¿Qué futuro le espera al G8?

a reunión de este año de los líderes más poderosos del mundo fue testigo de los chistes sobre el comercio de un relajado George W. Bush, los besos al personal del glamuroso hotel lanzados por un seguro Nicolas Sarkozy y los movimientos incómodos por el hall de un rígido Dmitri Medvédev.

También hubo muchas discusiones «serias» y «acaloradas», explicó el anfitrión del encuentro, el primer ministro japonés, Yasuo Fukuda.

Pero aparte de las expresiones de «profunda preocupación» por los precios crecientes y la situación en Zimbabwe, así como declaraciones hiperbólicas sobre la necesidad de combatir el cambio climático y librar a África de la miseria, la reunión del Grupo de los Ocho (G8) en Japón fue escasa en resultados. Nada nuevo.

Un veterano observador que siguió el encuentro desde su primera reunión hace 23 años aseguró que no podría recordar ni una sola decisión para un planeta agotado tomada por sus participantes.

Sería injusto esperar demasiado de lo que es esencialmente un foro informal de debate de los líderes de Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Rusia y Estados Unidos, que espera enviar señales significativas pero que no es un gobierno mundial alternativo.

Además, las cumbres de este tipo proporcionan a los líderes una oportunidad excelente para conocerse unos a otros y compartir sus puntos de vista sobre las necesidades más acuciantes del globo. Como a los diplomáticos les gusta señalar, es mucho mejor reunirse cara a cara regularmente que no hablar en absoluto. La presión aumentó exponencialmente en los últimos años para el G8, en parte por las organizaciones no gubernamentales y los grupos de presión que comenzaron a mirar su trabajo con lupa y en parte más fundamental por la globalización: en su mayoría, los problemas del mundo están interrelacionados.

La expansión del grupo, de los seis originales a los ocho actuales, lo refleja. Estos días el debate se centra en si el grupo debe seguir ampliándose, acomodando a nuevas potencias económicas como China e India.

El G8 debe su suerte al ex presidente francés, Valery Giscard d'Estaign, que durante una recesión producida por la crisis del petróleo de 1973 invitó a sus colegas de Reino Unido, Alemania, Italia, Japón y Estados Unidos a hablar sobre lo que podría hacerse al respecto. Canadá fue invitada a unirse un año más tarde, mientras la Rusia poscomunista fue formalmente integrada por el ex presidente estadounidense Bill Clinton en 1997.

A las cumbres del G8 del siglo XXI asistirán también los países en desarrollo más influyentes, de los que se habla ahora como un grupo de alcance y que celebran reuniones separadas, sólo manteniendo conversaciones directas con los más poderosos durante breves partes de la cumbre. Antes de su llegada a Toyako, el presiente francés Sarkozy dijo que llegó la hora de que el G8 se adapte al siglo XXI dando cabida a los países en desarrollo del G5: China, India, Brasil, México y Sudáfrica. Mientras, países como España, cuyo PBI per capita superó recientemente al de Italia, se quejan sobre su exclusión. Reino Unido también está a favor de un G8 ampliado, pero Estados Unidos y Japón no. Estados Unidos prefiere no tener que tratar tan regularmente con países no democráticos y los motivos de Japón son obvios: pese a ser un creciente peso económico, el país asiático está todavía infrarrepresentado diplomáticamente y el G8 le da una oportunidad única para hacer oír su voz.

El encuentro de tres días costó tanto como una producción de Hollywood. La cumbre del próximo año tendrá lugar en La Maddalena, una pequeña isla cercana a la fastuosa villa de Cerdeña del exaltado primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Para entonces se esperan más chistes y menos decisiones.

NICHOLAS RIGILLO

DPA


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