Qué tienen en común los criminales más temidos de la zona

A Kielmasz, Zapata, Geldres y Pino Vinet los une un patrón común: son fríos e inteligentes y delinquen sin culpa. Infiernos pasados y un futuro que genera preocupación.



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Kielmasz adora a sus hijos y desea salir para vivir cerca de ellos. Pretende hacer una vida normal, trabajar y formar una familia.

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Geldres, condenado a perpetua, acumula un violento historial delictivo que incluyó dos feroces agresiones contra los Araya.

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Zapata ya fue condenado por dos violaciones y un robo agravado, en la Ruta 151.

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Pino Vinet fue condenado, huyó y reincidió dos veces, siempre con víctimas mujeres.

POLICIALES

Cuatro de los criminales más peligrosos que pisaron la zona en los últimos años comparten características similares en la conducta delictiva y en su estructura psicológica, y algo los acerca aún más: gobierna sus mentes un trastorno que los convierte en seres fríos, sin culpa.

Claudio Kielmasz, sindicado como el autor del secuestro de las chicas en el primer Triple Crimen de Cipolletti, de la génesis de una oscura serie de lúgubres hechos no esclarecidos, conoció alguna vez a José Antonio Zapata, “El Chacal” de la ruta, el hombre criado en la marginalidad que se convirtió en el violador serial más temido por la Justicia y las autoridades. Pino Vinet supo adoptar el apodo de “El Domador” cuando saltó a las tapas de los diarios regionales como verdugo de la peor pesadilla de una niña de 14 años.

Las acciones de Ramón Geldres están condicionadas por la misma patología que la de aquellos tres: trastorno disocial de la personalidad. Los fantasmas que atraparon su psiquis lo transformaron en un ser frío, que no siente empatía por los demás, no sufre remordimientos y las normas son sólo palabras y texto escrito a su manera de entender. Lo dicen taxativamente los últimos análisis psicológicos que les hicieron a los cuatro, lo reafirman los profesionales que los han entrevistado.

Inteligente y manipulador

Kielmasz espera estar pronto en las calles. Cumple su condena en un penal de Río Gallegos y de seguir sólo las matemáticas, debería recuperar la libertad en estos meses. Se lo condenó a cadena perpetua por secuestro agravado y reagravado (por tratarse de tres casos) seguido de muerte, con dolo eventual, ya cumplió con las dos terceras partes de la pena y podría recibir alguno de los beneficios (libertad condicional o tutelada, salidas laborales o transitorias). Eso en la teoría. El sistema penal dispone que los convictos deben cumplir con varios ítems (llamémosle así) para recuperar la libertad. Para el caso, terminar la primaria y la secundaria recorta el tiempo de condena, trabajar y hacer cursos también.

Es un disocial como los demás, pero la conducta de Kielmasz difiere de los criminales comunes y silvestres. “Es inteligente y manipulador, siempre va a hacer y decir lo que los demás esperan. Actúa para encontrar un fin atrás. No siente remordimientos. Es el jefe atrás de los hechos. No se perturba, no se le mueve un pelo, es frío y calculador”, explicó uno de los cinco psicólogos forenses que lo entrevistaron en agosto de 2010, cuando pidió (y le fueron negados) sus primeros beneficios. Según los profesionales, Kielmasz dice y esconde. Lo que piensa y lo que siente.

Nació en una casa que se incendió, fue un chico conflictuado (ver recuadro) con seis hermanos, padres que se llevaban muchos años de edad y tenían hijos de vidas anteriores, que se separaron, se llevaron mal y bien. La madre dejó el lecho y eso nunca se lo perdonó. Lo perturbó por siempre. Portó un arma a temprana edad y disparó contra el papá de un compañerito de escuela a los 11.

Probó las drogas en la esquina del barrio, fue acusado de violación durante su juventud, cuando ya estaba con la madre de sus tres hijos, y quedó implicado en el Triple Crimen básicamente porque así lo quiso. Fue él quien se presentó ante la familia de María Emilia y Paula González como un testigo que tenía certezas sobre un caso que conmocionaba al país. Nunca se comprobó si buscaba la recompensa o algo más. Tensó tanto la cuerda que quedó atrapado en su propio laberinto. Desde ahí, todos los crímenes impunes tenían algo de Kielmasz. Al menos para los investigadores. “Presté declaración en siete casos, nunca me pudieron probar nada”, dijo en su última entrevista con los psicólogos. Enumeró la desaparición de Natalia Ciccioli en San Martín y las muertes de Daniela Calfupán y Yanet Opazo, todas mujeres.

