San Martín: no viene mal lijar su bronce

Hay que pulir su legado. No para restarle glorias, que don José las tiene y bien ganadas. Pero sí para explorarlo en procura de una textura ajena a lo que no buscó ni fue pero le acreditaron. Correrlo de ser el arquetipo de tantas cosas que le atribuyeron sin más. Acreditaciones ajenas a toda racionalidad y sentido común. “Padre de la patria”, dicen que es. Pero la patria es tantas cosas lindas, tantas cosas apasionadamente contradictorias, que no resiste la idea de que tenga un padre. En este “Debates”, algunas visiones sobre el militar que simplemente se entregó a una causa digna.



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Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

Ni fundador ni disciplinador. ¿Para qué rociarlo con tanto despropósito cuando él mismo evadió con singular destreza y moral la invitación a poner orden entre sus descarriados “hijos” embarcados en la faena de matarse entre sí? Seguramente, si hoy volviera de ese lugar del que no se vuelve, de ese lugar que, al decir de Jorge Luis Borges, es “una costumbre que suele tener la gente” –la muerte–, cargaría a sable respaldado por artillería contra tanta imbecilidad destinada a situarlo por encima de lo que fue: un militar que se entregó a una causa digna.

(Continúa en la página 24)

(Viene de la página 23)

Un militar con elocuente capacidad para pensar la guerra. Convencido de que ésta es un hecho extremo. Absoluto. Terminante. Un proceso de quiebre y aniquilamiento de la voluntad de lucha del enemigo. Un todo o nada. Así desde el comienzo de los tiempos.

Porque, si don José hubiese sido contemporáneo de Douglas MacArthur, el inglés Winston Churchill y el vietnamita Ho Chi Minh y se hubiesen reunido en un seminario para repasar cuitas, hubiesen llegado rápido a una conclusión: “En la guerra la victoria no tiene sustituto”, como lo definiera con terminante economía de palabras el general estadounidense que, al mando de las fuerzas norteamericanas en el Pacífico, confesó: “La única forma en que me gusta ver a los japoneses es muertos”.

Lo que no fue San Martín es un militarista. No incurrió en esa deformación de lo militar muy bien estudiada en relación con América Latina, entre otros autores, por el democristiano chileno Genaro Arriagada en “El pensamiento político de los militares”.

Abrevando en otro importante buceador del militarismo, el americano y conservador Samuel Huntington, el militarismo transforma al militar en guerrero. “El militarismo –señala Arriagada–, como casi toda corrupción en la relación de medios y fines, se asocia a ciertos desequilibrios morales y emocionales”.

Abrevando en este encuadre, existe coincidencia liminar en la sociología, que desmenuza lo militar en dos cuestiones:

• El espíritu militar se caracteriza por virtudes como la disciplina, la jerarquía, el propio dominio y la resolución.

• El espíritu guerrero se distingue por el salvajismo en el ejercicio del poder, la excitación, el entusiasmo irresponsable, el culto a la rudeza, el autoritarismo, el chovinismo, el amor por la violencia, la gloria y la aventura.

Militar y no militarista, de todas maneras el paso de San Martín por la historia está bajo lija.

Un proceso que comenzó lentamente hace más de una década. Y que fue alentado, entre otros, por un espíritu inquieto: el del hoy desaparecido José Ignacio García Hamilton. Escribió: “La historia cuenta lo que hicieron los hombres en las generaciones pasadas, mientras que el mito nos habla de la actuación de personajes sobrenaturales. Al mitificar un personaje histórico le estamos otorgando características sagradas y, a la vez, estamos creando un personaje, un modelo para el futuro”.

Y así, siguió profundizándose a lo largo de la última década el lijado de lo que el historiador Eduardo Hourcade define como el “modelo de santidad” en que se encuadra desde muy lejos en la historia a don José. El San Martín del exceso de Belisario Roldán: “Padre nuestro que estás en el bronce”. O el del nacionalista Ricardo Rojas: “Santo de la espada”.

Por fuera de estas demagogias, una muy interesante investigación publicada recientemente –“Nueva historia del cruce de los Andes”, del historiador Pablo Camogli (Ed. Aguilar)– lija sin agresión mucho de San Martín en relación con el Cruce de los Andes.

Sigamos a Camogli:

• Destaca que esa operación militar, intrépida y osada, “más la batalla de Chacabuco”, “se transformaron en los actos paradigmáticos de la gloria del libertador. La cuestión es que, al igual que en todo acontecimiento histórico, detrás del hecho hay una evolución o un proceso que lo determina y lo explica. En el caso de San Martín, ese proceso histórico fue muy pocas veces abordado e integrado como elemento fundamental para la materialización del momento histórico. Muchas veces se recurrió a explicaciones de tipo providencialista que centraron el análisis en la capacidad organizativa y creadora del personaje para dar forma al Ejército de los Andes, pero nunca en la confluencia de factores que permitieron que el ‘genio creador’ pudiera dar forma a sus proyectos”.

• En el mismo sentido, “la ubicación central del personaje de San Martín como único individuo creador y realizador de la obra tiene una clara intencionalidad historiográfica: vaciar de contenido social el proceso histórico de gestación del Ejército e invisibilizar el esfuerzo colectivo que supuso su puesta en marcha. Así, la sobrecarga de referencias individuales al ‘genio’ de San Martín y su capacidad organizadora impidió avanzar en la construcción de una interpretación más integral”.

En línea con estos razonamientos, Camogli señala con sólidos argumentos que despliega a lo largo de su libro que no hay “originalidad creativa” de San Martín “en el plan continental (de liberación), del cual ya existían varios antecedentes” que él ya conocía. “En todo caso, se debe aceptar que la genialidad fue más operativa que creadora, esto es, que el mérito sanmartiniano fue el adaptar y materializar un proyecto que otros habían diseñado tiempo antes”.

En este marco, por caso, no son pocos los historiadores que trabajan hoy en una revisión del estilo con que San Martín gobernó Mendoza mientras organizaba el Ejército de los Andes. Un proceso –volvemos a Camogli– con ejercicio de poder vía una “estructura de férreo control social” que, al ser reflexionada, revela “las tensiones sociales, políticas y económicas que acompañaron todo ese período”. Así, una lectura de esta cuestión obliga a relativizar la “generosidad” y el desprendimiento” del pueblo cuyano en general y preguntarse cuánto correspondió a la simple coerción.

En fin, el lijado de San Martín ha comenzado. Y, una vez lijado, seguramente don José será más don José.


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