Putin va a la guerra
La decisión del presidente ruso Vladimir Putin de intervenir militarmente en la guerra civil de Siria ha dejado descolocadas a todas las potencias occidentales. Aunque aviones de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido han estado bombardeando lugares ocupados por los yihadistas del Estado Islámico en un intento de frenarlos, los gobiernos responsables también dicen querer ayudar a los grupos presuntamente moderados que, desde hace cuatro años, están luchando contra la dictadura de Bashar al-Assad. En cambio, Putin apoya abiertamente al régimen alauita porque, como dijo hace poco, los esfuerzos occidentales por democratizar sociedades en el Oriente Medio y el norte de África no han llevado al “triunfo de la democracia y el progreso, sino a violencia, pobreza y desastres sociales”. Putin se ha aliado con Al-Assad, pues, porque desde el punto de vista de los estrategas de Moscú se trata de la alternativa menos mala, ya que les parece fantasiosa la planteada por los norteamericanos y europeos, según la cual la caída del régimen alauita permitiría a las distintas facciones en pugna, con la excepción de las más fanatizadas, negociar un acuerdo que serviría para restaurar la paz y por lo tanto posibilitar la construcción de una democracia genuina. Los rusos están practicando lo que se llama “realpolitik”. Creen que los dirigentes occidentales, encabezados por el presidente norteamericano Barack Obama, se han dejado seducir por ilusiones acaso bienintencionadas pero no por ello menos peligrosas. En su discurso reciente ante la Asamblea General de la ONU, Obama insistió en que “las ideologías no se derrotan con fusiles sino con ideas mejores”, razón por la que su país se concentraba en impedir la radicalización de jóvenes sunnitas o chiítas. Sin embargo, hasta ahora tales esfuerzos no han producido los resultados esperados. Por el contrario, para frustración de los convencidos de que las ideas occidentales son claramente superiores a las reivindicadas por los propagandistas del “califato” islámico, y que por lo tanto se impondrían con facilidad, muchos musulmanes no sólo en el Oriente Medio sino también en Europa y el mismísimo Estados Unidos se sienten más atraídos por la belicosa prédica yihadista. Mal que les pese a quienes quisieran creer que la violencia nunca sirve para nada, como si fuera razonable atribuir la derrota del nazismo al poder irresistible de las ideas de sus enemigos, en ocasiones no hay más opción que la militar. Además de querer aprovechar una oportunidad para adquirir más influencia en una región estratégica, Putin entiende que los islamistas plantean una amenaza muy grave a Rusia, donde terroristas tan crueles como los del Estado Islámico ya han cometido muchos atentados sanguinarios. A diferencia de los demás europeos que han procurado aislar a los violentos ofreciendo una concesión tras otra a las distintas comunidades musulmanas, los rusos han preferido señalarles la necesidad de respetar las costumbres locales o, en el caso de que nieguen hacerlo, de trasladarse a otro país. Su actitud se asemeja a la asumida por los gobiernos de Hungría, la República Checa, Eslovaquia y, con matices, Polonia frente al torrente de refugiados y migrantes económicos que ha irrumpido en la Unión Europea. Es claramente imposible prever las consecuencias de la intervención militar en Siria de Rusia, cuyo aliado, Irán, sí se ha mostrado dispuesto a enviar tropas terrestres a los campos de batalla. Rusia no podrá correr el riesgo de sufrir una debacle comparable con la que fue experimentada por la Unión Soviética en Afganistán, razón por la que no le convendría aspirar a mucho más que ocasionar estragos entre los yihadistas y defender los enclaves que siguen en poder del régimen de Al-Assad. Asimismo, aunque es de suponer que los gobiernos de Estados Unidos y los países europeos se limiten a protestar contra los ataques aéreos a blancos que a su entender están en manos de los “moderados”, no harán mucho más, pero puede que sea más combativa la reacción de los líderes de los países mayormente sunnitas, como Arabia Saudita, los emiratos del Golfo y Turquía, que se sienten más preocupados por las maniobras del Irán chiíta y de sus correligionarios en el resto del Oriente Medio que por las matanzas perpetradas por los yihadistas del Estado Islámico.
