Era comerciante, compró un campo abandonado y 30 años después produce carne y cultivos en la Patagonia

Llegar a Guardia Mitre implica todavía cruzar el río en balsa, pero del otro lado hay un valle que conserva un enorme potencial productivo. Luis Zagari lleva 30 años apostando por esas tierras. Hoy trabaja 2.000 hectáreas, con unas 1.300 bajo riego, y combina cría, recría, terminación y agricultura. A los 65 años, repasa cómo cambió la producción y por qué cree que Guardia Mitre puede volver a crecer.

Luis Zágari recorre el campo donde desarrolla parte del ciclo productivo y combina ganadería con agricultura. Foto: Pablo Leguizamon.

Para llegar al campo de Luis Zágari hay que cruzar la balsa de Guardia Mitre y dejar atrás el río para adentrarse en un valle que, para él, es mucho más que un lugar de producción. Hace 30 años llegó a esas tierras, cuando había poco más que una tranquera y un campo prácticamente abandonado. Desde entonces, entre animales, cultivos, riego y mucho aprendizaje, fue construyendo una forma de producir y también una historia ligada a este lugar. Hoy, a los 65 años, mira esas mismas tierras y todavía encuentra motivos para seguir apostando por ellas.

El próximo 10 de octubre se cumplen 30 años desde que compró el campo. «Este era un campo que estaba abandonado, prácticamente hacía 10 años«, recordó.

Hoy trabaja sobre 2.000 hectáreas, de las cuales alrededor de 1.300 están niveladas bajo riego. Allí produce alfalfa, maíz, cebada, centeno y cebolla, y desarrolla un sistema de ciclo completo: cría, recría y terminación.


«Papá, tenemos que invertir en campo»


La familia Zágari no venía del campo, su padre era comerciante y los hijos fueron incorporándose a la actividad familiar. Pero Luis siempre tuvo interés por la producción.

«Yo siempre tuve inclinación por el tema campo y empecé a jorobar: ‘Papá, tenemos que invertir en campo’», contó a RIO NEGRO RURAL.

La respuesta de su padre tuvo una condición concreta: «Dale, me dijo, metele una sola condición: que tenga agua».

La oportunidad apareció mientras Luis repartía mercadería en Guardia Mitre. El campo tenía antecedentes de riego, sus anteriores propietarios habían realizado una obra de aproximadamente 250 hectáreas, pero tuvieron problemas con el caudal del río y con las bombas.

El rodeo de cría se alimenta también con forrajes producidos en el establecimiento. Foto: Pablo Leguizamon.
El rodeo de cría se alimenta también con forrajes producidos en el establecimiento. Foto: Pablo Leguizamon.

«Vinimos a ver el campo, me gustó, lo recorrimos, nos pusimos de acuerdo, este era un campo que estaba abandonado», relató.

El punto de partida fue prácticamente desde cero. «Campo cero: había tranquera nada más y bueno, ahí empezó la historia».


Cría: bajar el peso al nacimiento para ganar facilidad de parto


Hoy la ganadería comienza en campos de secano donde Zágari mantiene el grueso de las vacas de cría.

Los resultados reproductivos también forman parte de la eficiencia del sistema. En las vaquillonas obtuvo cerca del 90% de preñez, mientras que en las vacas alcanzó entre 93% y 94%.

La estrategia genética tiene un objetivo claro: «estoy apuntando a tener bajo peso al nacer», afirmó.

Trabaja con Hereford y recuerda especialmente un toro que compró en 2017 en la Nacional de la raza realizada en Carmen de Patagones. «Tuve la suerte que en el 2017 compré un toro en la Nacional de Hereford en Patagones, que después de algunas pruebas me dio todos terneros de bajo peso».

Actualmente las vaquillonas están pariendo terneros de 27 y 28 kilos. La razón es evitar complicaciones en el primer parto, según explica, un ternero demasiado grande puede generar problemas que terminen con la muerte del ternero, de la madre o incluso en la necesidad de realizar una cesárea.

Pero bajar el peso al nacimiento no significa resignar kilos después, el objetivo es que esa diferencia se recupere durante la crianza. «Lo que se busca es que ese ternero que nació con menos kilos al momento del destete, que se produce entre los seis y ocho meses, se iguale con los terneros que nacieron con 38, 40 kilos».

Actualmente desteta aproximadamente entre 180 y 200 kilos.


La recría, el punto que todavía busca resolver


Después del destete comienza una etapa que Zágari identifica como uno de los principales desafíos del sistema. «La recría es mi gran drama», reconoció.

