Rubén Szuchmacher en los tiempos del hacer

“Todas las cosas del mundo”, una obra atrapante que atrajo tanto a Rubén Szuchmacher que volverá a dirigir en Buenos Aires, después de seis años. “Río Negro” hablo con el actor, director y docente sobre su trabajo y sobre cómo ve al país.





Primero fue el Niño Tortuga, después la Niña Langosta. Más tarde, el Niño Gusano. O sino el Niño Toronja, otro con poca sal en la mollera, idéntico a la mascota del Mundial 82, creyó que podía escapar rodando y terminó al fondo de un acantilado en Choele Choel”, dice la Niña Foca, uno de los personajes extravagantes que saltan a escena cuatro veces por semana en el Teatro Payró para darle vida a “Todas las cosas del mundo”.

Los otros protagonistas que completan el cuadro son el dueño del circo, su mujer que había sido cantante, un cura inescrupuloso –que a cada paso cita al fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer– y un peón paraguayo que perdió a su madre. La obra, una de las más elogiadas por la crítica dentro del circuito independiente porteño, transcurre en los años noventa.

Se trata de la pieza con la que, de alguna manera, Rubén Szuchmacher volvió a dirigir en Buenos Aires tras seis años. Y lo hizo porque lo atrapó el texto de Diego Manso, que cuenta una historia que –de algún modo, en su trasfondo– probablemente uno tenga a su alrededor todos los días pero a la que tal vez no le preste tanta atención: los protagonistas hacen lo imposible por salvarse. No importa cómo ni a costa de qué. Ellos quieren pegarla de una buena vez. Esa es su mayor ilusión –es una ilusión, no un proyecto ni un sueño–, y en función de eso harán lo que sea.

Pasaron dos décadas de la época en la que está ambientada “Todas las cosas del mundo”. Sin embargo, una frase de su director sobre la actualidad calza a la perfección con la pieza. “Son tiempos de muy bajo nivel de reflexión sobre lo que se hace. Prima el hacer”, dijo en una charla con “Río Negro” Szuchmacher, uno de los más destacados teóricos del teatro argentino.

P-Entre otras particularidades, la obra dura 130 minutos. Pero el espectador casi que no se da cuenta: es como si el reloj se apagara.

R-La obra intenta romper ese hábito que se instaló el último tiempo de que los espectáculos sean cortos. Tiene una extensión muy a contrapelo de lo que se produce en el teatro independiente. Pero es cierto, hay gente que cuando sale del teatro me comenta que dura una hora y media. Hay como un salto en la percepción del tiempo. Parte del trabajo que vengo pensando tiene que ver con pensar cómo hacer desde la dirección para que el espectador no se interrumpa. Cuando el espectador mira el reloj en medio de una obra es porque algo se interrumpe.

P-¿Cómo funciona eso?

R-No puedo decir exactamente cómo es, sé que trabajé para que la atención fuera constante. La obra tiene algo extraordinario que es que siempre está pasando algo. En la dirección el trabajo fue lograr que la energía nunca baje. El escenario produce energía todo el tiempo. Es como si no le diera tregua al espectador, como si lo reclamara todo el tiempo.

El escenario nunca afloja. Entre escenas se da un respiro pero siempre está pasando algo interesante.

P-¿Este desafío es doble en la actualidad, teniendo en cuenta la tendencia a la dispersión?

R-Sí, y a mi me llama mucho la atención que en las funciones que hemos hecho hasta ahora no se ha escuchado ni un celular. Me ha pasado también con el monólogo que yo hacía, “Escandinavia”, que el año pasado lo hice en General Roca. Es como si algo pasara y el espectador se diera cuenta de que no puede joder, que no es un espectáculo para dejar el teléfono abierto.

P-La idea de pegarla y salvarse es central en la obra, ¿no?

R-Sí, y de la peor manera, ¿no? Porque ni siquiera es nada creativo lo que se proponen. En todo caso, lo que van a hacer involucra o querer matar a alguien, o querer abandonar a alguien. Siempre hay algo de lo que se va a hacer que jode a otro. El cura queriendo matar a la Niña Foca para canonizarla, haciendo creer que tiene virtudes. La Niña Foca queriendo matar a Sancho para poder escaparse de la jaula. Iberia queriendo abandonar a Sancho. En ese sentido, la obra creo que es muy rica porque tiene tres tramas que se van enlazando y confluyen en el final. Eso es raro también en una obra argentina.

P-De todos modos, es una obra muy argentina.

R-Totalmente. Cuando la leí no sé si me pareció tan argentina de arranque, quedé más sorprendido por la estructura y por el lenguaje. A medida que se fue acercando el fin de año pasado y los ensayos de este año, la obra empezó a adquirir un carácter terriblemente argentino. Ya lo era de antes pero no se lo veía tanto. Creo que el cambio de la situación política en la Argentina la colocó en otro lugar. Se ve, se reconoce más la miseria ahora en la obra. Las actitudes que tienen los personajes. En el país estamos viviendo un período de malentendidos, desde hace mucho tiempo.

P-¿Por qué?

R-Se creen cosas que no son. Unos creen una cosa, otros creen otra cosa. No importa quién crea qué. En ese sentido me coloco en un lugar bastante distante de las posiciones hegemónicas. Creo que todas están equivocadas porque están malentendidas las cosas. Y esta es una obra sobre el malentendido, el cual también se arma desde la ilusión. Todos creen que les van a pasar unas cosas que después no les pasan.

Un creador sólido y reflexivo

Rubén Szuchmacher nació en Buenos Aires el 27 de enero de 1951 y es hermano de la autora y directora Perla Szuchmacher.

Es un destacado actor, director de teatro, regisseur y docente teatral.

Su producción artística abarca actuaciones y direcciones en obras de teatro de ámbitos independientes, oficiales y comerciales.

Entre otros premios ganó el ACE de Oro y el Trinidad Guevara por su actividad teatral.

Ficha técnica

Drama

Autor: Diego Manso.

Elenco: Horacio Acosta, Paloma Contreras, Fabiana Falcón, Ivan Moschner, Ingrid Pelicori, Juan Santiago.

Dirección: Rubén Szuchmacher.

Teatro: Payró, San Martín 766, CABA.

Funciones: jueves, viernes y sábados, a las 21; y domingos, a las 20:30.


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