Relatos Salvajes

La estadística del sector energético continúa dando la espalda a la crónica oficial. Pese a la recesión, compras de gas siguen creciendo. Uno de los relatos oficiales daba cuenta de que la importación de energía se debía al fuerte incrermento que registró la economía. Estadísticas oficiales dan por tierra este argumento.



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ECONOMIA NACIONAL

Desde el descubrimiento de los yacimientos no convencionales en la provincia del Neuquén, todas las expectativas y proyecciones macroeconómicas realizadas por el gobierno daban cuenta del nuevo auge energético para la Argentina. A la expropiación de YPF, anunciada en el 2012 con el objetivo de lograr la soberanía energética y recuperar la producción nacional de hidrocarburos, le siguieron grandilocuentes relatos sobre inmediatas y millonarias inversiones para el inicio de la explotación no tradicional.

Pero al analizar los números del sector en los últimos años se observa que la estadística elaborada por la propia Secretaría de Energía de la Nación contradice, uno a uno, los anuncios construidos acerca de la explotación petrolera.

Relato I: “Autoabastecimiento”

A principios del 2011 comenzó a advertirse el crecimiento exponencial en las importaciones de energía, lo que a la larga trajo aparejada una fuerte presión sobre el saldo comercial, dato que se usó más tarde como uno de los justificativos para implementar el cepo cambiario: era necesario contar con los dólares para atender los pagos externos, entre ellos los de importación de energía.

El relato oficial explicó, una y otra vez, que el incremento en las importaciones de hidrocarburos tenía dos razones. En primer lugar, el formidable crecimiento económico experimentado por la economía argentina en el período 2003-2011, con tasas promedio del 8%, generó un cuello de botella en la producción nacional de hidrocarburos, la que no alcanzaba para abastecer la demanda de una economía en expansión. En segundo lugar, el gobierno se esforzó por demostrar que la española Repsol se había dedicado sistemáticamente a explotar los pozos de YPF, extrayendo el máximo posible de los mismos, sin ningún tipo de mantenimiento ni inversión para sostener los operativos. El eslogan oficial estipulaba que con YPF en manos estatales se incrementaría la producción hasta llegar al autoabastecimiento, evitando así importar combustibles.

Sin embargo, los datos distan –y mucho– de los anuncios oficiales. Las importaciones de gas alcanzaron en los primeros siete meses de este año los 7.882 millones de metros cúbicos. La cifra refleja un salto del 35% respecto del mismo período del 2012, con YPF ya en manos del Estado. En dólares el crecimiento observado fue del 43%.

Como si ello fuera poco, el presente año se ha caracterizado por una marcada tendencia a la desaceleración en el nivel de actividad económica. Ello da por tierra con aquello de que las importaciones de energía se relacionaban de manera directa con el crecimiento. De hecho, en lo que va del año, las compras de este insumo son 16% mayores que en el 2013, con una economía retrocediendo al 2%. Al mismo tiempo, si bien es cierto que la estatizada YPF logró incrementar la producción, el total de hidrocarburos producido en el país no ha cesado de disminuir.

La estadística oficial da cuenta de que en los primeros siete meses del 2014 la producción de gas a nivel nacional alcanzó los 24.018 millones de metros cúbicos, volumen que refleja una caída del 7% respecto del mismo período del 2012. La producción de crudo sufrió una merma del 4% en el lapso bajo análisis.

Lejos de autoabastecimiento, lo que se registra es un incremento en la participación relativa de la petrolera argentina en la producción total (ver infograma adjunto). En petróleo, la proporción de YPF pasó del 32% en el 2011, previo a la expropiación, al 40% en el 2014. En gas, esta relación pasó del 23% al 27%. La estadística revela a la vez que el resto de las empresas del sector, las cuales son en su mayoría de bandera extranjera, ha visto reducida su participación relativa y cada vez producen menos.

Los dichos de esta semana del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, exigiendo a las provincias que aumenten la producción energética, es un absurdo más que busca trasladar responsabilidades a terceros sobre la negativa política que viene aplicando la administración Kirchner desde que asumieron el poder. Sólo un dato más para entender el daño que provocó la década ganada en la actividad y, por qué no decirlo, en el país en su conjunto: en los últimos cinco años las importaciones energéticas se llevaron algo más de 45.000 millones de dólares, consecuencia de la mala praxis aplicada sobre la política del sector. Esta cifra equivale a casi dos veces las reservas que hoy tiene el Banco Central bajo su custodia o el valor del 100% de las acciones de cuatro empresas de un nivel similar a YPF, recordando que se pagó por el 51% de la estatizada algo más de 5.000 millones de dólares hace tan sólo unos meses.

