Se volvió a tensar la relación entre K y la Iglesia

Bergoglio se negó a interceder entre el gobierno y el Vaticano por el plácet de Alberto Iribarne

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Iribarne, el funcionario en conflicto.

BUENOS AIRES (ABA).- Los más altos funcionarios del gobierno sufren por estos días una ley no escrita de la Iglesia Católica: "La Iglesia jamás se divide". Es que desde que empezó la polémica por la negativa del Vaticano a otorgar el plácet de embajador a Alberto Iribarne, distintos operadores del oficialismo buscaron ayuda entre los obispos y cardenales argentinos para que éstos hagan de intermediarios con la Santa Sede y logren destrabar el conflicto. Todos los intentos fueron en vano. Incluso fracasó una gestión que exploró la posibilidad de que Jorge Bergoglio, cardenal primado de Argentina, oficiara de mediador con el entorno del papa Benedicto XVI. Bergoglio se muestra ahora más cercano y conciliador con la presidenta Cristina de lo que fue con Néstor Kirchner, pero aún así rechazó prestar sus artes de buen político para lograr la tregua entre Buenos Aires y Roma.

"Le pedimos al cardenal una gestión oficiosa", contó un alto funcionario del gobierno, "ya que nosotros veníamos cumpliendo con todos los deberes: tanto Iribarne como Cristina están en contra del aborto, por ejemplo. Dimos todas las señales de que buscábamos la paz, pero nada.

Bergoglio avisó que no podía meterse en el medio". La fuente definió a la postura vaticana como "locura incomprensible", ya que, según él, "la Argentina es uno de los países más católicos de Latinoamérica".

En el gobierno creían que podían contar con el cardenal, ya que uno de sus máximos enemigos políticos, Esteban "Cacho" Caselli, ex embajador en el Vaticano y operador del ala más conservadora de la Iglesia argentina, fue uno de los grandes impulsores de la difusión en la prensa del enojo de la Santa Sede con Iribarne. "Caselli hace lo que sea para provocar fricciones entre la Casa Rosada y el Vaticano", lo acusaron en la Cancillería.

Una vez que el Gobierno entendió que la posición de la Iglesia (incluso la de los representantes argentinos) iba a ser inflexible, comenzó un contraataque. El diputado Carlos Kunkel, ladero de los Kirchner, embistió con declaraciones durísimas a las autoridades eclesiásticas de la Santa Sede. Entre otras cosas, recordó el papel que cumplió durante la última dictadura el cura Christina Von Wernich, preso por cometer delitos de lesa humanidad: "Con los crímenes atroces que indujo, que provocó, en los cuáles participó, creo que todavía tiene estado sacerdotal. O sea, realmente, como un católico, me resulta muy doloroso que se encubra a asesinos".

Como suele ocurrir, la idea de que se gestaba una conspiración comenzó a ser manejada por los más altos funcionarios del gobierno. Uno de ellos aseguró la suspensión del plácet a Iribarne era un "ajuste de cuentas" por la embestida de Kirchner al ex vi

cario castrense, Antonio Baseotto, quien se había peleado públicamente con Ginés González García, ex ministro de Salud, impulsor del aborto.

Fuentes de la Cancillería confirmaron que el plácet de Iribarne iba a seguir siendo sostenido por el Estado argentino, y que hasta que el problema se resuelva quien estará a cargo de la embajada en el Vaticano será Hugo Gobbi, el encargado de negocios, hijo de un ex dirigente radical. "Lo más probable es que la embajada quede vacante por varios meses más", aseguró una fuente del ministerio de Relaciones Exteriores.

Es que los funcionarios K analizan tomar una medida polémica que caerá pésimo en Roma: en las próximas semanas el Congreso podría tratar la disolución del obispado castrense, lo que ahondaría aún más el conflicto entre la Iglesia y la Casa Rosada.

 

NICOLÁS WIÑAZKI


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