Hay muchos indicios que llevaron a pensar que Kielmasz había matado a Yanet Opazo, un crimen que ocurrió el 26 de junio de 1993 en el barrio Labraña. El arma que aportó después del Triple Crimen fue examinada también en la causa Opazo y como las pericias fueron tan contradictorias Kielmasz terminó sobreseído, aunque tiempo después un último dictamen confirmó que se trataba de la misma pistola.

La irrupción de “El Chacal”

En la justicia sobran los agujeros negros. Kielmasz y Zapata tuvieron cierto parentesco y llegaron a relacionarse (según los investigadores). Fueron concuñados cuando Kielmasz frecuentaba el paraje El Treinta (ahí vive actualmente parte de su familia materna).

El Chacal transitó una infancia diferente, sujeta a casos de abusos y relaciones incestuosas. Se lo acusa nada menos que de seis violaciones y una muerte, la del odontólogo Héctor Parlanti. Estará gran parte de su vida preso en alguna cárcel de Río Negro, destruyó familias y los profesionales aseguran que es irrecuperable. “Zapata es el peor de los cuatro, su perversidad no tiene límites. De los disociales, apenas el 5 por ciento logra recuperarse. Estamos convencidos que si salen, van a volver a delinquir”, señaló otro de los psicólogos que estudió los casos.

Su raid delictivo genera escozor. Violó, mató y en su casa (un rancho de ruta 151) encontraron todo tipo de souvenir de sus víctimas, desde perfumes hasta bombachas, pasando por cositas de bebés. Se estima que elegía sus presas al azar, pero los métodos de ejecución denotan una buena capacidad cognitiva. Instruyó a su sobrino en el acto de lo perverso, el mismo muchacho que está internado en un instituto de menores y que encontró, en 2007, el cuerpo de Otoño Uriarte, 6 meses después de su desaparición en una usina del paraje El Treinta, un sector que frecuentaba Zapata (hasta se lo investigó por la muerte de la jovencita).

Los fiscales están convencidos de que a El Chacal no le llegaron a probar ni siquiera la mitad de las violaciones que habría cometido. Es más, en algún momento se pensó en armar un perfil de “autores desconocidos” para ver si había concordancia de autor. Es un trabajo realizado por los forenses que consiste en estudiar las causas con autores ignorados y determinar si existe una misma firma o un mismo modus operandis. Zapata terminó de cumplir su primera condena por robo y violación en 2009, aunque en diciembre de 2005 comenzó a gozar de salidas transitorias. Había asaltado a una pareja en la zona de bardas conocida como Cerro Azul, en Fernández Oro y, en el mismo hecho, abusó de la muchacha mientras mantenía inmovilizado al novio. Compartió encierro durante seis años con su padre Manuel Zapata, condenado a 20 años por la violación de su hija discapacitada.

El Chacal escapó dos veces, la primera de la Comisaría Séptima de Cinco Saltos y después se fugó del Penal 2 de Roca. En aquella oportunidad huyó junto a Alex Chucky Velázquez Barrientos, el autor del sangriento crimen de Agostina Mazzina, la jovencita de 17 años asesinada a puñaladas en su casa de Fernández Oro.

“Habría que investigar ese vínculo, porque al Chucky sólo se le conoce el crimen de Agostina, y actuó con muchísima planificación para ser su primer homicidio. Lo descubrieron porque dejó una huella, pero entró a violar y como no pudo la mató a puñaladas”, reveló una de las fuentes con acceso directo al expediente del caso.

Libertad e infierno

Geldres y Mario Luis Pino Vinet no se conocieron pero cometieron el mismo “pecado”: delinquieron en sus salidas transitorias, ambos gobernados por los demonios internos. El primero mató a Claudio Araya cuando debía estar trabajando durante una salida transitoria; El Domador, también en una salida, obligó a su novia a viajar hasta Plottier y allí la golpeó. Cumple una condena unificada de 21 años de prisión por hechos extremadamente violentos. Su nombre saltó a los medios de prensa en octubre de 1995. Fue tras descubrirse a una joven que permanecía encerrada con candado en una pequeña y humilde casa de madera de Río Colorado.

