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Que no le pese la tierra




No se puede ser cubano si no se es alegre, no se puede ser cubano si no se es erótico, no se puede ser cubano si no se lleva la música en el cuerpo y las palabras, no se puede ser cubano y ser indiferente a Castro, no se puede ser cubano si no se ama a La Habana. “¿Cine o sardinas?” dijo Caronte. “Jajajaja, cine, siempre cine”, enfatizó Cabrera apoltronado junto a una mesa en el bar “Estigia”. Más que lector, más que escritor Guillermo Cabrera Infante se consideraba un espectador de cine. Desde los lejanos tiempos del semanario “Carteles” cuando tímidamente comenzaron a asomar sus críticas, pasando por la creación de la cinemateca cubana hasta “Puro Humo”, varias décadas después, la mirada, la estética cinematográfica ha sido esencial para la conformación de sus libros. Sus imágenes, muchos de sus diálogos y parte de la multiplicidad y vertiginosidad de planos es una clara herencia del cine. “Bueno eso, Caronte, has conseguido la cinta de ‘Bajo el volcán’, hace mucho que no veo esa película, adaptar la novela no fue fácil, ¿sabes? ¿Tienes ron y un buen puro?...¡claro, cubanos!”. “Cabrera escucha esto: Creo, con Casanova, que el mayor placer de fumar está, por supuesto, en el humo. Un cigarrillo es una partícula colgada de tus labios y la pipa es todo dientes apretados y ninguna furia. Pero un puro es como una pasión: primero se le prende, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida”. “Buena memoria, Caronte, es así tal cual”. Cabrera Infante ha sido un virtuoso ebanista del idioma. Su estilo tan personal, abundoso, juguetón y preciso nace de un oído finísimo para captar los menores matices de pronunciación, de modismos. Esto se reveló ya en su novela más famosa “Tres tristes tigres”, allí las distintas tonalidades del habla de La Habana nocturna son recreadas de una manera nunca vista hasta entonces. Pero el suyo no es un virtuosismo mecánico y frío. Para Cabrera Infante la literatura es un campo lúdico, es el espacio donde el juego verbal y el humor son posibles. Pertenece a esa casta de escritores “erotizados” y “heretizados” por las palabras, por sus combinatorias, sus melodías, sus múltiples sentidos, su música. “Qué bello eso, Caronte, qué bellos son los boleros. ¿Sabías?, Ravel llamó a su bolero eterno “paroxismo del ritmo”. La música cubana podría ser el ritmo de un paroxismo”. La música cubana que suena en la noche de La Habana junto a los cuerpos que siguen, ondulantes, magnetizados el ritmo. La Habana es la ciudad omnipresente, agigantada por la nostalgia y deformada por la memoria. La Habana nocturna anterior a la revolución y sus personajes han quedado eternizados en la prosa de Cabrera Infante. Su Habana es, tal vez, una ciudad que nunca existió. La Habana real es un territorio prohibido. “Se hace tarde, Cabrera, hay que cerrar”. “Bueno, ahora indícame la salida, gracias por las atenciones, Caronte”. “Un placer, Cabrera, es por aquí, ¿vamos?”. “Vamos”. Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com


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