Prisión por insultar al rey en Marruecos



EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Mientras en Ecuador, Rafael Correa pudo haber vergonzosamente logrado que un poder judicial que le es claramente sumiso y adicto condene insólitamente a tres años de prisión a tres directivos del diario “El Universo” y a uno de sus ex columnistas, para terminar –ante la presión internacional– teniendo luego que dar “marcha atrás”, Marruecos por su parte no se queda, para nada, inmóvil en estos temas. Aunque con algunas diferencias, no demasiado sutiles. La columna de “El Universo” que desatara la ira del autoritario Rafael Correa no contuvo insultos sino, en todo caso, una crítica. Desacertada, o no. Pero crítica, lo que es bien distinto a un improperio. En Marruecos ciertamente no “se juega” con el rey. Ocurre que su figura tiene trazos religiosos y hasta se sostiene que está teóricamente vinculada –por lazos de familia– con la del propio profeta del Islam. Por ello, un tribunal local acaba de condenar a un joven estudiante por haber presuntamente violado lo que el juzgador denominó: los “valores sagrados” del reino, condenándolo a tener que pasar nada menos que tres años en prisión después de que pusiera en la “web” un video que contenía algunos duros agravios explícitos al monarca de su país. Se trata de Abdelsamad Haydour, un joven habitante de una pequeña ciudad emplazada en las montañas de Marruecos: Taza, que ha sido escenario reciente de duras protestas contra el rey, en las que se quemaron cubiertas y apedrearon inmuebles públicos acusándolo de oprimir a su pueblo y de no combatir el desempleo, fenómeno que afecta muy particularmente a los más jóvenes en todo el norte de África, sumiéndolos en una fea situación de angustia y desesperanza que ha ciertamente motorizado a la llamada primavera árabe. En el “clip” colgado por él en la “web”, que dura apenas unos tres minutos, el aludido estudiante marroquí llama desaprensivamente al rey Mohammed VI, primero “perro” y luego “dictador”. Entre ambos calificativos hay, creemos, una notoria diferencia de grado. El primero luce como un verdadero insulto, soez e innecesario además. Al rey o a cualquiera. La segunda, en cambio, parecería más bien una opinión de corte político de quien ciertamente no comulga con la monarquía, pero de insulto no tiene nada. Y disentir es claramente su derecho. Para la primera podría corresponder una pena, aunque obviamente no de la magnitud de la dispuesta. Para la segunda, en cambio, nos parece que no. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


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