Relato II: “MegaInversiones”

La formación Vaca Muerta es, según los especialistas, la segunda mayor reserva de gas no convencional a nivel global y la cuarta en petróleo. Semejante descubrimiento no hizo más que fortalecer la intención del gobierno de contar con una operadora estatal para la explotación del tesoro escondido en las rocas neuquinas y fue otra de las razones por las cuales se dio curso a la expropiación de YPF. Distintas estimaciones indicaban que para poner el yacimiento a producir, de acuerdo con su potencial, la inversión mínima era de 30.000 millones de dólares durante el primer año. A sabiendas de la imposibilidad de contar con recursos propios para que YPF iniciara la explotación, el gobierno salió a la búsqueda de socios en el exterior dispuestos a invertir en conjunto con la petrolera estatal. Fue en ese contexto que llegaron los anuncios de megainversiones. Entre los distintas empresas potenciales se mencionó a la estadounidense Exxon, la china Sinopec y la rusa Gazprom. “Van a hacer cola para venir a invertir en Vaca Muerta”, se jactaba a mediados del 2012 el ministro de Planificación Federal, Julio de Vido, frente a las críticas de la oposición.

Finalmente, la única empresa que concretó su interés y se asoció a YPF fue Chevron, sin hacer públicos los términos a los que arribaron ambas empresas. Un penoso acuerdo refrendado por el gobierno nacional y la Legislatura del Neuquén. Lo concreto es que el primer tramo del contrato, rubricado en agosto del 2013, preveía una inversión de sólo 1.200 millones de dólares que sirvió al menos para iniciar la explotación.

El dato más llamativo surge al analizar los niveles de producción de Chevron en los últimos cinco años. Siendo la principal socia de YPF en la aventura de los no convencionales, debiera esperarse que incremente las cantidades extraídas o, al menos, sostener sus niveles históricos. Ni una cosa ni la otra. La producción de crudo de Chevron en los primeros siete meses del 2014 fue un 51% menor a la registrada en igual período del 2010.

La existencia de la riqueza escondida en Loma Campana es difícil de negar. Pero el conflicto abierto con los fondos buitre, el default selectivo, las dificultades cambiarias y las restricciones a la entrada de importaciones configuran un escenario hostil para posibles inversiones extranjeras. En este contexto cuesta creer que los capitales decidan hacer pie en la Argentina; al menos hasta el 2016, cuando un nuevo gobierno decida hipotéticamente otorgar garantías para las anunciadas y aún no concretadas megainversiones.

Relato III: “Somos Arabia Saudita”

La última semana, durante su gira por Estados Unidos y frente a los representantes de las centrales sindicales internacionales, la presidenta lanzó una frase que no tardó en ocupar todos los titulares: “Ya se habla de la Argentina como la nueva Arabia Saudita”. Lo dijo mientras hacía un alegato a favor de una normativa que regule las reestructuraciones de deuda soberana, y en clara referencia a un supuesto interés de los fondos buitre por acaparar la rentabilidad petrolera futura de nuestro país.

Está claro que la afirmación se enmarca en la estrategia oficial de llevar la puja con los fondos de inversión al terreno de una épica “cruzada nacional” en defensa de los intereses del país. El Jefe de Gabinete reforzó la idea de la mandataria, y afirmó: “Vienen por el agua, por Vaca Muerta, por los alimentos, por los recursos estratégicos del país”.

Se puede intuir que las declaraciones tienen la clara intención de marcar la agenda política, cosa que efectivamente logran, evitando así que el foco recaiga sobre temas bastante más sensibles para la economía, como la aceleración del tipo de cambio.

Pese a ello, las afirmaciones no tienen sustento, en tanto si se ahonda en las características de la producción saudita y se las compara con la realidad del sector en nuestro país, se advierte que las diferencias son abismales.

“En Vaca Muerta hay recursos y no reservas probadas. Como recursos no convencionales, la potencialidad es de 170.000 millones de barriles de petróleo equivalente. Mientras que Arabia Saudita tiene reservas probadas sólo de petróleo por más de 265.000 millones de barriles”, confiesa Daniel Montamat especialista en temas energéticos.

Otro dato comparativo es el costo de extracción. En la península arábiga alcanza los 3 dólares por barril mientras que en Loma Campana se ubica por encima de los 20 dólares.

En todos estos últimos años no deja de sorprender el divorcio que existe entre la realidad y el discurso. No se trata ya de la sospecha respecto a los números oficiales. Son los propios datos de las dependencias gubernamentales los que dejan al desnudo estas diferencias.

Diego Penizzotto diegopenizzotto@rionegro.com.ar Javier Lojo jlojo@rionegro.com.ar


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