Sencillamente… o más o menos

La palabra “culo” tiene el pedagógico honor de ser la responsable de nuestra primera intromisión en el diccionario a poco de estar alfabetizados. La gracia de buscar malas palabras era hacerlo en el diccionario enciclopédico, porque en el escueto Pequeño Larousse Ilustrado toda la diversión se terminaba en “ano”. Lo divertido eran las diferentes acepciones y sus sinónimos. Pero también nos decepcionábamos. Nos enteramos de que la palabra “orto” significaba correcto o corrección, como por ejemplo “ortodoncia” (corrección dental), o salida de sol (¡aburridísimo!). “Ojete” era un pequeño y fruncido ojal y “cola”, la variante ayogurtada de la contundente “culo”. De niños el culo sólo nos interesaba como mala palabra y suponíamos que lo era por ser una zona del cuerpo que estaba siempre tapada o porque se lo asociaba a la caca, que más que mala era desagradable la pobre. Con el tiempo la cocina biológica comenzaba a secretar hormonas y primitivos instintos hacían que nos fijáramos en las piernas de las chicas. Las clasificábamos de chuecas, patizambas, pero sin saber muy bien por qué ni para qué. Nunca nos imaginamos abrazar un par de piernas. Sin embargo algo nos decía que si las columnas de aquel templo eran robustas pero a la vez delicadas esa arquitectura guardaba las proporciones áureas que nos asegurarían el disfrute del goce estético. Tampoco sabíamos sobre los capiteles, que eran esas bolutas de generosas curvas en que remataba la parte superior de aquellas hermosas columnas griegas, pero lo aprendimos rápidamente. A eso le llamamos sencillamente un hermoso culo.

Horacio Licera hlicera@rionegro.com.ar


La palabra “culo” tiene el pedagógico honor de ser la responsable de nuestra primera intromisión en el diccionario a poco de estar alfabetizados. La gracia de buscar malas palabras era hacerlo en el diccionario enciclopédico, porque en el escueto Pequeño Larousse Ilustrado toda la diversión se terminaba en “ano”. Lo divertido eran las diferentes acepciones y sus sinónimos. Pero también nos decepcionábamos. Nos enteramos de que la palabra “orto” significaba correcto o corrección, como por ejemplo “ortodoncia” (corrección dental), o salida de sol (¡aburridísimo!). “Ojete” era un pequeño y fruncido ojal y “cola”, la variante ayogurtada de la contundente “culo”. De niños el culo sólo nos interesaba como mala palabra y suponíamos que lo era por ser una zona del cuerpo que estaba siempre tapada o porque se lo asociaba a la caca, que más que mala era desagradable la pobre. Con el tiempo la cocina biológica comenzaba a secretar hormonas y primitivos instintos hacían que nos fijáramos en las piernas de las chicas. Las clasificábamos de chuecas, patizambas, pero sin saber muy bien por qué ni para qué. Nunca nos imaginamos abrazar un par de piernas. Sin embargo algo nos decía que si las columnas de aquel templo eran robustas pero a la vez delicadas esa arquitectura guardaba las proporciones áureas que nos asegurarían el disfrute del goce estético. Tampoco sabíamos sobre los capiteles, que eran esas bolutas de generosas curvas en que remataba la parte superior de aquellas hermosas columnas griegas, pero lo aprendimos rápidamente. A eso le llamamos sencillamente un hermoso culo.

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