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Por Héctor Mauriño



El gobernador Jorge Sobisch pronunció el martes pasado ante la Legislatura un discurso de tono electoral en el que exaltó con una buena cuota de optimismo los que considera aspectos más positivos de su gobierno, trasladó la responsabilidad de los problemas a la oposición y agitó una nueva expectativa -la de Microsoft- dirigida a conservar la iniciativa política.

Peronistas, aliancistas y el único diputado afín a la ortodoxia coincidieron, palabras más palabras menos, en que se trató de un discurso de campaña, en el que se eludió la autocrítica y se trasladaron las culpas a la oposición, al gremialismo y a la prensa independiente.

No es la primera vez que un gobernador se presenta ante la Cámara para amonestar en tono más o menos discreto a sus integrantes. Mucha gente confundida -cada vez hay más en el país- debe pensar que todos los primeros de mayo el gobernador, en lugar de comerse un asado en su casa, se da una vuelta por la Legislatura y aprovecha para apretarles los torniquetes a los diputados, esos haraganes que no hacen nada en todo el año pero, al menos en esa oportunidad, dejan por un rato la chacota y se sientan a escuchar la reprimenda.

En realidad, según el artículo 78 de la Constitución, el gobernador va a la Cámara invitado “a dar cuenta de su administración”. Es decir, a algo más parecido a dar explicaciones que a cantarse loas a sí mismo o aleccionar a la audiencia.

No parece haber sido la voluntad de dar explicaciones la que motivó a Jorge Sobisch el martes pasado, sino más bien la de florearse ante la audiencia que lo seguía por tevé, en un año en que el MPN deberá dar una batalla electoral de cuyo resultado dependerá en buena medida el tenor de los próximos 24 meses de gobierno.

El tono admonitorio hacia los diputados de la Alianza y el PJ -que llevó implícito el reproche de que no hacen nada- responde en realidad a la relación de fuerzas adversa que el oficialismo tiene en la Cámara. Situación que ha decidido enfrentar restando presencia en las comisiones y dilatando las sesiones, justamente lo que pretende imputarles a sus adversarios.

De manera que si bien existe consenso público respecto de que los cuerpos legislativos en general no trabajan a la altura de las circunstancias, Sobisch se montó sobre el tema para golpear a la oposición, cuando la responsabilidad por la inactividad de la Cámara en lo que va del año, le corresponde en mayor medida a sus propios diputados.

Desde luego, esta actitud responde también al hecho de que al oficialismo sólo le preocupan las instancias legislativas de las que puede sacar provecho y no aquellas que precisamente por no llevar agua para su molino podrían introducir ruido en la línea.

Esto se vio en la sesión del miércoles, cuando surgió la posibilidad de enmendar la Constitución para extender el período ordinario de sesiones, algo sobre lo que existe sobrado consenso en la sociedad, ya que la de Neuquén es una de las pocas Legislaturas que conservan un período de sólo 6 meses. Todos los bloques estaban de acuerdo pero el oficialismo, en lugar de privilegiar un consenso valioso, privilegió en cambio su proyecto de reforma de la Constitución, en el que se barajan aspectos de su propio interés político.

Volviendo al discurso del primero, su primer tramo estuvo enderezado a abonar la proyección nacional del pretendidamente exitoso modelo local, mediante el expediente de desacreditar sin nombrarlos a los grandes partidos nacionales. Sobisch aludió al “modelo de dependencia” y a la deuda externa, preocupaciones que no se le conocían al MPN, acostumbrado a apelar más que nada a la muletilla del “centralismo”.

Sobisch también criticó a los gremialistas al hablar del “fuego” y el “humo”, aunque reiteró que iba a seguir manteniendo una actitud pasiva ante los desmanes con el argumento de que “no vamos a entrar en el juego de la represión”. Habría que ver cuánto hay en esto de pasión y cuánto de necesidad de tener un enemigo en quien depositar todo lo malo.

Prometió que seguirá con la reforma del Estado pero no con el ajuste, del que dijo “estar de vuelta”. Algo que no se comprende, a no ser que así como se asegura que no hay viaje de vuelta de la droga, en esta provincia no haya viaje de ida al ajuste.

El oficialismo cree que le va lo suficientemente bien como para no tener que hacer cambios, pero como el autobombo se hubiera quedado rengo sin una propuesta, al final del discurso Sobisch apeló a una nueva idea-fuerza: Microsoft.

Las alusiones al respecto fueron tan triunfalistas como vagas, pero al menos habló de “la creación de un Centro de Desarrollo Tecnológico, mediante la instalación de Microsoft en Neuquén”.

Directivos de la empresa confirmaron un día después la voluntad de trabajar en la provincia, pero dijeron que “en el corto plazo no está dentro de los planes de Microsoft desembarcar en Neuquén”.

La precisión despertó la ira oficial, pero otro directivo de la firma dijo lo mismo de otra forma: “En los planes figura instalarnos, pero no en lo inmediato”. Luego se aclaró que “desembarcar” no debía entenderse como algo físico sino desde la perspectiva de la presencia de la empresa en términos de conocimiento y tecnología.

En lugar de apresurarse a golpear a la prensa, algo que ya se ha tornado un lugar común para este gobierno, los funcionarios podrían haber optado de entrada por explicar mejor los alcances del mentado acuerdo con la empresa estadounidense.

Pero hay motivos para pensar que la ambigüedad forma parte de la estrategia oficial en ciertos temas, así como el silencio informativo -por ejemplo, respecto del costo de los recitales de Di Blasio- forma parte en otros.


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