Safranski, el filósofo más popular

El alemán, autor reconocido y conductor de un ciclo de tevé que tiene una audiencia de medio millón de personas, visitó la Feria del Libro para presentar su obra “Romanticismo”.

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Rudiger Safranski, autor de “El mal” entre otros textos, lee el siglo XXI a la luz del XIX.

El filósofo alemán Rudiger Safranski, autor de una serie de biografías filosóficas y conductor de un programa televisivo que lo ha convertido en uno de los pensadores más reconocidos de Europa, presentará en la Feria del Libro su obra “Romanticismo”, en la que analiza la vigencia de este movimiento artístico surgido en el siglo XIX. Safranski no sólo es conocido por los índices de venta de libros como “Schiller o la invención del idealismo alemán” y “Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía”, ya que desde 2002 conduce junto a su colega Peter Sloterdijk el ciclo “El cuarteto filosófico”, que ha llegado a alcanzar índices de audiencia superiores al medio millón de espectadores. En este caso, el autor de títulos como “¿Cuánta globalización podemos aguantar?” llegó a la Argentina para hablar de “Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán”, obra editada aquí por el sello Tusquets y que presentó el sábado en la Feria del libro. –¿Cuáles son las razones por las cuales a través del tiempo el discurso romántico fue apropiado tanto por el pensamiento de izquierda como de derecha? –Safranski: En la época propiamente dicha del romanticismo hubo como dos tendencias contrapuestas: por un lado los rasgos y la tendencia hacia los individualismo y lo subjetivo. Por el otro, una tendencia hacia lo colectivo y hacia todo lo que tenga que ver con lo social, que empezó a desarrollarse unos diez o quince años después de 1815. La coexistencia de estos dos elementos es lo que lleva a que lo romántico haya sido tan permeable tanto a ideologías de izquierda como de derecha. Mientras por un lado la tendencia individualista fue tomada y recuperada por los movimientos de izquierda, que se identificaron con su mirada sobre los sueños individuales y el viaje hacia el interior de la subjetividad, la corriente que se inclinaba por el inconsciente colectivo fue capitalizada en cambio por la derecha y luego incluso fue recuperada por Carl Jung. –¿Por qué se puede decir que lo romántico ha sustituido a la religión como vehículo para trascender la vida ordinaria? –El Romanticismo se define como un movimiento que va en contra de lo que es realismo e incluso racionalismo. Uno de sus postulados es que la razón no abarca todo el sentido de la vida. En este punto se generan dos tendencias distintas sobre lo religioso: por un lado la tendencia subjetiva que insta a que cada uno genere su propia religión y por otro los que descreen de este camino y sostienen que hay que encontrar una nueva manera de relacionarse con el cristianismo. La tesis central de mi libro es que la postura romántica lo que hace es darle continuidad a la religión mediante medios estéticos. Cuando el cristianismo empieza a verse debilitado lo que hace el arte es retomar ese lugar a través de medios artísticos y generar de esa manera una religión sustituta. El objetivo es tomar el lugar que ocupaba anteriormente la religión para generar una suerte de trascendencia artística. –Dedica gran parte del libro a analizar las conexiones con el nazismo. ¿En qué medida el ideario romántico contribuyó a moldear el germen de este movimiento? –Si analizamos el origen del nazismo podemos detectar que entre sus fuentes ideológicas no está tanto el romanticismo como el naturalismo pseudocientífico. El romanticismo, en el nazismo, funciona más bien como un ornamento artístico, como en la instrumentalización de poemas o canciones. Los nazis utilizaron a Goethe, Schiller y Beethoven. También se apropiaron de la idea de vivir en la naturaleza y de los escarceos con el nacionalismo, pero vieron que el Romanticismo tradicional era demasiado blando y por eso quisieron alcanzar un nuevo romanticismo al que llamaron “Romanticismo de acero”. La auténtica ideología de los nazis fue el “biologismo”, el darwinismo social y el racismo. Se trató de una perversión pseudocientífica de la naturaleza que arraigó en la segunda mitad del siglo XIX, por lo cual no podemos ver ninguna responsabilidad de los románticos en la catástrofe del nacionalsocialismo. –¿Ni siquiera lateralmente? –Bueno, se podría decir que indirectamente jugaron un papel. La actitud romántica llevó a una sensación de extrañeza respecto al mundo y a un desdén hacia lo político. La consecuencia es que los peligros del movimiento nazi no fueron detectados y la cultura política de la elite en el poder se debilitó. –Usted sostiene que la última irrupción del espíritu romántico fue el movimiento estudiantil de 1968. ¿Qué elementos del ideario romántico se filtraron allí? –No fue en su conjunto un movimiento romántico pero tenía algunas de sus poderosas características, como fantasía, vida en libertad, borracheras a través de la música y las drogas, antiburguesía... Todo eso juega un gran papel y se trata de motivos románticos, pero el movimiento de “Mayo de 1868” los perdió por el dogmatismo, el estalinismo, el maoísmo e incluso el terrorismo. El Romanticismo estaba especialmente interesado en todo lo que era lo misterioso, lo maravilloso y lo que generaba una intriga. En ese sentido hay una definición de Novalis, de alrededor del 1800, que dice “Dar a lo acostumbrado algo desacostumbrado, dotar a lo cotidiano de un elemento no cotidiano: eso es lo que hace el Romanticismo”. En esa línea, se leen consigas típicas de los movimientos estudiantiles como “la imaginación al poder”. –¿Y los movimientos antiglobalización se pueden leer bajo el mismo signo? –En el 1800, la razón universal no existía: cada región tenía su particularidad y sus características. Sin embargo, el romanticismo estaba interesado en la diversidad de voces y veía como su tarea preservar esta cualidad frente a la posibilidad de una uniformidad. En ese sentido, el concepto de globalización que se entiende como instancia de preservación de la pluralidad podría considerarse perfectamente romántico. (Télam)


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