Hasta ahora realizó recrías relativamente cortas con rollos y animales encerrados. Pero las nuevas alfalfas que está implantando tienen otro objetivo: avanzar hacia una recría pastoril.

Los animales ingresan con aproximadamente 180 o 200 kilos y busca llevarlos hasta los 250 o 260 kilos, dependiendo de cómo se presente cada campaña.

Este año, además, incorporó una experiencia diferente. Las condiciones climáticas lo llevaron a encerrar terneros muy jóvenes, de apenas un mes y medio y entre 80 y 90 kilos, con una mezcla de concentrado y grano. «Empecé con cebada, después le di maíz y la verdad que el resultado fue espectacular», contó.

La alfalfa es uno de los principales cultivos forrajeros del establecimiento. Foto: Pablo Leguizamon.

Al principio tenía dudas por experiencias anteriores con destete precoz: «Con gran temor porque en secas anteriores había hecho destete precoz y realmente con muy malos resultados».

Pero el sistema funcionó, con especial atención durante los primeros días para detectar a los terneros que no comenzaban a comer, logró ganancias de entre 1,1 y 1,2 kilos diarios. «Me dejó con los ojos abiertos porque en esa categoría nunca, nunca lo había visto».

El productor encontró además otra ventaja: «Esos animales ya pasaron a la recría y a la terminación de engorde, sabiendo comer de su comedero».


La alfalfa: producir pasto y manejar el riesgo


La búsqueda de una recría pastoril explica parte de la expansión de la alfalfa. Actualmente tiene alrededor de 140 hectáreas implantadas.

La alfalfa requiere un manejo particular, el riesgo de empaste puede ser grave, especialmente con animales que ingresan a un cultivo demasiado tierno.

«Si yo sometiera a la torpeza de mandar los terneros a esa alfalfa, mañana me encuentro con un montón hinchados, patas para arriba», advirtió.

Por eso realiza un primer corte al comenzar la primavera y deja orear el material. Después, cuando la alfalfa tiene una floración avanzada, puede utilizarla directamente para pastoreo.

También aprovecha otros cultivos, este año produjo muchos rollos y utilizó cebada y centeno que pudo cortar y conservar.

Para Zágari, la calidad del forraje es determinante: «Una recría tiene que andar, para que vos seas eficiente, entre 600 gramos y 900 gramos por día».


La terminación: maíz, núcleo y algo de rollo


Una vez que los animales alcanzan entre 250 y 260 kilos pasan a la terminación a corral. El objetivo es sacarlos con aproximadamente 350 a 360 kilos.

La dieta se basa en maíz y un núcleo al 6%, aunque Zágari suma una cuota de fibra. «Aunque me aconsejen que no lo haga, yo les pongo unos rollos».

Les coloca uno o dos por día y deja el grano a libre disposición. «Veo que el animal va, va y le ayuda a mover el rumen», explicó.

En condiciones normales, la terminación puede alcanzar ganancias de alrededor de 1,2 kilos diarios. Los mejores momentos suelen darse en otoño y primavera, en períodos de barro y frío, en cambio, los animales gastan más energía y la ganancia disminuye.


El campo produce buena parte de su propia comida


El sistema ganadero está directamente conectado con la agricultura, la alfalfa puede mantenerse entre cinco y seis años. También produce cebada y centeno y una superficie importante de maíz. Parte del maíz lo pica y embolsa para las vacas que permanecen en el campo y otra parte la cosecha para utilizarla posteriormente en la alimentación.

En alfalfa logra habitualmente cinco cortes y unos cinco rollos de 500 kilos por hectárea por corte. En maíz, los rindes fueron cambiando con la expansión de la superficie.

«Cuando empecé con el maíz estaba con 11, 12.000 kilos por hectárea. Eran lotes chicos, de 20, 22 hectáreas, elegido era lo mejor del campo», contó.

Al ampliar la superficie comenzaron a entrar ambientes menos homogéneos. «Hoy estoy entre los 7.000 y 8.000 kilos por hectárea».

Este año tiene 120 hectáreas de maíz para cosechar y unas 140 hectáreas de alfalfa.


Cebolla y riego: hacer que cada cultivo encuentre su lugar


Hace unos diez años incorporó la cebolla, un cultivo que hasta entonces nunca había realizado. La incorporación modificó la planificación del campo porque requiere una importante cantidad de agua.

«Para que tengas una idea, esta temporada que pasó, que empezó a llover cuando ya estaba hecha la cebolla, estuvimos en los 25 riegos por hectárea», contó el productor. Eso obliga a distribuir las superficies.

«No puedo hacer un bloque de cebolla todo junto porque los canales secundarios no me dan abasto para proveerlos de agua», agregó.

