Se van con los bolsillos llenos de dinero

Soldados indonesios vendieron a los hambrientos timorenses el botín robado en el saqueo



DILI (EFE) – Los soldados del Ejército de Indonesia salen de Timor Oriental con los bolsillos llenos de dinero, tras vender a los hambrientos timorenses parte del botín de alimentos logrado en el saqueo de Dili.

Sin mercados ni comercios, y mientras la ayuda humanitaria continúa siendo distribuida con cuentagotas, los miles de civiles que recorren la arrasada Dili sin rumbo fijo se lanzan desesperados sobre los alimentos en cuanto los detectan.

Unos pocos tomates, unas verduras mustias o frutas como la papaya o el mango, que hasta antes de que estallara la violencia colgaban de los árboles, son ahora tesoros para los muchos timorenses que se han quedado sin nada.

Por vez primera, desde que el pasado lunes la Fuerza Internacional para Timor Oriental (Interfet) entró en Dili, tres mujeres extendieron en la acera del puerto unas telas y sobre éstas varios nabos, unas pocas lechugas y menos de una docena de tomates.

En un chasquido de dedos, las tres mujeres habían vendido toda su mercancía entre los centenares de personas que se arremolinaban en torno a los puestos, observados de cerca por los soldados australianos que montaban guardia en la entrada del puerto.

Los tumultos surgieron luego, cuando antes de ser embarcados rumbo a la isla de Java, los soldados de un batallón de las tropas territoriales de Indonesia, complicados con las milicias en las matanzas, saqueos y destrucción de Dili, comenzaron a poner a la venta parte de su botín.

Llegados al puerto en camiones militares, los soldados indonesios se acercaron a las verjas que rodean el muelle y sacaron sacos de arroz, comida envasada, azúcar, maíz, tabaco y otros artículos.

Con el fusil en una mano y fajos de billetes en la otra, los soldados no daban abasto para atender las demandas de los miles de timorenses que se echaron sobre las verjas de hierro, recubiertas de alambradas, para tratar de adquirir algún tipo de alimento.

El oficial al mando, con anteojos de sol y pistola al cinto, introducía en una bolsa las ganancias de las ventas y, a medida que crecía la demanda, aumentaba el precio de los bienes.

Un saco de arroz de cincuenta kilos, que antes del referéndum del 30 de agosto pasado que dio la victoria a los independentistas costaba 50.000 rupias (unos seis dólares), comenzó a venderse por 150.000 rupias, equivalente al salario mensual de un soldado indonesio o de un funcionario de bajo rango.

En algunos de los sacos de arroz y maíz eran visibles las siglas de las organizaciones no gubernamentales de ayuda humanitaria y de los organismos internacionales.

A mediodía, el precio del arroz y otros alimentos se habían triplicado, al igual que el número de clientes, llegados al muelle tras escuchar de boca de sus paisanos que los soldados indonesios vendían parte de su botín.

Las escenas dramáticas se repitieron una y otra vez, algunos sacaban todos sus ahorros ante los soldados indonesios, que situados tras la verja ignoraban por completo las súplicas de los que no disponían de suficiente dinero. Una anciana, que rogaba unas latas de comida, osó sujetar la mano de uno de los soldados y en respuesta recibió un fuerte puñetazo en la cara.

“Nos están vendiendo lo que nos han robado”, dijo indignado Anselmo Nogueira, de 63 años, ex comerciante y convertido en indigente desde que las tropas indonesias, en colaboración con las milicias, incendiaron su negocio y su hogar.

Mientras las organizaciones humanitarias no acaban de solucionar los problemas logísticos para distribuir la ayuda básica entre los más de 200.000 desplazados, los soldados indonesios custodian al menos dos almacenes llenos de alimentos situados en el barrio de Becora, en el sur de la capital.


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