Río Negro Online / Opinión



A medida que los tanques agitan la arena en su camino a Bagdad, israelíes y palestinos escudriñan en el polvo para ver dónde se asentará luego de la guerra, y si es que caerá sobre ellos. Ambas partes están esperando, algunos con ansiedad, otros vehementemente, a ver si el conflicto israelí-palestino será el próximo objetivo de Occidente. En su esfuerzo por disipar la cólera árabe por su ataque a Irak, Estados Unidos y especialmente Gran Bretaña indican que así lo harán. Han subrayado la cuestión palestina en casi toda conferencia de prensa, antes y después del inicio de la guerra en Irak. El presidente estadounidense George W. Bush prometió luego de una cumbre de guerra de dos días con el premier británico Tony Blair en Camp David, que presentaría a las partes el borrador final de un plan de paz -conocido como el “mapa de ruta”- apenas el nuevo primer ministro palestino, Mahmud Abbas, jurara en su cargo. En un discurso a la nación al comenzar el ataque, Blair dijo que Irak no debería ser la “única preocupación” de los británicos y sus aliados, y que tanto él como Bush están comprometidos con la paz en Cercano Oriente, basada en un Estado de Israel seguro y en un Estado palestino viable. Inclusive, el ministro británico de Relaciones Exteriores, Jack Straw, admitió la semana pasada que Occidente ha sido culpable de un grado de “doble rasero” al insistir en la implementación de las resoluciones sobre Irak sin poner el mismo empeño en el cumplimiento de las que competen a Israel y a los palestinos. Durante décadas, Israel y el mundo árabe (a excepción de Egipto y Jordania) fracasaron en implementar las resoluciones clave del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas 242 y 338. Ambas exigen a Israel que se retire de los “territorios ocupados” en la guerra de 1967, a cambio del reconocimiento árabe del Estado judío y el fin de un estado de beligerancia con éste. Una resolución más reciente adoptada en marzo pasado, la 1.397, que demanda el “cese inmediato de todos los actos de violencia, incluyendo todos los actos de terror, provocación, incitación y destrucción”, también cayó en oídos sordos, pese a varios intentos de quebrar el ciclo de violencia. El “mapa de ruta”, una iniciativa del así llamado Cuarteto -compuesto por Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia-, prevé la reanudación de las conversaciones de paz palestino-israelíes y pide a ambas partes que tomen una serie de medidas que culminarían en la creación de un Estado palestino independiente. Los palestinos argumentan que ellos aceptaron sin reservas el último borrador del plan y que cumplieron con la demanda clave de realizar reformas democráticas cuando por primera vez designaron a un primer ministro. Por otra parte, se dijo que el gobierno del primer ministro israelí, Ariel Sharon, demandó decenas de cambios al plan. El ministro de Agricultura palestino, Ghassan Khatib, se mostró muy escéptico respecto de que luego de la guerra de Irak Estados Unidos vaya a ejercer una fuerte presión sobre Sharon para que acepte el mapa de ruta sin modificaciones. El profesor Manuel Hassassian, de la Universidad de Belén, dijo que “Estados Unidos ha hecho mucho daño colateral a su imagen en el mundo árabe”. “No hay manera de que el presidente se exonere a sí mismo sin hacer avanzar el mapa de ruta. Esto reducirá las críticas contra Estados Unidos y Gran Bretaña y diluirá el enojo en las calles árabes”, explicó. De no ser así, Israel y Estados Unidos quedarían aislados luego de la guerra, y aumentaría el sentimiento antiestadounidense. “¿Esto le interesa a Estados Unidos? Lo dudo”, agregó. El doctor Mark Heller, del Centro Jaffee de Estudios Estratégicos, dijo que la caída del régimen de Saddam Hussein significaría un fin de su abierto respaldo financiero a los “mártires” palestinos y, de esta manera, el fin de al menos uno de los motivos de los atacantes suicidas. “Podría ayudar que no haya nadie pagando 25.000 dólares a las familias de los atacantes suicidas. Eso podría suponer una diferencia”, señaló. Si Estados Unidos lograra instalar un gobierno más moderado en Irak, esto podría “desacreditar al radicalismo” y “socavar” a los que se oponen a todo en el resto de la región, añadió Heller, pero dijo que esto depende de un rápido fin de la guerra. Una guerra larga con muchas muertes civiles sólo incrementaría el sentimiento antiestadounidense y el radicalismo. “Ciertamente (la guerra) será un punto de inflexión. Sólo que no estoy seguro de en qué dirección cambiará”, agregó. (dpa)


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