Por eso reparte el cultivo en distintos sectores y lo combina con maíz, cebada y centeno. «De esa manera no tengo problemas de agua».


Los números detrás de producir bajo riego


Detrás de cada hectárea sembrada hay otra parte de la producción que Zágari conoce de memoria, los costos.

Para implantar una hectárea de alfalfa utiliza unos 14 kilos de semilla. Según explicó, «actualmente el valor ronda entre los 7 y 8 dólares por kilo», por lo que solo en semilla calcula unos 98 a 100 dólares por hectárea.

Después vienen las labores de preparación del suelo. «Yo lo hago con mis propias máquinas», aclaró. Menciona las rastreadas y la nivelación del lote y, como referencia general, estima que la implantación de una hectárea de alfalfa puede ubicarse entre los $250.000 y $300.000.

Los animales forman parte de un sistema que integra cría, recría y terminación. Foto: Pablo Leguizamon.

En el maíz, la estructura cambia. «La semilla resistente al glifosato, cuesta según sus valores entre 170 y 200 dólares la bolsa, aproximadamente lo necesario para una hectárea. A partir de ahí, el precio aumenta de acuerdo con la tecnología incorporada».

A la semilla se suman las labores, «los herbicidas y la fertilización«. Zágari contó que, «aplica fósforo a la siembra cada dos años y utiliza hasta 300 kilos de urea por hectárea».

«Cada evento de esos son aproximadamente 30 dólares», explica en referencia a las distintas tecnologías que se agregan para proteger el cultivo frente a determinadas plagas.

En un campo bajo riego hay además un costo que atraviesa toda la producción: el combustible. «Yo todo el riego lo hago sacando el agua con bombas, con motores de explosión», explicó.

Recuerda que históricamente el litro de gasoil oscilaba entre 80 centavos de dólar y 1,10 dólares. Hoy, según los valores que maneja, está entre $2.200 y $2.300. «Entonces, me cambia la ecuación. Tengo que cuidar el agua».


El potencial de un valle de 40.000 hectáreas


Cuando comenzó a producir, conseguir una cosechadora o una máquina para nivelar un lote pequeño era muy difícil. Los trabajos se hacían solo si la superficie justificaba el traslado de los equipos.

Hoy, después de 30 años, Zágari observa que esa realidad cambió y que el movimiento productivo en la zona es cada vez mayor. «Hoy el Valle de Guardia Mitre está en un proceso de ampliación muy grande«, señaló. Y lo resume de una manera sencilla: «Se ha dinamizado y se ha hecho popular».

Recuerda las historias de su madre, nacida en Boca de la Travesía, sobre un Guardia Mitre que décadas atrás tenía entre 2.500 y 3.000 habitantes y producía frutas, pasto y hortalizas para abastecer a Viedma y Patagones.

Después llegó el retroceso de la actividad y la población cayó. «Era un pueblo que iba para atrás, iba para atrás, iba para atrás«, contó.

Hoy observa señales diferentes: nuevas casas en construcción y una población que, según estima, ronda los 1.000 habitantes.

Pero lo que más destaca es el potencial productivo. «El valle tiene 40.000 hectáreas», por eso considera que, si se resuelven algunas condiciones básicas, la zona podría crecer fuertemente.

«Esto puede tener una explosión muy grande». Entre esas condiciones menciona la energía eléctrica y una mejor infraestructura de conexión con el resto de la región.


La balsa y el puente que espera ver


La balsa forma parte de la vida cotidiana de quienes producen y trasladan mercadería desde Guardia Mitre. Zágari cuenta que recientemente llegó y encontró cuatro camiones esperando.

Para él, esas demoras terminan impactando sobre toda la cadena. En el caso de la cebolla, estima que los problemas logísticos pueden representar una diferencia de entre 10% y 20% en el precio respecto de otras zonas.

«Todos esos trastornos lo sufren los camioneros que se tienen que ir por el ripio, 90 kilómetros de ripio tiene su problemática».

Por eso considera fundamental la posibilidad de contar con un puente. «Si en algún momento, y espero estar vivo, veo el puente, esto va a tener un desarrollo impresionante».

Su mirada sobre el valle parte de una comparación sencilla, las tierras son similares a las de otros valles de la región y el agua es la misma que utilizan otras zonas productivas. «Entonces, si aquellos producen, esto también produce».

A los 65 años, Zágari no sabe cuánto de esa transformación llegará a ver. Pero después de tres décadas, su apuesta por Guardia Mitre sigue intacta. «Si le aportamos esas dos o tres condiciones básicas, el valle va a funcionar y muy bien».


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