La decisión del presidente ruso Vladimir Putin de intervenir militarmente en la guerra civil de Siria ha dejado descolocadas a todas las potencias occidentales. Aunque aviones de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido han estado bombardeando lugares ocupados por los yihadistas del Estado Islámico en un intento de frenarlos, los gobiernos responsables también dicen querer ayudar a los grupos presuntamente moderados que, desde hace cuatro años, están luchando contra la dictadura de Bashar al-Assad. En cambio, Putin apoya abiertamente al régimen alauita porque, como dijo hace poco, los esfuerzos occidentales por democratizar sociedades en el Oriente Medio y el norte de África no han llevado al “triunfo de la democracia y el progreso, sino a violencia, pobreza y desastres sociales”. Putin se ha aliado con Al-Assad, pues, porque desde el punto de vista de los estrategas de Moscú se trata de la alternativa menos mala, ya que les parece fantasiosa la planteada por los norteamericanos y europeos, según la cual la caída del régimen alauita permitiría a las distintas facciones en pugna, con la excepción de las más fanatizadas, negociar un acuerdo que serviría para restaurar la paz y por lo tanto posibilitar la construcción de una democracia genuina. Los rusos están practicando lo que se llama “realpolitik”. Creen que los dirigentes occidentales, encabezados por el presidente norteamericano Barack Obama, se han dejado seducir por ilusiones acaso bienintencionadas pero no por ello menos peligrosas. En su discurso reciente ante la Asamblea General de la ONU, Obama insistió en que “las ideologías no se derrotan con fusiles sino con ideas mejores”, razón por la que su país se concentraba en impedir la radicalización de jóvenes sunnitas o chiítas. Sin embargo, hasta ahora tales esfuerzos no han producido los resultados esperados. Por el contrario, para frustración de los convencidos de que las ideas occidentales son claramente superiores a las reivindicadas por los propagandistas del “califato” islámico, y que por lo tanto se impondrían con facilidad, muchos musulmanes no sólo en el Oriente Medio sino también en Europa y el mismísimo Estados Unidos se sienten más atraídos por la belicosa prédica yihadista. Mal que les pese a quienes quisieran creer que la violencia nunca sirve para nada, como si fuera razonable atribuir la derrota del nazismo al poder irresistible de las ideas de sus enemigos, en ocasiones no hay más opción que la militar. Además de querer aprovechar una oportunidad para adquirir más influencia en una región estratégica, Putin entiende que los islamistas plantean una amenaza muy grave a Rusia, donde terroristas tan crueles como los del Estado Islámico ya han cometido muchos atentados sanguinarios. A diferencia de los demás europeos que han procurado aislar a los violentos ofreciendo una concesión tras otra a las distintas comunidades musulmanas, los rusos han preferido señalarles la necesidad de respetar las costumbres locales o, en el caso de que nieguen hacerlo, de trasladarse a otro país. Su actitud se asemeja a la asumida por los gobiernos de Hungría, la República Checa, Eslovaquia y, con matices, Polonia frente al torrente de refugiados y migrantes económicos que ha irrumpido en la Unión Europea. Es claramente imposible prever las consecuencias de la intervención militar en Siria de Rusia, cuyo aliado, Irán, sí se ha mostrado dispuesto a enviar tropas terrestres a los campos de batalla. Rusia no podrá correr el riesgo de sufrir una debacle comparable con la que fue experimentada por la Unión Soviética en Afganistán, razón por la que no le convendría aspirar a mucho más que ocasionar estragos entre los yihadistas y defender los enclaves que siguen en poder del régimen de Al-Assad. Asimismo, aunque es de suponer que los gobiernos de Estados Unidos y los países europeos se limiten a protestar contra los ataques aéreos a blancos que a su entender están en manos de los “moderados”, no harán mucho más, pero puede que sea más combativa la reacción de los líderes de los países mayormente sunnitas, como Arabia Saudita, los emiratos del Golfo y Turquía, que se sienten más preocupados por las maniobras del Irán chiíta y de sus correligionarios en el resto del Oriente Medio que por las matanzas perpetradas por los yihadistas del Estado Islámico.
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