Reflexiones acerca de la regionalización

Por Osvaldo Pellín



Es habitual que en política se mantenga en la cúspide aquel que maneja la agenda de temas que la opinión pública empieza a adoptar como propios. Algo de esto está pasando con el tema de la regionalización que el gobierno del Neuquén ha lanzado a la palestra para sorpresa de aquellos obsesionados por las urgencias.

Juegan a favor del acierto que esto representa, la obstinación por la decadencia que vivimos, porque nos saca válidamente de ese morbo, y la virtual licuación de la oposición política en la provincia, que podría retomar su rol activo.

Aunque no puede negarse que existen riesgos en esto de introducir un tema alejado del debate cotidiano que le interesa a la sociedad. Y ese riesgo es el de banalizar una excelente idea.

Regionalizar no quiere decir que se suman jurisdicciones con la finalidad de encontrar un atajo para un ajuste, llamémosle, natural.

Regionalizar es antes que nada la optimización de intereses públicos y privados que funcionan en paralelo cuando el interés general se beneficiaría con su integración.

Regionalizar no es, en suma, integrar formalmente , como mandaría un decreto y aun una ley. Tampoco se regionaliza para fragmentar al todo, que es la Nación, en un afán desconsiderado por defender la parte (las provincias), porque resulta obvio que esa medida no sólo terminaría desnaturalizándonos como argentinos, sino que tornaría aún más vulnerable a las dos partes.

Y, finalmente, no se regionaliza si la idea no es apoyada desde abajo hacia arriba, redefiniendo las relaciones con el gobierno central y no reafirmando las asimetrías actuales en un juego de formalidades de cambio sólo aparente.

Son los franceses que, entre otros, han estudiado muy bien este problema, de alcance multisectorial. Hablan de un espacio homogéneo, donde un conjunto de características discrimina zonas semejantes de otras que no lo son. También mencionan los espacios polarizados, donde hablan de las múltiples interdependencias que operan en el espacio y finalmente de la región plan, investida de la autoridad para conducir el proceso político, una vez establecidos como factibles los procesos anteriores.

En nuestro medio ha sido el CFI el que también ha perseverado en el estudio de regiones auspiciándolo como un modelo alternativo al centralismo porteño, instando a la formación de espacios periféricos más fuertes que equilibren una Argentina macrocefálica.

El hecho de poseer la agenda de temas y disponer a la sociedad a discutir en torno de ellos entraña, asimismo, una gran responsabilidad ética. No se traen estos temas al debate para que operen como distractores del drama cotidiano, sino porque representan la mirada a largo plazo que nos permitirá ir superando en todos los planos la crisis que nos embarga.

La agenda con estos temas es, desde ese punto de vista, un arma de varios filos. Al lado de una especulación que los esteriliza está también el hecho de avizorar una solución, de manera que sólo por eso es legítimo su planteamiento.

Es, además, una posibilidad de creación política, en manos de líderes que sepan conducirlas hacia su concreción. Por ello resulta fundamental aprovechar para toda la clase política esta apertura que el gobierno del Neuquén ha iniciado y aportar todo lo que se pueda en favor de la idea. Partidos políticos, universidades, ONGs y sociedad en general deben empezar a explorarla para que no naufrague, aportando cada uno lo suyo.

La invitación al debate por un tema trascendental está dada. De toda la sociedad depende que su realidad no resulte un nuevo fraude y que sus auspicios generosos se concreten.

Al respecto, y trayéndolos como aquello que no debe hacerse, evoquemos los malos recuerdos del traslado de la capital a Viedma. Fue un hecho ponderable que debe su fracaso a la contaminación de una buena idea con la consabida especulación electoral y a un juego de espurios intereses, que hoy nadie quiere recordar.

Que no nos pase lo mismo ahora. Miremos bien la realidad. Si lo hacemos, podremos observar que el Alto Valle del Río Negro y Neuquén y el Corredor de los Grandes Lagos, por sólo nombrar dos de los casos más ostensibles, son espacios homogéneos que bien podrían integrarse, teniendo en cuenta, por ejemplo, que la integración amplía las dimensiones y la diversidad de la oferta hacia los mercados de ultramar, que permite el control uniforme en la aplicación de las normas de producción y de sanidad vegetal y la visión de planes estratégicos a mediano y largo plazo. Algo parecido podría enunciarse para el turismo y la forestación, que tendría lugar en espacios conjuntos de uno o varios estados provinciales y aun internacionales.

Paul Valery, al definir el espacio económico, concluía en que no es el mismo que el del geómetra, puesto que no está definido por las mismas experiencias y operaciones. De eso se trata: definirnos por nuestra propia diversidad, en favor de los intereses comunes.


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