agregó que “hay que brindarles otros espacios de contención porque la realidad del barrio es dura. Hay muchas necesidades insatisfechas, desempleo y violencia familiar y los cursos son una buena alternativa para los chicos y los padres que ahora los mandan sin problema”.

Todo comenzó hace casi 20 años como un proyecto que se trabajó desde la escuela hacia la comunidad barrial. A través del tiempo y de distintas evaluaciones siguió progresando.

El proyecto se financia con los propios recursos de los profesores. En cocina se les compra pan y tortas y con esos ingresos se adquieren materiales. En el caso del taller de tapicería se arreglaron sillas y como pago por ese trabajo se les compró telas y materiales, lo que les permite seguir trabajando.

Sin embargo, la única ayuda que reciben de empresas es de los aserraderos que les dan maderas. No sucede lo mismo con el Consejo Provincial de Educación ni con ninguna empresa, a pesar de los pedidos desde la dirección.

Sobran ejemplos de chicos que hicieron los talleres y ya están trabajando en carpinterías o en zapaterías. “Incluso -comentaron orgullosas- hay chicos que participaron del taller de iniciación musical, se les despertó la vocación y ahora trabajan en la Banda de la Policía”. Otros formaron grupos musicales.

Las docentes explicaron que durante cuatro días se hacen los cursos y el viernes la integración pedagógica con los contenidos del aula en el taller. Si se ve matemática, por ejemplo, se aplican esos conocimientos en una receta o geometría a través de figuras en cuero u otros materiales en tapicería.


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