La chica no sólo tenía las marcas que quedaron como huellas de brutales palizas en distintas partes del cuerpo, sino que su boca había sido cocida con alambre “para que no hablara con nadie”.

Mariana Kasakevicus era novia de Mario Pino. En ese momento El Domador emprendió una cinematográfica fuga a campo traviesa. Fue detenido y condenado pero escapó de una cárcel de Roca cuando le faltaban sólo dos meses para cumplir la sentencia de 10 años. El 4 de marzo de 2004 volvió a sonar su nombre, esta vez en una chacra de Contralmirante Cordero. Se había puesto de novio con una adolescente de 14 años y repitió la historia. La chica fue rescatada después de estar un mes a su merced.

La mente de la muchacha debió aguantar todo tipo de humillaciones. Su cuerpo, violaciones, golpes, latigazos y azotes. Lo hizo sin culpa, igual que Geldres le arrebató la vida a Araya.

Llamativamente, en 1990, Geldres entró a robar a la casa del pastor Ernesto Araya, el padre de Claudio y Natanael, y le asestó siete puñaladas. En esa época, la familia Araya y Geldres eran vecinos y por eso Ernesto lo reconoció cuando ingresó a robar. De todas maneras, el pastor lo perdonó y dos décadas después Geldres asesinó a su hijo Claudio e hirió gravemente a Natanael.

“Geldres y Pino Vinet son manipuladores desde la agresividad, y Kielmasz desde la inteligencia”, explica uno de los profesionales que, además, recuerda que la ciencia aún no consiguió desentrañar si el trastorno disocial viene en la cadena genética o se forma desde la primera infancia.

“El trastorno disocial de la personalidad por sí solo no sólo lleva a la delincuencia. Típicos disociales son los políticos, que dicen y piensan una cosa, y actúan de forma diferente. Lógicamente, los grados son diferentes”, aseguró un forense.

Los psicólogos del Poder Judicial le hicieron saber a la Justicia de Ejecución que Geldres era un peligro en la calle. “Un breve resumen de este historial carcelario se puede sintetizar de la siguiente manera: mientras cumplía condena en el año 2001, gozando de salidas transitorias, no retornó a la cárcel y estuvo prófugo durante un tiempo prolongado. Posteriormente, cumpliendo condena y gozando del beneficio de libertad asistida cometió un violento asalto con armas, en el año 2008. Fue herido en el penal en medio de una pelea que mantuvo con otros presos y perdió un globo ocular y, cuando era asistido en el hospital de Roca, se fugó en mayo 2009. Le unificaron todas sus condenas en 17 años de prisión y se encontraba cumpliendo la misma cuando le otorgaron el beneficio laboral”. Fue ahí cuando asesinó a Araya. Según los profesionales, de haberse confeccionado el lógico informe criminológico se hubiese llegado a la conclusión de que Geldres reincidiría.

El lazo que los une

Son cuatro de los criminales más peligrosos que pisaron la zona. Con infancias tormentosas, miedos internos, infiernos que después descargaron sobre sus víctimas. Viven tras las rejas, en ambientes que todo lo empeoran. Son parte del gran interrogante del sistema penitenciario. Los profesionales insisten, lapidarios: “si salen, volverán a delinquir porque no sienten culpa y desdeñan las normas”.

A Kielmasz se lo escucha decir en la entrevista psicológica de 2010 (que está grabada) que es el “carnicero del penal” (el que faena), y la frase paraliza. También que adora a sus hijos, que desea salir para vivir cerca de ellos, que tiene algunos negocios iniciados. Jura que no mató a las chicas y que tampoco sabe quién lo hizo. “Pretendo hacer vida normal, trabajar, criar a mis hijos, formar una familia. Tener una segunda oportunidad”. Según fuentes judiciales, continuará tras las rejas. Para él es una injusticia. Para otros, una tranquilidad.

Agencia Cipolletti con colaboración de Archivo Río Negro


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