¿QUÉ SIENTE UNA VIUDA RECIENTE?

“Hay que educar a la gente en acompañar al otro cuando sufre, cuando pierde algo o alguien, cuando llora, cuando lo acecha el vértigo, cuando le llega el momento de estar sitiado por el vacío. Eso, si mal no recuerdo, se llama solidaridad, escribe Nora Blok, desde Bariloche.



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OPINIÓN

Por Nora Blok viuda de Pecchia

blokpecchia@bariloche.com.ar

Todos los días, de cada uno, de nosotros enfrenta lo inevitable del país en que existimos y en la vida con sus ausencias y sus presencias. La gente –dice – a un escaso mes de su partida Ciro Pecchia, murió; las crónicas fúnebres de ese día además de su nombre y el de sus familiares, su edad y tal o cual institución que comunicaba el desacierto, pregonaban el dejar de ser. Y, aunque sea “lo tradicional”, uno lo agradece infinitamente.

Hoy –para las cuestiones civiles- soy la Viuda de Ciro Pecchia; y, en el diario acontecer, llevo el registro de la desdicha, de lo que acontece cuando la persona que más amé y seguiré amando ya no está. Una desdicha que contiene momentos de ahogo y de hundimiento y un invulnerable negro de noche y de hollín, en la ciudad más linda de la provincia, que ambos elegimos para vivir.

Curiosamente murió de una agónica enfermedad heredada de su padre y la misma de unos de sus autores preferido Fontanarrosa. Nunca lo supo; tal vez lo intuyó; pero nada me dijo para no darle lugar al dolor taimado.

Sé que el mundo continúa sin Ciro. No me engaño y sé que la única vez que lo traicioné fue cuando decidí y prohibí que se le dijera qué era lo que padecía porque como escribió un médico de Buenos Aires a otro médico de esta ciudad, lo viviría como una sentencia de muerte. ¡Y él quería seguir viviendo y conocer a Bianca Pecchia, su nieta, quien nació el 2 de mayo en Zurich! ¡Tenía proyectos! ¡Pasaba por su mejor momento profesional! ¡Tenía 63 años! Pero, en la vida, no se da todo junto. Eso, tampoco, lo desconozco. Pero tuve el alivio de llorar entre sus piernas y de hablar juntos de nuestra felicidad. Aunque dijera una y mil veces: ¡Estoy bien! ¡No me duele nada! Y yo callara y me quedara inmóvil y hubiera querido tener el don de la ignorancia.

¿Qué siente una viuda reciente? Como mujer y profesora en Letras me oigo recitar unos versos de Bienvenido Granada: Angustia de no tenerte aquí/ tormento de no tener tu amor/ Angustia de no besarte más/nostalgia de no escuchar tu voz.

Como yo habrá millones de mujeres. Eso no me consuela. Y, en estos momentos en que en el discurso pedagógico actual se habla de inclusión y exclusión, me viene a la memoria lo de algunas lecturas que hablan de ello. Porque la gente acompaña. Es verdad durante un tiempo: lo incluye; pero a poco de andar sus menesteres lo llevan a la cotidianeidad o a decir: Cualquier cosa que necesites, llamame. Y fue, entonces, cuando a un querido amigo de Neuquén le dije: Hay que educar a la gente en acompañar al otro cuando sufre, cuando pierde algo o alguien, cuando llora, cuando lo acecha el vértigo, cuando le llega el momento de estar sitiado por el vacío. Eso, si mal no recuerdo, se llama solidaridad: darle al otro lo que el otro necesita. No lo que a uno le sobra.

Hemos oído y leído tantas veces sobre globalización o el anteponer el estado material a cualquier otra cuestión que se nos plantee que hemos ido olvidándonos que, aunque poderoso caballero es Don Dinero, importa el otro, sus necesidades, sus verdades relativas, el trazo de itinerarios distintos; y, en ellos, el acompañamiento –sin duda- colabora con el otro u otros, aun entre el ideal y el real como parámetro, en una búsqueda que salve el quiebre entre lo que se debe y lo que se hace. Un quiebre que quizá nunca desaparezca; pero quizá –por ello mismo- provoque lo que el otro requiera en circunstancias de dolor, de ineptitud para vivir el presente, la rebeldía persistente, la pena huracanada.

Codo a codo fuimos mucho más que dos y defendimos –como pudimos- la alegría leyendo y releyendo, en los diferentes momentos a un autor que nos unía en diálogos profundos, sentados frente a la chimenea, con música exquisita, mientras afuera nevaba.

No puedo – sin embargo- dejar de incluir algo que recibí de uno de sus mejores amigos, en estas ceremonias del adiós que siguen conmoviéndome y que, por ellas mismas observo los diceres y haceres de otras gentes que debería aprender qué significa acompañar aunque la pena sea asunto de cada uno, yo esté sin él y viva, en determinados momentos, como en “El vuelo de Ícaro” de Breughel que es – en definitiva- la expresión de lo lejos que suelo estar del prójimo.


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