Un triste adiós a Caminito, el popular copetín de Roca

El antiguo bar cerrará sus puertas tras 50 años de funcionamiento. “Los impuestos y la inflación nos están matando”, explicó Andrea Brancchini, la dueña. Como despedida, los fieles clientes organizaron un asado a la canasta hoy a partir de las 12:30.

27 jul 2018 - 20:11

Golpearon el ventanal y entre las cortinas asomó “El Rengo”. El bar Caminito todavía no abría, pero su primer cliente ya esperaba ansioso en la puerta. Así arrancaba uno de los últimos días del bar roquense con 50 años de historia. A raíz de la crisis económica sus dueños anunciaron que dejará de funcionar mañana.

“Andreíta, me enteré que van a cerrar y me vine a verte”, dijo “El Rengo” y saludó con un fuerte abrazo a la dueña del bar. Pidió una caña con soda y se sentó en la mesa de siempre, mientras escuchaba con atención como Andrea relataba la historia del popular copetín de Roca.

La historia

El bar Caminito se encuentra ubicado en calle 25 de Mayo al 600, pleno centro de la ciudad, al lado la sucursal de un conocido hipermercado donde antiguamente funcionó la terminal de colectivos de larga distancia y una de las paradas de taxi, a media cuadra de la comisaría Tercera. Durante su larga vida sólo tuvo cinco dueños y los últimos 25 años perteneció a don Julio Marini y doña Mabel Bruss, quienes dejaron al mando del lugar a su hija Andrea.

“La realidad económica de los últimos meses nos llevó a tomar una de las decisiones más duras para la familia, la de cerrar el bar que nos vio crecer a todos”, relató Andrea. Comenzó recordando el gran momento que vivieron en 1993 y en los años siguientes. “Empezamos ofreciendo sandwichería y el bar era un gran éxito, se llenaba de gente que trabajaba en las chacras, de norteños que venían a la cosecha y personas que estaban de paso, ya que en esos años se ubicaba el parador de una línea de colectivo”, aludió la dueña, mientras desde una de las mesas de bar se escuchó bajito “te vamos a extrañar Andreíta”.

¿La clave del éxito? “Este lugar durante 50 años se caracterizó por sus platos clásicos a precios populares. Acá la gente come y toma barato, por eso en este momento de tanta inflación ya no es rentable. Tenemos pensado abrir en el local de al lado una casa de comidas para llevar, que esperamos que funcione”.

“La situación económica del país nos afecta muchísimo, hoy estamos trabajando para vivir el día a día nada más. Los impuestos son los que nos están matando, sumado que el lugar que utilizamos es alquilado”, añadió.

Los clientes también ofrecieron ayudar para continuar. Pero no hubo caso. “Te vamos a extrañar, Andreíta”, le dicen a la dueña.

Decisión meditada

Hace más de un año que las dificultades del negocio preocuparon a la dueña y es allí donde la familia comenzó a considerar la posibilidad de un cierre. “Ya no es lo mismo, ahora la gente tiene que cuidar el mango. Antes venían familias completas y eso ahora no pasa”, rememoró.

Cuando tomaron la decisión, rápidamente corrió la noticia entre los fieles clientes y sin dudarlo muchos ofrecieron ayudarla en este momento tan complicado. “Algunos venían y me decían: ‘Te damos una mano, podemos salir de esta’. Pero la verdad es que estoy superada, no tengo más alternativa que cerrar, por más que me duela”.

Los que van a diario afirman que no es un lugar cualquiera, es el sitio donde todos se conocen. “Somos una gran familia, cuando llega alguien todos saludan, nos sabemos las vidas de todos y nos acompañamos en cada momento”, comentó ella emocionada.

Mañana será el último día de Caminito. Y sus clientes no quieren que se viva como uno más. Andrea comentó que durante los últimos días organizaron un asado a la canasta. “Es una forma linda de darle un cierre a este lugar que se convirtió en una segunda casa para todos”.

La nostalgia

Santos Morales es un jubilado de 75 que pese a los achaque de los años se toma todos los días un colectivo desde Barrio Nuevo y recorre muchas cuadras para asistir al bar y compartir largas horas junto a sus amigos. “Acá venimos a tomamos unas copas mientras charlamos y jugamos al truco”, relató Morales.

Entre lágrimas y agarrado de su bastón, contó cómo asimiló la noticia del cierra del bar. “Con Andrea tenemos una relación tan hermosa que cuando no venimos al bar ella se preocupa y nos busca para saber si estamos bien. En Roca hay muchos lugares para ir, pero un lugar donde nos atiende de esta manera no hay”.

