Rebelión de agricultores conmueve al paraíso de la soja

Daniel Merolla ofrece una mirada general a la situación del campo argentino que se complica día a día. Crece el riesgo de desabastecimiento de productos tan fundamentales para las familias argentinas como la leche y la carne.




La mesa de los argentinos está a punto de quedarse sin la apreciada carne bovina y sin la leche a causa de la rebelión de agricultores, enfurecidos por el alza de impuestos en el paraíso de la soja. Millares de productores de la pampa húmeda, la zona agrícola más próspera del país sudamericano, están embarcados hace una semana en una huelga tan masiva que desbordó la capacidad de los dirigentes de encauzarla.

"¡Si quieren guerra, van a tener guerra!", bramó esta semana Ricardo Osella, uno de los líderes de la revuelta de productores rurales, mientras centenares de sus compañeros prendían fuego a neumáticos en una ruta de Córdoba (centro). Otras columnas de humo brotaban de las llamas que devoraban a un viejo tractor incendiado por los huelguistas en la ruta Rosario-Buenos Aires, la más transitada, donde otro jefe, Fernando Gioino, gritó que el gobierno peronista socialdemócrata de la presidenta Cristina Kirchner "hizo enojar a un manso".

Decenas de piquetes y bloqueos en las principales carreteras están impidiendo el abastecimiento hacia las góndolas de almacenes y supermercados, mientras los ganaderos dejan vacíos los mercados de hacienda y los tamberos amenazan con regalar la leche o derramarla. El conflicto de un gobierno con el campo es el mayor que se recuerde desde el llamado 'Grito de Alcorta', un alzamiento campesino en 1912, cuando Argentina todavía era considerada 'El granero del mundo' y venía de ocupar el séptimo lugar entre las naciones por producto interno bruto.

Casi un siglo después, sumida en la pobreza, la nación austral emerge de una brutal crisis económica, pero encontró en la soja una fenomenal fuente de ingresos, lo que desató una lucha por definir quién se queda con esa renta. La siembra del grano oleaginoso casi se triplicó y representa el 54,7% de la superficie total cultivada, con 16 millones de hectáreas, por ser vista en estas tierras como el 'oro verde' del siglo XXI. La cosecha global de este año está cotizada en unos 24.000 millones de dólares y el gobierno quiere aumentar su tajada fiscal de 9.000 a 11.000 millones de dólares, con un programa de impuestos móviles a las exportaciones. "Son avaros y extorsionadores. Están ganando más plata que nunca", disparó el gobierno contra los huelguistas.

En reacción, la Federación Agraria, que nuclea a unos 100.000 pequeños productores, dijo que un 70% de los campos de soja son alquilados, a precios cada día más caros, con un alto costo de agroquímicos y fertilizantes. "Esto es un abuso. Deducidos los costos, es muy poco lo que le queda al pequeño agricultor", se quejó la Federación, cuyos activistas lejos están de aquel antiguo gaucho, figura de museo para el folklore turístico.

Los sojeros más ricos usan asombrosas cosechadoras de última generación, con un método de siembra directa que evita arar la tierra. Pero al elevar a 44% el impuesto sobre la soja, el gobierno se quedará con poco más de cuatro de cada diez camiones que salen de los campos cargados del grano. Para colmo, el fisco se quedará con la parte del león de futuros aumentos en el precio internacional de la soja, que creció 70% en un año, y así la ira recorre la rica región como un reguero de pólvora.

De su lado, los ganaderos se conformaban con liquidar animales y plantar soja, pero se montaron sobre la huelga, con un stock nacional de 47 millones de cabezas para alimentar sólo al mercado interno. Tras la crisis, los argentinos han aumentado el consumo anual de carne bovina de 62 a 74 kilogramos por persona, con exportaciones mínimas o marginales. El trigo y el maíz, los otros cultivos tradicionales, están en retirada y el gobierno no sabe cómo hacer para que los agricultores los mantengan sin perder la abundancia del 'oro verde'. El primero en la fila es el gobierno, que quiere formar un 'colchón' fiscal por si llegan los fríos de una recesión mundial.

 

Por Daniel Merolla


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