Río Negro Online / Opinión



Qué significa ser progresista en la Argentina de hoy? Me parece que la respuesta a esta pregunta -si es que la tiene- es de una crucial importancia en este momento tan especial que vivimos. A pesar de lo difuso del término, cualquiera tiene una intuición bastante clara de lo que significa el “progresismo”. Después de todo, el lenguaje no debe ser más preciso de lo que las circunstancias exijan en cada caso, y la política no es un terreno que se caracterice por el exceso de precisión. Sin ir más lejos, los partidos mayoritarios de la Argentina son verdaderos dechados de confusión ideológica, donde coexisten desde cierta izquierda más o menos testimonial hasta la derecha más salvaje. El peronismo, sobre todo, ha sabido albergar en su generoso seno la más variopinta mezcolanza que el ingenio humano pudiera imaginar. Y sin embargo, todos creemos tener muy en claro la diferencia entre ser peronista y ser radical, comparándolo muchas veces con ser de Ríver o ser de Boca. Por supuesto, esta separación de carácter casi visceral exacerba las diferencias y oscurece las similitudes. Y si no, recordemos aquella máxima que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” o tantas frases por el estilo. Después de todo, el sentimiento de pertenencia a algo es una necesidad primaria del ser humano, aun cuando ese algo sea tan difuso e inasible como la “doctrina” peronista o radical. Ser progresista, en cambio, pareciera algo un tanto más específico. Hay muchas personas que se identifican y son identificados como “progresistas” dentro y fuera de los partidos mayoritarios, de otros partidos y entre los que se definen como independientes. Sospecho que incluso entre aquellos que en la última contienda electoral prefirieron el voto bronca o el voto Clemente hay muchos que no dudarían en suscribir las ideas de esos sectores, pero hoy no se sienten identificados con nadie y descreen de los políticos y -lo que es más grave- de la política. Esta suerte de movimiento inorgánico, de conjunto de “bienpensantes” anónimos, constituye una legión de individuos muy distintos entre sí pero capaces de reconocerse unos a otros. Sin duda muchos de ellos han ocupado y ocupan cargos de gobierno y tomaron decisiones en todos los gobiernos, incluso -me consta- en el paraíso reaccionario de los noventa. Y sin embargo, poco han -hemos- logrado en materia de imponer los cambios propugnados por sus ideas. El voto progresista puede rastrearse con bastante precisión en los últimos veinte años. Primero creyó que con la democracia bastaba para dar comida, educación, salud; tal vez se dividió en el “89, pero en el “95 volvió a juntarse contra la impúdica fiesta menemista; en el “99 cometió la a esa altura imperdonable ingenuidad de creer que los cambios podían llegar de la mano de una alianza encabezada por un político conservador en el peor sentido del término. Volviendo a la pregunta del comienzo, pareciera que la orientación de ese voto es hoy mucho menos clara. Me he considerado progresista toda mi vida y, por supuesto, incurrí en todos los errores a los que aludí. Hoy veo que mucha de las personas que me rodean y que siempre han pensado como yo, se debaten en una incertidumbre que antes no tenían. Algunos eligen el voto testimonial por la izquierda (“aunque no sirva para nada”, dicen); otros se inclinan por la difusa propuesta de “Lilita” Carrió, aduciendo su indudable honestidad y sus impecables intenciones; los hay quienes prefieren apoyar “al menos malo” de los peronistas; pocos -poquísimos- creen todavía que la opción sigue siendo el radicalismo. Son muchos, en cambio, -y entre ellos me encuentro- los que están convencidos de que ya no hay lugar para fantasías, ni para votos que salvan la conciencia ni mucho menos para mesianismos de ninguna naturaleza. Sugiero a todos los que aún no han definido su voto que intenten liberarse de prejuicios y examinen las propuestas de go-bierno de los candidatos. Podrán ver que el único con un proyecto de país real es López Murphy: el que se atreve a proponer el más urgente e impostergable de los cambios, cual es el de transformar a esta Argentina que tenemos simplemente en un país normal. De una vez por todas tomemos conciencia de que los cambios de fondo que precisamos -una distribución de la riqueza más justa, igualdad de oportunidades, acceso a la educación y a la salud para todos, erradicar el flagelo del hambre y disminuir la desocupación- sólo son posibles si al mismo tiempo construimos un país predecible, con reglas claras, que respete la ley y combata la corrupción. Un país que admita que la realidad no se cambia con mero voluntarismo, con frases altisonantes o simplemente creyendo que Dios es argentino, sino con ideas claras y el esfuerzo y el trabajo necesarios para hacerlas fructificar. No me cabe ninguna duda de que en ese país habrá una nueva opción de centro izquierda con vocación y posibilidades de poder. No necesito coincidir con todas y cada una de las propuestas de López Murphy, ni creo que todos los que votemos por él pensemos igual. Simplemente estoy convencido de que es el único candidato con perfil de estadista, el único que nos habla de un país posible. También creo que si los argentinos maduramos y elegimos presidente a López Murphy habremos sentado las bases para un cambio en un sentido auténticamente progresista, para que -por una vez- no tengamos que admitir que volvimos a equivocarnos. (*) Ex legislador de Río Negro (UCR)


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