“Para todos Caminito es una segunda casa, acá nos conocemos entre todos e incluso con la familia de Andrea. Sus hijas llegan y son saludan como a sus abuelos y eso para nosotros no tiene precio”, agregó.

“Ademas este lugar me dio la posibilidad de conocer a muchas personas, que con los años se convirtieron en grandes amigos. La gente de los pueblos cercanos viene hacer trámites y se dan una vuelta por el lugar. Hasta nos traen unos buenos asados de la Línea Sur”, agregó.

Sentado junto a Santos se encontraba compartiendo un vino tinto Elías Leiva, un fiel cliente de 57 años que llega todos los días del barrio Fiske Menuco. Mientras escuchaba el relato de su compañero asentía. “Lo especial del lugar está en el trato y en la confianza. Hay días que no tenemos la plata para pagar lo que vamos a comer o tomar y la dueña nos fía. Cuando tenemos la plata venimos y pagamos nuestra cuenta”, agrega. En una mesa cerca del mostrador se encontraba sentado Osvaldo Marín, un roquense de 73 años que vive en Villa Manzano y que también recordó su paso por Caminito.

“Están organizando un asado entre los clientes que fueron testigos de la historia de este bar. Voy a hacer todo lo posible para venir, será un cierre muy emocionante para los dueños y para todos los que compartimos tantos momento dentro de este lugar”.

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“Hay muchos lugares para ir, pero ninguno donde te traten así. Las hijas de Andrea nos saludan como a sus abuelos. Eso no tiene precio...”
Santos Morales se acerca todos los días desde Barrio Nuevo.
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“En todo este tiempo aprendí a querer este trabajo. Es una pena lo que pasa, pero siempre que se cierra una puerta, se abre otra...”
Margarita, la cocinera.

Se ha formado una pareja

“El Pichi”, conocido vendedor ambulante de la ciudad que también trabajó de mozo en el lugar, es uno de los clientes que recuerda Caminito desde el primer día. Sentado en el mostrador, mientras disfrutaba de un vinito comenzó a relatar algunas de las historias vividas.

Recordó que “hace unos meses llegaron dos clientes y nos compartieron que se habían conocido acá y que se habían casado. Así de especial es este lugar”, añadió. Contó también que “hace varios años los taxistas tenían una parada frente al bar y venían siempre a comer algo mientras esperaban, y cuando los clientes tocaban la campana, los choferes salían corriendo”.

“Cuesta aceptar que va a cerrar, nos costará mucho acostumbrarnos. Además este lugar me permitía hacer mis ventas de medias y cremas. Los clientes de Andrea fueron también mis clientes. Acá venía la gente de la Línea Sur a hacer trámites y me encargaba cosas y yo se las tenía para cuando ellos regresaban”, relató.

Los precios
$130
tallarines con albóndigas y tuco. Los ravioles con pollo cuestan $ 140.
$40
El vaso de vino. La soda va sin cargo. Una gaseosa de medio litro cuesta $ 45.
Del bar al local de comidas para llevar

Ama de casa, madre de cuatro hijos que siempre acompañó el negocio de la familia, Andrea Brancchini comentó que le tocó tomar las riendas del bar de forma repentina. Recordó que vivió un momento traumático cuando le dijeron que se tenía que hacerse cargo. “Hasta ese momento sólo manejaba la economía de mi casa y de un día para otro tuve que comenzar a administrar un bar. No sabía tratar con la gente y me daba pánico ponerme frente al mostrador”, relató.

“La Negra”, su gran compañera hace 17 años, fue un gran sostén para ella. “Ella nunca me dejó. En un momento no quería hacerme cargo de la atención de los clientes, no me salía sumar, no podía escribir los pedidos de tanto estrés que tenía y fue la Negra la que estuvo a mi lado”.

Andrea agrega que fueron los propios clientes los que la ayudaron a salir adelante. “Muchas veces se me presentaron situaciones complicadas y no sé de dónde saqué fuerza para seguir”, agregó. Triste, mencionó que el bar le demanda casi todo el día, motivo por el cual no tiene tiempo para disfrutar de su familia.

“En mi casa no estoy nunca. Mis hijos y mi marido decidieron sumarse al bar para poder pasar más tiempo juntos. Pero la verdad que lo que más me duele es no tener tiempo para disfrutar de mis dos nietos”. Andrea le dirá adiós al bar pero emprenderá un nuevo desafío. “Aprendí mucho de gastronomía, por eso tengo pensado abrir en el local de al lado una casa de comidas para llevar. Cuando se lo comenté a los clientes me dijeron ‘Andreíta ponemos unas mesitas en el fondo así pasamos a tomarnos algo’”, comentó con una sonrisa.

Roca

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