Río Negro Online / Opinión

Por Andrés Oppenheimer

Hay tres razones principales por las que la decisión irresponsable del ex presidente Carlos Menem de retirarse de la segunda vuelta electoral que debía llevarse a cabo este domingo perjudicará gravemente a la ya tan sufrida Argentina.

Primero, la renuncia de Menem dará paso a un gobierno sumamente débil, lo que menos necesita el país en momentos en que trata de salir a flote tras la suspensión de pagos de su deuda externa en el 2001, y una sucesión sin precedentes de cinco presidentes en los últimos dos años.

Según la ley argentina, la renuncia de Menem habilita automáticamente a su rival en la segunda ronda electoral, el gobernador populista Néstor Kirchner, a convertirse en el próximo presidente. Kirchner, que salió segundo en la primera ronda electoral el 27 de abril con apenas el 22% de los votos, se dispone a asumir el poder el 25 de mayo con el menor porcentaje de votación en la historia argentina.

El voto con que Kirchner llegará a la Presidencia será aún más bajo del que tuvo el ex presidente Arturo Illia, que ganó las elecciones de 1963 con un 25%. Illia, un médico de provincia con una reputación de hombre honesto, no logró controlar el país, y fue derrocado por un golpe militar en 1966.

Las encuestas señalan que, de haberse realizado las elecciones de este domingo, Kirchner hubiera logrado un impresionante 70% de los votos. No tanto por él, sino por el sentimiento anti-Menem de una gran mayoría de argentinos.

Muchos argentinos asocian al ex presidente con los escándalos de corrupción que empañaron las reformas de libre mercado de la década de 1990. Y el actual presidente Eduardo Duhalde -enemigo abierto de Menem, a pesar de que ambos militan en el mismo partido peronista- contribuyó activamente al clima antimenemista al criticar constantemente al ex presidente.

Al retirarse abruptamente de la segunda ronda electoral, Menem le ha quitado a Kirchner la posibilidad de iniciar su gobierno con un mandato de los electores. Kirchner, un gobernador poco conocido en el resto del país hasta que fue nombrado como candidato del gobierno, no tiene poder político propio a nivel nacional. Muchos de sus adversarios pondrán en duda la legitimidad de su gobierno.

Segundo, la renuncia de Menem aumentará el poder detrás de bambalinas del actual presidente Duhalde a través del sistema de clientelismo político que ha creado este último.

Tras la crisis económica sin precedentes que llevó a millones de argentinos a la pobreza el año pasado, Duhalde aumentó el número de personas que reciben subsidios del gobierno de 140.000 a tres millones, según el Centro de Estudios para la Nueva Mayoría. Estos subsidios están siendo desembolsados en gran medida por intendentes municipales controlados por Duhalde.

Al colocar este sistema clientelista a disposición del candidato gubernamental, Duhalde se aseguró una cuota de poder en el nuevo gobierno. Probablemente, Kirchner hubiera podido lograr una cierta independencia si se hubiera realizado la segunda vuelta electoral del domingo, y hubiera ganado por amplia mayoría.

Un Kirchner debilitado, en cambio, tendrá que recurrir al aparato clientelista montado por el gobierno saliente. Y eso es malo, porque aumentará el poder de los caudillos políticos locales y nacionales, y hará más difícil que Argentina sea una democracia moderna, donde todos los aspirantes tengan iguales posibilidades de acceder al poder.

Tercero, la retirada de Menem golpeará la imagen externa de la Argentina. Será más difícil proyectar la imagen de un país serio, donde los hombres se subordinan a la ley.

Diego Guelar, un ex embajador argentino en Washington que hasta el martes era uno de los más cercanos asesores de Menem, me dijo en una entrevista telefónica que la decisión de su ex jefe fue un error mayúsculo.


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